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Hiroh Kikai, fotógrafo “clásico”

El japonés Hiroh Kikai es un apasionado fotógrafo clásico: su obra se basa en el retrato entendido como un duelo entre dos sujetos, el que está delante y el que está detrás de la cámara. Retrato callejero pero aislando al sujeto del contexto para posibilitar que emerja su alma. Todo en riguroso blanco y negro. Y además sobre película fotosensible que revela en un cuartito de su casa. Sus retratos flotan en aquel universo atemporal que otros exploraron también, a saber, Diane Arbus, Walker Evans, August Sander, Richard Avedon…

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En El País publicaron un artículo -con motivo de una exposición en Madrid (y que hasta mañana hay tiempo de ver)- donde daba detalles de su método de trabajo y filosofía:

(…) No lleva una idea premeditada. Necesita ver que el aura de alguien le dice: “¡Fotografíame!”. Entonces se acerca y le retrata, sin preparación. Explica que si lleva a la persona a un estudio pierde naturalidad y él quiere mostrar al ser humano como es. Si ve a su modelo muy tenso, utiliza el truco de decir que se ha encasquillado la cámara. Cuando el retratado baja la guardia y se relaja, Kikai dispara. Así saca la esencia del ser humano. Para él es fundamental que sus fotos sean atemporales, por lo que recurre al blanco y negro, que además es más sugerente, hace imaginar al espectador. Insiste en la importancia de sus retratados como seres individuales, de ahí sus fondos planos, neutros, para que la figura sobresalga.

(…) Compara a los pintores con los fotógrafos: “En un retrato se muestra tanto el alma del modelo como del que lo representa, ya sea a través de un disparo fotográfico o de los pinceles”.

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Todos los retratos pertenecen a Persona (2003), una colección de retratos realizados en el barrio de Asakusa de Tokio, el cual Kikai ha explorado a fondo durante más de 30 años. Las fotografías se imprimieron en quadtone.

La mejor foto de Jason Bell

Jason Bell, nacido en Londres en 1969, es un reconocido fotógrafo especializado en retratos, de formación autodidacta. Hace dos meses en My best shot reveló que considera la fotografía reproducida abajo su mejor toma, y explicó por qué.

Stephen Fry en un hotel, de Jason Bell.

Fue una de las primeras fotos de Stephen Fry desde que abandonó Cell Mates. Encontré este sitio y le pedí que aparentara estar nervioso.

Tres años antes de que hiciera esta foto, Stephen Fry actuaba en Cell Mates en el West End. Después de una mala crítica, se puso nervioso y se esfumó. Se armó un gran revuelo, todo el mundo quería saber a dónde se había ido. Lo encontraron escondido en Bélgica. El incidente sacó a la luz su transtorno bipolar.

En 1998 me encargaron que fotografiara a Fry para el Sunday Times. Era más o menos la primera vez que le fotografiaban desde entonces. Era una de esas sesiones difíciles en las que te envían para encontrarte con alguien en una habitación de hotel. Estos planes siempre me resultaban un fastidio: siempre había unas cortinas feas arrugadas en el fondo, sólo tenías unos pocos minutos, y todo era bastante estándar, con cinco fotos consecutivas en la misma habitación. Pero es un reto: tienes que conseguir una imagen que sea diferente a las de todos los demás.

En estas situaciones voy temprano y exploro el lugar. Vi las columnas y pensé “Aquí hay algo”. Había planeado algo más clásico; considero a Stephen muy culto, así que quería un poco de gravitas. Cuando él miró a través de las columnas recuerdo que dije “Eso es muy bonito, ahora ¿podrías parecer un poco más nervioso?”, cosa que hizo inmediatamente. Supe que era una buena foto. Fue un accidente oportuno, pero cuando mejoras, tienes más accidentes oportunos. La habilidad radica en utilizar los imprevistos a tu favor. Alguien me sugirió que presentara la fotografía a un concurso, y ganó un premio British Picture Editors.

Cuando fotografías a un famoso hay mucho follón a su alrededor: publicistas, estilistas, maquillaje y peluquería. Es más difícil conseguir algo de tú a tú. Además, los han fotografiado tanto que están muy entrenados en cómo desean mostrarse; es difícil lograr una nueva imagen de ellos.

En los tiempos en que cargaba película, siempre advertí que una vez bajada la cámara, la cara de la persona siempre cambiaba -entonces la observaba más atentamente. Se podía ver lo que eran en realidad. Luego cogía la cámara e intentaba recrearlo. Yo no soy un fotoperiodista; soy un observador y soy muy mandón. Se infunde una gran confianza en el sujeto si eres preciso sobre lo que quieres. Para ellos es más fácil confiar en ti.

por Andrew Pulver, para guardian.co.uk, 21 julio 2010

Enlaces de interés:

– Website de Jason Bell.

–  Exposición sobre la obra de Jason Bell, An Englishman in New York: Photographs by Jason Bell, hasta el próximo 17 de abril en la National Portrait Gallery (Galería Nacional del Retrato) de Londres.

– Versión original en inglés del artículo traducido, aquí.

