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Kathy Ryan, directora de Fotografía y Arte

Hoy La Contra (La Vanguardia) ha publicado una entrevista a Kathy Ryan, la directora de Fotografía y Arte del magacín de The New York Times. Historiadora del Arte de formación, es la encargada de decidir la portada del magacín, momento que vive intensamente, consciente de la repercusión que tiene. Es de las personas que todavía tiene fe en el poder de las imágenes para mejorar el mundo y celebrarlo.

¿Quién no tiene un smartphone para hacer una foto?

Ahora mismo se están haciendo billones por doquier.
Esas fotos no convierten a sus autores en fotoperiodistas, del mismo modo que silbar una melodía no te convierte en compositor.

¿Qué convierte a quien hace fotos en fotógrafo o fotoeditor?
Lo que te hace fotoperiodista es concebir, captar y editar una imagen que sea un símbolo perdurable en nuestra memoria. Si logras una imagen emocionante, esa emoción trasciende épocas y fronteras, y tus fotos serán un icono eterno y universal.

Por ejemplo.
Si pensamos en Vietnam, coincidirá conmigo en dos iconos: la niña aterrada, Kim Phuc, que corre desnuda por la carretera, del fotoperiodista Huynh Cong Nick Ut, y la del general Nguyên ejecutando a un vietcong, del fotoperiodista Eddie Adams.

Una guerra resumida en dos imágenes.
Si le pregunto por Afganistán, tendrá que pensar un poquito más, pero es muy probable que evoque la portada del National Geographic de aquella joven enigmática con capa roja que miraba al lector con ojos de un color verde indescriptible.

También está en la memoria de todos.
Es Sharbat Gula fotografiada por Steve McCurry. Y también recordará a la niña con el rostro comido por el ácido de los talibanes.

No es fácil olvidarla.
Intente ahora evocar iconos parecidos: desde el Che en el póster hasta Marilyn Monroe sobre la rejilla del metro de Manhattan intentado evitar que se le levante la falda.

Son eternos y universales.
La prueba es que usted y yo coincidimos en ellos desde continentes y generaciones diferentes. Pero ahora intente recordar una imagen reciente de… ¿Obama? ¿El Papa? ¿Madonna? ¿Los JJ.OO. de Londres?

Se me ocurren muchas, pero no una.
¡Porque no tienen una! Hay demasiadas imágenes de ellos vomitadas a cada instante por internet como para evocar sólo una.

La paradoja de la cantidad y la calidad.
Antes, cuando la polvareda de la actualidad se asentaba, podíamos empezar a discernir la historia, y también aparecían esos iconos, por lo menos era así antes de internet.

¿Por qué no va a ser también después?
Porque el ciclo de las noticias es hoy tan corto, frenético y espasmódico, una catarata de imágenes vomitadas cada segundo en las webs, que en el Times tememos quedarnos sin esos iconos que acreditan la excelencia en nuestro trabajo. Por eso nos sentimos hoy más necesarios que nunca: luchamos por la calidad de nuestra memoria visual universal. Para que transmita valores.

¿Es una cruzada?
Yo soy una visualista convencida y creo en el poder de las imágenes para explicar, resumir y simbolizar y dar un sentido a lo que pasa. Y, sí señor: es una misión.

¿Por qué cree que es tan importante?
Porque la infamia de los talibanes arrojando el ácido a la cara de la niña que quiere ir a la escuela será una lección inolvidable para todos -un manifiesto contra la tiranía- en ese icono. Igual que esas imágenes de Vietnam que citamos son un alegato eterno contra el horror y el abuso de la guerra.

Ahora mismo: ¿cómo demonios logra usted un icono del paro en España?
Esa carencia es también una denuncia contra lo que sucede. Poderes económicos sin rostro gobiernan nuestras vidas. La información económica es para nosotros una pesadilla recurrente. No sabemos cómo ilustrarla.

La foto de la cola del paro no dice nada.
Poner imagen a la economía es un reto que exige talento creativo. Pero le citaré alguno de nuestros intentos en otros campos.

Adelante.
Teníamos que hablar de los soldados muertos en Afganistán. Y al fotoperiodista se le ocurrió retratar las habitaciones vacías en EE.UU. de aquellos muertos en combate.

¿Una habitación vacía puede decir más que un rostro humano?
Porque el equipo logró que en aquellas fotos sin personas apareciera el alma y la tragedia de aquellas vidas perdidas. Eran habitaciones de adolescentes, lo que ponía en evidencia su juventud, y cómo sus padres las habían dejado intactas como un templo dedicado al hijo perdido que no olvidaban.


Allí estaban el póster de su ídolo del rock y del deporte junto a fotos de su familia, el colegio, su primera novia. Cuando las editábamos casi nos pusimos a llorar. Y si una foto es emocionante, será eterna.

Mis fotos de hoy son tonterías, pero las de hace 20 años no parecen tan malas…
Es esa calidad vintage que el Times, como La Vanguardia, diario centenario y cómplice con varias generaciones de lectores, ha cultivado con mucha respuesta.

¿Cómo?
Para reflejar el US Open de Tenis en Nueva York queríamos hablar de los clásicos: McEnroe, Sampras, Björn Borg, Andre Agassi… Y se nos ocurrió jugar al revival.

¿Los llamaron para posar?
Fichamos al comediante Andy Samberg, del Saturday night live, que los encarnó en las fotos, y fue divertidísimo. Nuestra mejor portada de estos años ha sido Andy posando como Borg y McEnroe, retratado además por el veterano fotógrafo deportivo Walter Iooss. Fue un celebrado match de la ironía cómplice con el lector.

