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Yo solía ser tú

De Kyoko Hamada.

Traducción del artist statement:

Kikuchiyo-san es un personaje ficticio. En vez de estar en mi zona de confort detrás de la cámara, soy el sujeto que enfrenta la lente. El ir y venir de Kikuchiyo-san en su propia casa y fuera en el mundo -y las naturalezas muertas que se van intercalando- me hacen recordar mi tendencia a reflexionar sobre cosas que tengo justo delante, así como cosas que nunca voy a entender.

La primera vez que me probé su peluca gris, el maquillaje de látex y su ropa, contemplé el espejo durante mucho tiempo. Mi reacción inicial fue sonreír, pero pronto empecé a sentirme incómoda. La cara arrugada que me devolvía fijamente la mirada se parecía a la mía con treinta años más. Cuando sonreía, me devolvía la sonrisa. Cuando hacía una mueca, ella también. Fue la primera vez que la conocí, pero era al mismo tiempo alguien que ya conocía bastante bien y alguien de quien no sabía nada.

A diferencia del sentimiento evocado por la pintura en “El retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde, mirar a Kikuchiyo-san en el espejo me hacía sentir una mezcla de humildad, humor y una tierna familiaridad. No sé exactamente cuándo empecé a interesarme por el envejecimiento, aunque se me ocurren diversas razones por las que ahora pienso en ello. Pequeñas pérdidas como la de mi café de la esquina favorito, sustituido por una cadena de droguerías, y encontrarme las primeras canas sueltas en el pelo. O, pérdidas mayores como la muerte de mi padre y el desastre de hace un año en marzo en Japón. En junio, Kikuchiyo-san habrá estado conmigo durante cuatro años; un recordatorio de que el tiempo y la vida están siempre en movimento.

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¡Silencio!

Esta ha sido la última misión de Improv Everywhere. En ella han participado 23 actores y 2 perros que, infiltrados en el espacio público, se “ponían en mute” (como si alguien apretara el botón de mute, o silencio, del mando del televisor) a intervalos coordinados. La actuación tuvo lugar en el Prospect Park de Brooklyn, New York, y forma parte de la exposición “stillspotting nyc” del Museo Guggenheim.

El precio de la fotografía hoy

Dudo que Edward Weston (1886-1958) imaginara que su venerada Nautilus multiplicaría su valor por 100.000 en menos de 90 años. Pero así ha sucedido. El pasado 13 de abril, en una subasta de fotografía histórica de la casa Sotheby’s de New York, la obra se vendió por 1.082.500 dólares (796.697 euros)! Por lo visto superó incluso las expectativas de la propia firma, que estimaba su valor entre 300.000 y 500.000 dólares (de 220.793 a 367.978 euros). La fotografía estaba montada, firmada y fechada en lápiz por el artista, quien le asignó un precio de venta de 10 dólares en 1927.

Edward Weston, Nautilus (1927). 24 x 19 cm.

Tampoco creo que el húngaro Lászlo Moholy-Nagy (1895-1946) pensara en recibir 290.500 dólares (213.677 euros) por uno de sus fotogramas, uno de sus múltiples experimentos con las hojas de papel fotográfico, que incluía notas en el reverso sobre cómo lo realizó y sobre la procedencia de los objetos que usó.

Laszlo Moholy-Nagy, Fotograma (1920). 24 x 17’9 cm

Y del mismo modo imagino que la neoyorquina Margaret Bourke-White (1904-1971) tampoco adivinaría la cifra que algún amante del arte fotográfico iba a satisfacer por la foto de una gárgola del edificio Chrysler de Nueva York con su firma en el margen, tomada en una de sus habituales subidas a la azotea del edificio en el que tenía oficina. La foto se adjudicó por 206.500 dólares (151.852 euros).

Margaret Bourke-White, Gargoyle, Chrysler building, New York (1929). 33 x 23’4 cm.

Éstas son las tres obras que mayor valor alcanzaron en la mencionada subasta de fotografía de Sotheby’s. Mucho más lejos de esos precios quedaron obras de artistas tan reconocidos como Paul Strand (1890-1976), Henri Cartier-Bresson (1908-2004) o Gyula Halász, más conocido por su seudónimo de Brassaï (1899-1984).

(Fotografías de la web de Sotheby’s)