Fotografía post mortem

Las fotos del último viaje

Una tesis doctoral revela la importancia de los retratos ‘post mortem’ en Galicia

Fotografía post mortem del primer tercio del siglo XX, de autor desconocido, hallada en un archivo particular de Santiago.

Del retrato de arriba no se sabe nada. Lo rescató un fotógrafo compostelano (que prefiere permanecer en el anonimato) de un archivo que heredó. Probablemente se trata de una familia de los alrededores de Santiago. Un clan muy humilde que ha perdido a la matriarca. El viudo se sienta a la cabecera del féretro, y a duras penas disimula su estado de ánimo. Los demás, hijos, yernos, y al fondo quizás vecinos, sobre todo mujeres cuando los hombres emigraban, se alinean vestidos de luto tras la caja, con seriedad y entereza.

Las fotos de en torno a 1900 requerían un largo posado. Las familias pobres sólo podían pagar un retrato, que les costaba el jornal de una semana, y la visita del hombre de la cámara era un acontecimiento solemne. Aquí, ni los nietecitos de la difunta se mueven. Y todos aparecen con sus mejores galas, desde la muerta hasta la benjamina de la familia, que de mayor sólo podrá recordar a la abuela por esta estampa. Porque es posible que en vida la señora no se hubiera hecho ninguna otra. De aquélla era más habitual hacerse una foto post mortem que un reportaje de bodas. Desde que se casó, fue ahorrando para el entierro y al final de sus días logró pagar un ataúd de lujo. Por eso sus vástagos lo exhiben con orgullo, sobre la tierra miserable, en el primer plano de la foto.

Ahora esta imagen está expuesta en un bar de Santiago. Y si los descendientes de los que aparecen retratados no entran a desayunar un café con churros será imposible recomponer la historia. El propietario del negativo no tiene pistas. Explica que hasta que se impuso la foto digital lo normal en los autores era ceder los archivos a otros más jóvenes cuando se retiraban, “porque el material ocupaba espacio y porque siempre habría alguna foto servible”. A él le pasó algo así.

La mayor estudiosa de la fotografía post mortem en Galicia tampoco sabe nada de esta imagen. Virginia de la Cruz Lichet, historiadora del arte, es hija de francesa y gaditano y vive en Madrid. No tiene raíces aquí, pero un día vio una foto de Virxilio Vieitez, el retratista de Soutelo de Montes descubierto para el mundo en 1998 por la Fotobienal de Vigo. Vieitez, como todos los profesionales de su tiempo, hacía fotos de muertos. En los periódicos solían anunciarse este tipo de servicios. La joven empezó su tesis doctoral centrándose en este autor y terminó topándose con otros como Maximino Reboredo, Pedro Brey o Ramón Caamaño.

Por sus manos pasaron unas cuatrocientas imágenes, un siglo completo, de artistas rurales de las cuatro provincias, sobre todo de Pontevedra y Ourense. La mayoría se conservan en archivos particulares de fotógrafos y muy pocas en instituciones, porque es un material “delicado” que a los propietarios “les cuesta legar”. De la Cruz empezó su rastreo en 2001. La foto más antigua que encontró es de la década de los 70 del XIX y la más reciente, de la década de los 70 del XX. Después, igual que otras muchas cosas por aquellas fechas, se democratizaron las cámaras, y aunque de forma casera en algunos lugares se siguió retratando a los muertos, la gente prefirió tomar instantáneas de los momentos felices. Según José Becerra, presidente de la Federación Galega de Servizos Fúnebres, la foto funeral ya no se practica en ninguna aldea.

“En un mes o dos”, De la Cruz defenderá en la Complutense la primera tesis doctoral sobre el retrato fúnebre en Galicia, y ha conseguido permiso de las familias para reproducir la cuarta parte de las imágenes que vio. “Tengo amigos que al ver fotos de Galicia me decían ‘¡madre mía, madre mía!’, pero yo que estoy acostumbrada creo que no son macabras. Son hermosas”, describe, “y los autores ponían mucho amor en la preparación de las escenas. En general, las imágenes gallegas se caracterizan por la forma delicada en que se presenta a los difuntos. Aunque no aparecen sentados en su rincón favorito, con sus objetos personales y simulando que están dormidos, como en otros lugares del mundo, sino en la caja, con flores y alguna cruz. No se pretende disimular la muerte. En los primeros años casi siempre se acerca la caja a una ventana para aprovechar la luz”.

De todas las imágenes que vio, hay una que no se le va de la cabeza. La historiadora preserva el secreto de la tesis aún sin publicar y no da nombres. Revela sólo que es de un fotógrafo orensano “no muy conocido”. “Aparecen un bebé muerto y su hermanito vivo que lo acompaña”. A los niños que morían se los retrataba para conservar la memoria de su cara vista y no vista. A los mayores, además de por el recuerdo, se los solía fotografiar para dar fe del óbito a los familiares que estaban ausentes. La fotografía post mortem era un documento importante en el reparto de las herencias. Después de avisar al cura, se iba a por el retratista. Volvían andando o en burro. Más tarde en coche. El material pesaba, pero había prisa por llegar. Para sacar al muerto lo más vivo posible.

por Silvia R. Pontevedra, El País, 27/10/2009