Entrevista a Simon Norfolk, fotodocumentalista

“Paisajista de campos de batalla”, así se define en su website. Simon Norfolk, inglés de 50 años, criado en Nigeria y recién casado, lo tiene muy claro. Utiliza la fotografía para cuestionar y denunciar desde la izquierda los conflictos armados que mantiene el “imperio” británico. “¿Para qué pagamos armamento nuclear? ¿Por qué somos los cornetas del imperio americano en sus ingenuas y sangrientas aventuras por Iraq o Afganistán? ¿Por la ilusión de seguir siendo imperio? ¿Cuántos hospitales dejamos de construir por ese delirio? ¿Cuántas escuelas?”, son algunas de sus reflexiones. He aquí la entrevista que le hizo Lluís Amiguet para La Contra el pasado 10 de septiembre.

Simon Norfolk, autoretrato.

En Bosnia, los serbios me dijeron: “¿Se ha enterado del asesinato de las monjas del convento?”.


“¿Qué convento?”, pregunté yo alarmado cogiendo ya la cámara…


“Aquel convento de la colina. En 1358”.

Eso es conciencia de la historia.
Es que los occidentales -los americanos, que empiezan cada guerra como si fuera la primera, y los británicos, que les hacemos de subalternos- vivimos un presente amnésico que apenas recuerda las tres últimas semanas, pero otros pueblos viven en un hoy de tres mil años. Como Afganistán.

Una historia que es una guerra.
Yo no espero que nuestros soldados sean historiadores, pero deberíamos recordar que ya es la cuarta vez que los británicos intentamos invadir Afganistán.

Y diríase que de nuevo sin resultado.
Por muchos afganos que matemos, no los convertiremos en demócratas parlamentarios. Ellos no tienen prisa. Hace tres mil años que luchan y mueren: contra los persas, Alejandro Magno, la URSS… Y nosotros sólo somos los últimos invasores.

Si tienes tiempo, nunca pierdes.
Nosotros tenemos relojes y ellos tienen el tiempo. Recuerdan la guerra contra los persas como los serbios a las monjas asesinadas en aquel convento y les ponen a sus hijos los nombres de los generales que la ganaron.

¿Qué hace usted en Afganistán?
No crea que no me lo he preguntado. Ahora que me he casado, también mi mujer se lo pregunta. Cuando pararon mi coche en Kabul y nos robaron pistola en mano -diez segundos eternos- me lo pregunté.

¿Y…?
Hay fotógrafos de guerra que le dirán que están allí pero que no creen en la política y que sólo les importan esos niños mutilados. Y otros que viven una fantasía de glamur y riesgo a lo Robert Capa, que empieza al amanecer entre bombas y acaba en la noche en un casino con Grace Kelly a su lado…

¿Y usted?
El fotógrafo sin convicciones políticas acaba siendo un cínico, y el del casino ya lo es. Yo creo que podemos decidir la historia y que la política, o la hacemos o nos la hacen. Hay guerras que merecen la pena, y Afganistán no es una de ellas. Ahora nos preparan para aceptar que hemos vuelto a perderla.

¿Qué es usted?
Ni un pacifista ni una oenegé. Creo que la avaricia humana crea sistemas de dominación económica de unos pocos sobre la mayoría. Y la guerra es el principio violento de ese expolio. Para que el uno por ciento acumule billones, muchos niños son mutilados por las minas cuando van a la escuela.

Afganistán atacó a Occidente el 11-S.
Fue Al Qaeda, refugiada en Afganistán, no los afganos. Para acabar la guerra entregaron a Bin Laden, pero EE.UU. prefiere seguir el plan que dé más votos. Para denunciar cosas como esa hago fotos.

Con alto valor estético: hoy se exponen en museos de arte contemporáneo.
Esa estética es sólo el envoltorio con el que intento difundir mejor mis ideas.

¿Por qué trabaja con placas?
Porque cada clic me cuesta 18 euros y eso me obliga a pensar mucho antes de disparar. No soy el fotógrafo que llega con la digital a la guerra y dispara y dispara… doscientas, trescientas fotos. Y luego se va al hotel y ante el ordenador busca la buena.

Creí que era lo habitual.
Yo busco la buena antes de disparar. Y esa búsqueda empieza en bibliotecas y museos años antes. Así descubrí fotógrafos del imperio que ya siguieron al ejército británico en Afganistán en 1878, como John Burke.

¿Y eso da para vivir?
Coleccionistas como la señora Morgan (de Morgan Stanley) o la señora Sachs (de Goldman & Sachs) compran mi obra.

Caray.
Para donarla a museos. Piense que así obtienen deducciones fiscales hasta veinte años antes de hacer efectiva la donación.

¿Eso es coherente con su militancia?
Eso también permite a los afganos ver mi obra gratis en internet, aunque tal vez la señora Sachs cuelgue mi foto en el salón porque hace juego con sus cortinas.

¿Le molesta combinar con las cortinas?
El autor sabe que en cuanto acaba una obra pierde el control sobre su significado. Y con el dinero de Sachs hago fotos que dirán a nuestros nietos que no todos estábamos de acuerdo con invadir Afganistán y que algunos hicimos algo para explicarlo.

También su ego estará en el museo.
Muchas fotos de esas invasiones son igual de buenas con o sin firma.

¿Está en lo suyo para la posteridad?
La primera vez que fotografié un genocidio fue en Ruanda: una fosa con dos mil cadáveres. Y a un ruandés destrozado explicándome cómo habían violado y descuartizado a machetazos ante él a su mujer y sus hijos.


¿Para qué me daba aquel material? ¿Para que ganara algún premio y que mi editor me diera unas palmaditas en la espalda? ¿Para correr a contarlo al pub?


Cuando fotografías aquel horror firmas un contrato moral con las víctimas que te compromete a convertir su sufrimiento en un testimonio. Para que no vuelva a pasar. Si no lo cumples, sólo eres un explotador más de su desgracia.

Entrevista a Yann Arthus-Bertrand

El conocido Yann Arthus-Bertrand nació en París y vive en una casa en un bosque. Se define como fotoperiodista y ecologista amoroso, de ahí que haga lo que hace: enseñarnos la espectacular belleza del planeta Tierra para que lo amemos. El año pasado fue entrevistado por Víctor-M. Amela para La Contra de La Vanguardia y este fue el resultado, titulado “Vivimos sobre una obra de arte irreproducible”:

Sus fotos son espectaculares…
He querido mostrar la belleza de este planeta desde un ángulo insólito para los humanos.

Desde el aire.
Sí, algo impensable hasta hace un siglo. Se podía desde alguna montaña, desde un globo… ¡Me emociona ver cosas que sé que nadie ha visto antes!

¿Qué le ha asombrado más?
La naturaleza fractal del mundo: los afluentes de un río semejan las venas de una mano… ¡Ver la Tierra desde el aire es casi igual a mirar por un microscopio!

Sólo cambian las escalas.
Por eso a veces incluyo personas o animales en la foto, para que se entienda la escala. Lo formuló bien Pascal: “Lo infinitamente grande semeja a lo infinitamente pequeño”.

¿Cómo empezó usted a hacer fotos?
¡Volando en globo, precisamente! Yo era piloto profesional de globos aerostáticos.

¡Curioso oficio!
Conocí en París a mi mujer, etóloga, me enamoré… y la acompañé a Kenia: ella viajaba allí para hacer su doctorado sobre el comportamiento de los leones.

Romántica historia.
Y allí decidí usar el globo para seguir a los leones desde arriba…

Debía de ser una preciosa perspectiva.
Sí, y comencé a hacer fotos: me convertí en fotógrafo. El periodo más feliz de mi vida.

Hoy ha fotografiado todo el planeta.
Para que lo amemos.

¿No lo amamos?
Sabemos que todos los indicadores anuncian el desastre medioambiental… ¡pero no queremos creerlo! Nos negamos a cambiar de actitud. ¡Necesitamos una revolución!

¿Qué revolución?
¡Una revolución espiritual! No vendrá de la política, sino de la conciencia. Y por eso hago fotos y documentales: para fomentarla. ¡Todos somos responsables!

¿A qué se refiere?
Rechazo el discurso ecologista maniqueo que culpa a los magnates del petróleo y exculpa a los consumidores por víctimas. ¡No, no, no! Cada vez que tú llenas de gasolina tu coche, tú eres corresponsable: colaboras en un sistema dañino para el planeta.

¿Y cómo vive usted?
Con la máxima conciencia y dejando la mínima huella medioambiental. Vivo retirado en el campo, cada mañana paseo por el bosque con mi perro, abrazo árboles…

¿Abraza árboles?
Siento su energía poderosa. Para mí estas vivencias son muy importantes. Y ahora ya sabemos que los árboles de un bosque se comunican entre ellos…

¿Sí?
Mediante señales químicas, sí. Y parece que las bacterias de ciertos árboles pueden atraer tormentas. Yo no sé vivir en el asfalto. Necesito sentir los pies en la tierra, aunque tenga la cabeza en las nubes, ja, ja… Soy ecologista, pero vitalista, no político.

¿Por qué no político?
Los ecologistas de partido no aman a los demás. Les falta una actitud más compasiva. No me interesa. El ser humano es un animal empático: eso es lo que quiero fomentar.

¿Cuál era su vocación siendo niño?
La de huir. No era feliz en la escuela: las escuelas eran muy autoritarias, y yo no soportaba la autoridad. Fui expulsado de catorce escuelas.

¡Catorce!
Por eso tiene su gracia que haya en Francia doce escuelas con mi nombre. Hoy los niños en las escuelas pueden ser felices…

¿Qué hizo después de la escuela?
Me escapé de casa a los 17 años y viví a lo loco en París, trabajando como actor en algunas películas… pero lo hacía fatal.

¿Qué piropo a sus fotos le ha colmado?
“¡Ver esto ha cambiado mi modo de ver la vida!”, me han dicho a veces.

Usted comunica bien.
Si no amas a la gente, ¡mal harás tu trabajo de periodista! ¿Lo sabes, no? Es imprescindible amar a los demás para comunicar.

¿Qué foto le gustaría hacer ahora?
Una de la Tierra desde la órbita terrestre.

¿Qué paisaje le ha impactado más?
La Antártida, con sus valles pétreos, secos, barridos por vientos… Y, por sus colores, el parque natural de Yellowstone.

¿Qué medio aéreo es el idóneo para hacer sus fotos?
El helicóptero. Permite encuadrar desde todos los ángulos y alturas, aunque también es el más peligroso.

¿Ha tenido algún percance grave?
Hacía fotos en Nueva Orleans, cuando el Katrina, y mi helicóptero cayó: ¡era una muerte segura! Pero un árbol nos salvó milagrosamente. El helicóptero se partió en dos.

¿Qué aprendió de esa experiencia?
Salí ensangrentado… con la imperiosa necesidad de hacer dos cosas: una, llamar a mi mujer; y dos, beber un vaso de vino.

¿Y eso?
Comprendí que mi patria son mi mujer y lo que representa el vino para mí: mi tierra, mis amigos, la alegría de vivir…

Representa que seguimos aquí.
Y deberíamos seguir, pero sin dejar tanta huella. Desde el cielo veo que ya no hay rincones vírgenes en el planeta. ¡Vivimos sobre una obra de arte irreproducible!

Cuidémosla o… ¿qué?
El futuro está en nuestras manos, y pasa por el amor: amemos el mundo, amémonos… y vendrán las soluciones. ¡Ya es demasiado tarde para ser pesimista!

Daniele Finzi, el teatro de la caricia

No siempre se valora el profundo trabajo que hay detrás de ofrecer emoción y fantasía al mundo. A continuación, una preciosa entrevista que le hicieron al director de teatro, autor, coreógrago y clown Daniele Finzi (Lugano, 1964) el sábado pasado con motivo del espectáculo que el Cirque du Soleil ofrecerá en Barcelona a finales de enero del 2012, Corteo. Creada y dirigida por Finzi, ya ha visitado 38 ciudades de siete países y ha recibido la visita de cinco millones de espectadores.

Tengo 47 años. Nací en Lugano, Italia. Casado. Fundé y dirijo la compañía Teatro Sunil, dedicada al clown. Antes los políticos movían el mundo porque tenían experiencia, ahora necesitamos jóvenes con nuevas ideas. Me gustaría mucho creer, pero me pierdo en las certezas.

Daniele Finzi en el backstage (fotografía de http://www.danielefinzipasca.com).

¿Cuál es el eje de su vida?
La ligereza. Y considero que en el caso de las ideas y de los sentimientos, a mayor densidad, mayor ligereza.

Ummm…, no le sigo.
Cuanto más llenos de facetas están una amistad o un amor, más ligeros se vuelven.

¿De eso habla usted?
Yo cuento historias que sanan, y lo que me gustaría despertar es la fe en uno mismo, pero no para desarrollar la fuerza sino valorando la fragilidad. Tengo temas recurrentes como la amistad, que es un motor extraordinario, la sanación y los dioses.

¿Y qué hacen sus dioses?
En muchos de mis espectáculos algo cae del cielo: una lluvia de pollos, o de corchos, como si los dioses estuvieran descorchando botellas y nos cayeran pedazos de fiesta.

Se fue en busca de chamanes por el mundo; ¿descubrió algún secreto?
Trataba de comprender cómo sanaban y descubrí que hay que desarrollar y entrenar la intuición escuchando dentro y fuera. Ese es uno de los talentos de un director.

¿El payaso escucha?
Siente, y danza frente al público una danza de cortejo. Nos especializamos en tomar a la gente entre los brazos y acunarla. No danzamos para que nos vean, danzamos con quien nos mira.

¿Desde cuándo lo sabe?
Desde que lo abandoné todo tras la primera gran pena de amor y me fui como voluntario a cuidar moribundos con la Madre Teresa de Calcuta en India. Ahí cambió mi vida.

¿Qué pasó?
Llegué como un joven clown con la idea de que debía alegrar el mundo, y me di cuenta de que lo realmente necesario es abrazar.

¿Y así nació el teatro de la caricia?
Es fundamental encontrar historias que partiendo del dolor más profundo puedan iluminar, historias que sanen.

¿Por ejemplo?
Cuando mis amigos tienen a su hijo adolescente herido de amor, me lo envían. Yo los compadezco: “Cuando tu primer amor te abandona te sientes morir; todo se acabó para ti”. “¿Cómo lo sabes?”, me preguntan. Y entonces les cuento el gran secreto.

¿Qué secreto?
“A mi tío le pasó lo mismo. ¿Y sabes el vecino de arriba, el del perrito?… También le pasó. A la cajera del súper, la rubia guapa, también. De hecho todo el barrio está herido de amor, pero todos nos hemos salvado”.

Inteligente.
Cuando se levanta el telón y miro a platea, sé que por lo menos el diez por ciento sufre de amor, seguro.

¿Ha entendido por qué?
Porque los dioses son fantásticos dramaturgos y para contarse historias entre ellos o interesarnos a nosotros, títeres en esta aventura, escriben dramas extraordinarios. Si todo es perfecto, no interesa a nadie.

A mí me encantan los cuentos de hadas.
Siempre hay un ogro.

Pero es vencido.
Estoy de acuerdo. Creo en esas historias y en que hay que decirles a los niños: pasarás por bosques oscuros, pero vencerás.

La fantasía está desprestigiada.
La física dice que todo es apariencia.

¿Cómo será la realidad?
Para mí es lo que podemos contar. No estamos seguros de nada, sólo de lo que podemos contar, por eso creo que es tan importante tomarnos un tiempo para contarnos quiénes somos. Así construimos.

¿Nuestra propia historia?
La del universo.

¿Qué se cuenta usted?
Me repito tres preguntas: de dónde vengo, adónde voy y qué cenaré esta noche, y cada día encuentro respuestas diferentes.

¿Adónde quiere llegar?
Atrás.

¿?
Cuando uno contempla un atardecer, quiere regresar a algún lugar que no sabe dónde está ni cómo es. Es el lugar del que venimos.

Nostalgia.
La nostalgia te impulsa hacia delante. Los nostálgicos descubrieron tierras nuevas. Y son los que levantan una copa para brindar y agradecer el momento presente porque saben que no volverá.

Admirable lucidez.
A mí me fascina la amabilidad, esas personas delicadas que tocan las cosas como si intuyeran su alma. Lo ves a veces en los hospitales: personas con esa extraña amabilidad incluso con los cadáveres. Esa gente me tiene a su merced, es un talento ante el que no tengo defensa.

Bromeando y riendo, Polichinela te dice la verdad.
Polichinela es un sofista, un malabarista de las ideas. Para mí ser clown consiste en la capacidad de poner en duda. A mí la gente que duda, el político que duda, me da mucha más tranquilidad.

Curioso.
La duda no es mentirosa, la duda busca respuestas, la duda es flexible.

¿No tiene ninguna certeza?
Sí, pero me duran muy poco.

¿Siempre en el laberinto?
El laberinto no es una trampa, es un viaje hacia el interior de uno mismo. Para encontrarse hay que perderse. Para avanzar, crecer, las certezas no sirven. Hemos de perdernos, una, diez, cincuenta veces al minuto para no quedarnos en la piel de las cosas. Cuanto más se pierde uno, más puertas abre.

por Ima Sanchís para La Contra de La Vanguardia, 17/12/2011

Jacques Trudeau, titiritero

Jacques Trudeau por Mané Espinosa

Interesante entrevista al titiritero canadiense Jacques Trudeau con motivo del TOT Festival de Titelles i Teatre d’Objectes de Barcelona que se celebró la semana pasada, publicada en La Contra de La Vanguardia.

Tengo 62 años. Nací y vivo en Montreal (Canadá), pero mi oficina está en Francia, en Charleville- Mézières, la ciudad del títere, desde que soy secretario general de la Unima. ¿Política? Respetar todas las culturas. Creo en la energía global, que está en cada humano, animal y objeto.

Este hombre tímido, secretario general de la Unión Internacional de la Marioneta (Unima), se ha pasado 20 años con una capucha siendo Bilbo, el hobbit de El señor de los anillos, y estremeciendo al público con su adaptación de los cuentos eróticos de los indios de Canadá, recuperando sus fantásticas máscaras y sus leyendas. Actuaron ante ellos y el gran elogio fue: “¡Ahora entiendo lo que decía mi abuela!”. La obra recibió infinidad de ofertas de todo el mundo. “Fue increíble ver como a través de una cultura que se estaba muriendo surgieron valores profundos que todos entendemos”. Pero para Jacques hay algo fundamental: “No tomarse demasiado en serio, porque eso nos crea conflictos”.

Títeres con alma?

Seguro, cada personaje tiene su alma; y es más: el títere ayuda al titiritero a encontrar su propia alma.

Cuénteme.

… Porque aunque nosotros lo manipulemos, él nos empuja, nos da la fuerza cuando estamos realmente involucrados en el personaje; así que ¿quién manipula a quién?

¿?

Yo me he sorprendido muchas veces, el títere me ha hecho hacer cosas que ni siquiera se me habían ocurrido.

¿Y le ha ocurrido muy a menudo?

He trabajado durante 40 años en la compañía Théâtre sans Fil, manipulando títeres de uno a cuatro metros de altura. La familia Tolkien nos cedió los derechos para adaptar la gran obra de El señor de los anillos antes de que se llevara al cine.

¿Cuál era su personaje?

El hobbit. Lo manipulé 1.200 veces por todo el mundo y jamás hubo dos funciones iguales. El mago Gandalf escoge a Bilbo, un hobbit muy convencional, para devolver el anillo de poder al fuego y que se acaben las guerras, pero…

… No me cuente el libro, Jacques.

¡Es que he pasado 20 años haciendo ese personaje y me fascina!, y he acabado pareciéndome a él. Me dio la humanidad de saber escuchar, de estar muy presente.

Fue usted quien le dio la personalidad.

No se engañe, un títere es la encarnación de un carácter y tiene su personalidad más allá del que mueve los hilos, por eso no es baladí esa pregunta de quién manipula a quién. Y en la vida ocurre lo mismo.

¿A qué se refiere?

¿Qué parte de mí está manipulando en estos momentos mis palabras, mi sentir, mi vida?… Muy pocas veces tenemos consciencia de ello. Déjeme que le cuente un espectáculo holandés que me fascinó.

Adelante.

El títere se da cuenta de que muy por encima de su cabeza hay un manipulador moviendo los hilos de su vida, así que trepa por los hilos y trata de matarlo porque quiere ser libre. A menudo nuestra vida es así: todos queremos ser libres y sabemos que hay hilos que nos mueven. Si somos conscientes podemos romperlos.

Pero siempre aparecen nuevas manos invisibles dispuestas a tejer nuevos hilos. Ya ve.

El títere es símbolo del ser humano.

Sí, somos seres frágiles como él en un mundo que no siempre controlamos. Pero nos esforzamos por controlar nuestra propia vida, de la misma manera que el titiritero trata de controlar su títere.

Entiendo.

He pasado cuarenta años de mi vida con la cabeza cubierta por una capucha negra, nadie me conocía, la estrella era el personaje. Al actor la gente lo reconoce, al titiritero nadie lo reconoce.

Usted ha formado parte de los dos mundos.

Abandonar al actor fue una liberación. En la personalidad del actor hay algo extremadamente frágil porque está siempre representando: incluso cuando no actúa es su propio personaje. Pero fíjese en el bunraku.

Milenario arte japonés.

Un títere de un metro con gran expresividad: se le mueven los ojos, la boca. El maestro invierte 15 años en realizarlo y lo mueve anónimamente; sólo cuando ya es un gran maestro descubre su rostro. En 1660 era el arte más reconocido en Japón y, de hecho, el kabuki (teatro japonés) imita a esos títeres.

¿Muere el teatro de títeres?

Hay un renacer. Ahora con la crisis los jóvenes están desarrollando nuevas formas, está naciendo un teatro de títeres con objetos.

Muy representativo.

Sí, todos los objetos que están en su mundo cotidiano aparecen en el del títere, objetos que toman vida y que se adaptan a pequeños espectáculos muy imaginativos. Y es curioso porque hacen títeres sin cuerpo, cabezas con manos, pies… el cuerpo está dividido como nuestra cabeza.

Da que pensar.

El arte es siempre un espejo. Y es muy interesante construirse uno mismo un títere porque siempre el primero es la proyección de ti mismo.

¿La crisis favorece el arte?

Creo que sí, aunque decir esto es duro. Compañías importantes que habían sido durante años subvencionadas tienen que volver a empezar hoy de cero: si te lo tomas bien… Hay que escuchar los signos de la vida, porque de repente los vientos cambian y a veces viene un huracán. Hay que estar preparado y la mejor manera es viviendo en el presente.

Luchando pero sin lamentarse.

A mí me emociona cómo reacciona un niño frente a un títere: se llena de alegría como si reconociera a un semejante. Y eso es lo que un títere, capaz de emocionar, le da a un adulto: le devuelve sensaciones de la infancia, recupera lo que tiene de sagrado la infancia.

¿Y qué es?

La apertura al mundo. Permítame que le cuente mi historia favorita.

La de un hombre que tiene un niño dentro y que no quiere que se muera. Para mantenerlo con vida, cada noche le cuenta una historia. Porque son las historias las que nos hacen crecer.

Entrevista a Leopoldo Pomés

Leopoldo Pomés, por Juliet Pomés

Tengo 79 años y no dejo de mirar y gozar al rodearme de cosas bellas, que no quiere decir caras. Nací en Barcelona: me sorprende y la descubro. Estoy divorciado, no separado, de Karin, y tengo pareja. Ni partido ni religión: sólo creo en el ser humano cuando sonríe un poquito.

Elija un anuncio.
Pues me voy a remontar al blanco y negro…

A veces, menos dice más.
No sé si usted es demasiado joven, pero recordará a aquella rubia con una
larguísima melena sobre un blanco corcel…

¡Nuestra Lady Godiva! Sólo vestida por su largo cabello, cabalgando junto al mar.
…Tiene usted más imaginación que memoria: la rubia de Terry no cabalgaba desnuda. ¡Era el año 65! La gran libertad para la época era que iba descalza. Y montaba a pelo.

Ya era algo.
Y sí, era bellísima. Una húngara inteligente y despierta, Margit Kocsis, que no creía en su belleza. Eso la hacía irresistible.

Cabalgó en los calendarios de todas las cabinas de camión de España.
Era un anuncio de licor alternativo a la estética macho imperante, porque sabíamos que el brandy lo compraban las esposas. Además, el espíritu de la época pedía libertad y se colaba hasta en los anuncios.

¿Cómo?
La rubia de Terry triunfó muchísimo y volamos: libertad, libertad. Nos fuimos a rodar una continuación del spot a Venecia.

Hoy no sé si le pagarían esos lujos.
Entonces la tele única hacía a la publicidad omnipotente. Nos llevamos aquel soberbio alazán desde Jerez por carretera hasta Venecia, pero al ver cómo se movía el barco, el mayoral dijo: “Aquí el caballo no sube”.

¡Se llevaron hasta al mayoral!
Y no subió.

¿Qué hizo usted?
Desesperarme, porque teníamos un permiso –carísimo– para rodar a Margit cabalgando en solitario por la plaza de San Marcos, pero sólo de una hora en la madrugada.

Hoy lo simularían por ordenador.
Yo sufrí mi primer cólico nefrítico antes de contratar una grúa contra reloj y colocar en un barco, también alquilado ad hoc, al dichoso bicho… Pero ya había transeúntes en San Marcos y, peor todavía, también los puestecitos
de los vendedores de souvenirs.

Y usted preparó el billetero…
¡Tuve que comprar enteros algunos puestos para que se largaran! Y aun así perdimos un metraje precioso, porque una vieja se coló en una toma haciendo un corte de mangas.

Fue usted hábil negociador.
Con dinero, cualquiera. Y recuerdo el anuncio: buena cámara. Para algo tenía que servir. Yo era un desastre en el colegio y lo suspendía todo, porque no me interesaba nada. Hasta yo mismo llegué a pensar que era un gandul…

Hoy está claro que no lo era.
… Hasta que me encontré con la fotografía. Y gracias a la complicidad de mi padre pude convertirla no sólo en mi profesión, sino en mi modo de ver el mundo, mi vida.

Halló su elemento.
Por eso nunca he entendido la mentalidad funcionarial. Como la de aquellos cámaras de TVE que se negaron a rodar la comida que Dalí daba a los pobres en Nueva York… ¡porque era domingo!

Ellos se lo perdieron.
También me dan miedo los que te dicen: “No se preocupe, que yo soy un profesional”. Si te limitas a ser un profesional, caes en la rutina. ¡Tienes que ser un artista!

Por ejemplo.
Cruyff me contó –y lo vi– que seguían temblándole las piernas cuando salía al campo. A los buenos, les tiemblan siempre las piernas. Josep Pla disimulaba su timidez con una aguda ironía. A veces hiriente: “¿Es usted de izquierdas, joven?”, me soltó señalando con una sonrisa mi melena progre.

Pla tenía un retrato.
Retratar es un arte difícil. Pero tengo un respeto aún mayor por el reportaje fotográfico.

¿Por qué?
Porque en fotografía es más fácil el encargo que la creación libre.

No sólo en fotografía.
Carlos Barral me encargó un libro sobre “Barcelona” … ¡Qué difícil, pero cómo disfruté! La cámara se me disparaba sola. Al final, el libro no llegó a  publicarse, pero eso carece de importancia. Las fotos están ahí.

¿No va a hablarme de la ‘gauche divine’?
Yo estaba demasiado ocupado trabajando para ir cada noche al Bocaccio. Hice montones de anuncios. Las burbujitas de Freixenet, por ejemplo, ya las rodábamos en el 67.

¿Le quedaba tiempo para la fotografía?
Lo intentaba, y lo que le dediqué me lo ha devuelto con creces. Gran amiga, porque la artrosis te alcanza, pero la mirada no para.

Me alegro.
La mantengo joven y fresca y sigue dándome placer. Me rodeo de cosas  bellas –que no necesariamente caras– y las disfruto.

Por ejemplo.
La mirada de una mujer. Sublime. A veces con ver su mirada tocas a Dios.

A veces.
Ya no me interesa la anécdota en una foto o en otra obra de arte, sino la intensidad que se hace duración al verla. Eso que logra que el arte se termine pero no se acabe.

No sé si me atrevo a pedirle nombres.
Ahora mismo… No sé. Busque en Buñuel, por ejemplo… Estoy acordándome de Catherine Deneuve. Y la misma Margit Kocsis, de la que le hablaba, o de mi mujer, Karin. ¡He podido gozar y gozo de tanta belleza! La Deneuve
en Belle de Jour… ¡Ah! ¡Qué perversa y dulce!

¿Alguna vez se excitó fotografiando?
Pues claro, soy humano; pero si me excito, la foto no queda bien.

¿I abans d’un mes / seré millor que en Pomés? Pomés me explica que el homenaje que le hizo Joan Manuel Serrat en Conillet de vellut le pilló del todo desprevenido. Esta semana otro músico le ha dado una nueva alegría inesperada: Mick Jagger se acercó a ver la obra que Leopoldo Pomés exhibe hasta el 22 de enero en la Michael Hoppen Gallery de Londres, una antología de fotografías de Barcelona de 1947 a 1969. El eterno rolling stone disfrutó del ritmo y la contenida ironía del trabajo del barcelonés y le compró una de las fotos expuestas. Se trata de un retrato del tercer músico de este cuento: Tete Montoliu, concentrado como si buscara una nota perdida, en el descanso de una grabación.

Entrevista de Lluís Amiguet en La Contra de La Vanguardia, publicada el 15/12/2010.

Comer y filosofar

Reproducción de la entrevista que le realizaron al profesor y escritor catalán Josep Muñoz Redón con motivo de la publicación de su último libro, La cocina del pensamiento: una invitación a compartir fogones y mesa con filósofos, hace tres años. Ha publicado con éxito varios libros, todos ellos con títulos sugerentes y estimulantes, como Desconócete a ti mismo, El espíritu del éxtasis: la religión de la vida o Good bye Platón: filosofía a martillazos.

Por Víctor-M. Amela, La Contra (20/06/2005, La Vanguardia).

Tengo 47 años, nací en Sant Sadurní d’Anoia y vivo en Barcelona. Soy profesor de filosofía y escritor. Estoy casado y tengo un hijo, Miquel (2 años). ¿Política? La que combata la injusticia. Soy ateo. Las ideas crudas no se digieren: la filosofía cocina ideas para obtener preguntas, como la gastronomía condimenta alimentos para producir felicidad.

– ¿Qué es primero, comer o filosofar?
– “Sin comer no se puede pensar”, dice Descartes, porque sólo piensas en comer…
– Solventada la supervivencia, ¿qué vincula la cocina con la filosofía?
-Dime cómo cocinas y te diré cómo piensas: tanto pensar como cocinar son, al fin, cuestión de aplicar un método. El filósofo cocina ideas como el cocinero alimentos…
– Una sabrosa metáfora, pero no hay más.
– Sí hay más: he detectado interesantes correlaciones entre la forma de pensar de varios filósofos y su forma de comer…
– Un ejemplo.
– Rousseau: tomaba mucha lechuga y mucha leche, alimentos con altas dosis de triptófano, que tiene efectos narcotizantes.
– ¿Y?
– Le ayudó a desarrollar su técnica de pensamiento: confesó que sus ideas le llegaban durante el duermevela, en ese estado de ensoñamiento entre el sueño y la vigilia…
– ¿Y así ideó su tesis del “buen salvaje”?
– Sí. Y por eso Rousseau fue partidario de los alimentos crudos, no cocinados: afirmaba que eran los más próximos al estado natural del hombre. Fue, claro, vegetariano.
– ¿Fue el primer filósofo vegetariano?
– El primero fue Pitágoras (siglo V a.C.), porque creía que en cada animal había un alma en espera de reencarnarse en persona.
– Lo que demuestra que también lo que pensamos influye en lo que comemos…
– Así es, y se ve muy claro en las religiones: ayunos, prohibición del alcohol, del cerdo…
– ¿Y algún filósofo ha muerto por no comer?
– Diógenes (siglo III a.C.) decía que para morirte, te bastaba con cerrar la boca… Pero él murió de una indigestión de pulpo.
– ¿Qué filósofo es el que peor ha comido?
– Kierkegaard (s. XIX) casi no comía. Un poco de sopa y basta. Su aversión a la comida y al sexo delatan su rechazo al cuerpo…
– ¿Y qué filósofo ha comido mejor?
– Podría citarle a La Mettrie, en la Ilustración (siglo XVIII): “Bebe, come, duerme, ronca, sueña y, si alguna vez piensas, que sea entre vino y vino”, decía. Acudía a banquetes en los que se servían docenas de platos. Murió de una indigestión de paté de faisán.
– Qué opulencia… Y, hablando de banquetes, ¿qué se comió en El banquete de Platón?
– ¡En El banquete no se cita ningún alimento! Curioso, ¿no? Platón no explica qué comía con Sócrates y los demás. Es coherente, ¿no?: eran idealistas, y se habla sólo de ideas.
– ¿Y qué es lo más probable que comiesen?
– Platón estaba obsesionado por las olivas: ¡le chiflaban! En la Grecia del siglo V a.C. no tenían buena carne, pero sí buen pan, habas, pescado, crustáceos, vino y miel. Y en los postres jugaban a quitarse prendas de ropa…
– Vaya con los idealistas…
– A Sócrates, por cierto, le condenaron a muerte por no creer en los dioses de la ciudad y por corromper a los jóvenes… Se metió en la bañera y, delante de los suyos, se bebió tranquilamente su infusión de cicuta…
– Macabra infusión…
– Sócrates demostraba así su dominio incluso sobre su muerte. Antes de expirar, le dijo a su amigo Critón: “Ofrece un gallo a Asclepio”. ¡Eso solía hacerse para celebrar una erección!: la muerte con cicuta la provoca…
– ¡Pues un brindis por Sócrates!
– Mi predilecto es Kant: postuló la síntesis -entre racionalismo y empirismo- como técnica filosófica y, a la vez, en lo gastronómico ¡también fue muy sintético y equilibrado!
– ¿Por qué?
– Fíjese: en la primera parte de su vida bebió vino tinto; en la segunda, blanco. Sus dos platos favoritos eran uno de carne (rosbif) y otro de pescado (bacalao).
– Las tesis de un filósofo ¿se comprenden mejor si nos fijamos en su estómago?
– ¡Nietzsche acuñó su tesis del eterno retorno en un periodo de vómitos continuados!
– Ag… ¿Y qué filósofo tuvo la peor dieta?
-Sartre. Para huir de la angustia del vacío, llenaba la panza desordenadamente, y nada era natural (¡hasta en eso fue ávido de cultura!): charcutería, chocolate, pasteles, vino…
– Siempre aparece el vino, veo…
– En el caso de Sartre hay que sumar licores, para llenar el otro vacío, el del espíritu: ¡que la mente se llene de imágenes! Por eso sumó anfetaminas, barbitúricos, tabaco, alcohol y corydrane, un tóxico hoy prohibido.
– Moriría con muy mala salud, ¿no?
– Sus últimos años fueron amargos, sí: Sartre es un filósofo amargo, como Sócrates (por la amarga cicuta) o Voltaire (por el café).
– ¿Fue Voltaire un cafeinómano?
– Sí, y a tanto café le debe seguramente parte de su fecundidad literaria y su mordacidad. También fue un hábil negociante, pues nació pobre y se hizo rico: ¡durante años desayunó cada mañana ostras con champán!
– Qué exquisito.
– Como Sade, que buscó el placer a toda costa. Y por eso detestó el pan, emblema del trabajo y la virtud. Él prefirió el chocolate.
– ¡Que es negro, al revés que el pan!
– Y que evoca la mierda, antítesis del pan: en su obra Sade la adora, describe personajes coprófagos y detalla incluso lo que comen -mucha pechuga de pollo- para producir un excremento de exquisita pastosidad y sabor.
– Disculpe, lector… Y Bacon ¿comía bacon?
– Tenía desórdenes digestivos y estaba condenado a sopitas… Era un filósofo práctico, e intentó resolver un desafío gastronómico…
– ¿Qué desafío?
– Un invierno, desde su coche de caballos, vio una gallina suelta por la nieve. De pronto, se le ocurrió que si rellenaba de nieve una gallina quizá podría conservarla congelada… Y bajó a por ella. Y se resfrió… y murió.
Paella
Dalí decía que las mandíbulas son la herramienta filosófica por excelencia, pues trituran directamente la realidad para sacarle el jugo y meterla en ti. Su sueño supremo de amor era empequeñecer a Gala como una oliva para poder tragársela… He pensado en estos delirios del filósofo caníbal que era Dalí al leer La cocina del pensamiento (RBA), obra en la que Redón vincula felizmente la vida y obra de cada filósofo con sus apetitos y hábitos culinarios. Resulta una investigación muy suculenta… Así es como he sabido que una noche Descartes soñó con un melón que debía abrir para probar su dulzura y que fue ese sueño el que inspiró su Discurso del método, pieza fundacional del racionalismo… ¿Y el plato favorito de Redón? “Una paella compartida con buenos amigos junto al mar”.