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Kathy Ryan, directora de Fotografía y Arte

Hoy La Contra (La Vanguardia) ha publicado una entrevista a Kathy Ryan, la directora de Fotografía y Arte del magacín de The New York Times. Historiadora del Arte de formación, es la encargada de decidir la portada del magacín, momento que vive intensamente, consciente de la repercusión que tiene. Es de las personas que todavía tiene fe en el poder de las imágenes para mejorar el mundo y celebrarlo.

¿Quién no tiene un smartphone para hacer una foto?

Ahora mismo se están haciendo billones por doquier.
Esas fotos no convierten a sus autores en fotoperiodistas, del mismo modo que silbar una melodía no te convierte en compositor.

¿Qué convierte a quien hace fotos en fotógrafo o fotoeditor?
Lo que te hace fotoperiodista es concebir, captar y editar una imagen que sea un símbolo perdurable en nuestra memoria. Si logras una imagen emocionante, esa emoción trasciende épocas y fronteras, y tus fotos serán un icono eterno y universal.

Por ejemplo.
Si pensamos en Vietnam, coincidirá conmigo en dos iconos: la niña aterrada, Kim Phuc, que corre desnuda por la carretera, del fotoperiodista Huynh Cong Nick Ut, y la del general Nguyên ejecutando a un vietcong, del fotoperiodista Eddie Adams.

Una guerra resumida en dos imágenes.
Si le pregunto por Afganistán, tendrá que pensar un poquito más, pero es muy probable que evoque la portada del National Geographic de aquella joven enigmática con capa roja que miraba al lector con ojos de un color verde indescriptible.

También está en la memoria de todos.
Es Sharbat Gula fotografiada por Steve McCurry. Y también recordará a la niña con el rostro comido por el ácido de los talibanes.

No es fácil olvidarla.
Intente ahora evocar iconos parecidos: desde el Che en el póster hasta Marilyn Monroe sobre la rejilla del metro de Manhattan intentado evitar que se le levante la falda.

Son eternos y universales.
La prueba es que usted y yo coincidimos en ellos desde continentes y generaciones diferentes. Pero ahora intente recordar una imagen reciente de… ¿Obama? ¿El Papa? ¿Madonna? ¿Los JJ.OO. de Londres?

Se me ocurren muchas, pero no una.
¡Porque no tienen una! Hay demasiadas imágenes de ellos vomitadas a cada instante por internet como para evocar sólo una.

La paradoja de la cantidad y la calidad.
Antes, cuando la polvareda de la actualidad se asentaba, podíamos empezar a discernir la historia, y también aparecían esos iconos, por lo menos era así antes de internet.

¿Por qué no va a ser también después?
Porque el ciclo de las noticias es hoy tan corto, frenético y espasmódico, una catarata de imágenes vomitadas cada segundo en las webs, que en el Times tememos quedarnos sin esos iconos que acreditan la excelencia en nuestro trabajo. Por eso nos sentimos hoy más necesarios que nunca: luchamos por la calidad de nuestra memoria visual universal. Para que transmita valores.

¿Es una cruzada?
Yo soy una visualista convencida y creo en el poder de las imágenes para explicar, resumir y simbolizar y dar un sentido a lo que pasa. Y, sí señor: es una misión.

¿Por qué cree que es tan importante?
Porque la infamia de los talibanes arrojando el ácido a la cara de la niña que quiere ir a la escuela será una lección inolvidable para todos -un manifiesto contra la tiranía- en ese icono. Igual que esas imágenes de Vietnam que citamos son un alegato eterno contra el horror y el abuso de la guerra.

Ahora mismo: ¿cómo demonios logra usted un icono del paro en España?
Esa carencia es también una denuncia contra lo que sucede. Poderes económicos sin rostro gobiernan nuestras vidas. La información económica es para nosotros una pesadilla recurrente. No sabemos cómo ilustrarla.

La foto de la cola del paro no dice nada.
Poner imagen a la economía es un reto que exige talento creativo. Pero le citaré alguno de nuestros intentos en otros campos.

Adelante.
Teníamos que hablar de los soldados muertos en Afganistán. Y al fotoperiodista se le ocurrió retratar las habitaciones vacías en EE.UU. de aquellos muertos en combate.

¿Una habitación vacía puede decir más que un rostro humano?
Porque el equipo logró que en aquellas fotos sin personas apareciera el alma y la tragedia de aquellas vidas perdidas. Eran habitaciones de adolescentes, lo que ponía en evidencia su juventud, y cómo sus padres las habían dejado intactas como un templo dedicado al hijo perdido que no olvidaban.


Allí estaban el póster de su ídolo del rock y del deporte junto a fotos de su familia, el colegio, su primera novia. Cuando las editábamos casi nos pusimos a llorar. Y si una foto es emocionante, será eterna.

Mis fotos de hoy son tonterías, pero las de hace 20 años no parecen tan malas…
Es esa calidad vintage que el Times, como La Vanguardia, diario centenario y cómplice con varias generaciones de lectores, ha cultivado con mucha respuesta.

¿Cómo?
Para reflejar el US Open de Tenis en Nueva York queríamos hablar de los clásicos: McEnroe, Sampras, Björn Borg, Andre Agassi… Y se nos ocurrió jugar al revival.

¿Los llamaron para posar?
Fichamos al comediante Andy Samberg, del Saturday night live, que los encarnó en las fotos, y fue divertidísimo. Nuestra mejor portada de estos años ha sido Andy posando como Borg y McEnroe, retratado además por el veterano fotógrafo deportivo Walter Iooss. Fue un celebrado match de la ironía cómplice con el lector.

Entrevista a Simon Norfolk, fotodocumentalista

“Paisajista de campos de batalla”, así se define en su website. Simon Norfolk, inglés de 50 años, criado en Nigeria y recién casado, lo tiene muy claro. Utiliza la fotografía para cuestionar y denunciar desde la izquierda los conflictos armados que mantiene el “imperio” británico. “¿Para qué pagamos armamento nuclear? ¿Por qué somos los cornetas del imperio americano en sus ingenuas y sangrientas aventuras por Iraq o Afganistán? ¿Por la ilusión de seguir siendo imperio? ¿Cuántos hospitales dejamos de construir por ese delirio? ¿Cuántas escuelas?”, son algunas de sus reflexiones. He aquí la entrevista que le hizo Lluís Amiguet para La Contra el pasado 10 de septiembre.

Simon Norfolk, autoretrato.

En Bosnia, los serbios me dijeron: “¿Se ha enterado del asesinato de las monjas del convento?”.


“¿Qué convento?”, pregunté yo alarmado cogiendo ya la cámara…


“Aquel convento de la colina. En 1358”.

Eso es conciencia de la historia.
Es que los occidentales -los americanos, que empiezan cada guerra como si fuera la primera, y los británicos, que les hacemos de subalternos- vivimos un presente amnésico que apenas recuerda las tres últimas semanas, pero otros pueblos viven en un hoy de tres mil años. Como Afganistán.

Una historia que es una guerra.
Yo no espero que nuestros soldados sean historiadores, pero deberíamos recordar que ya es la cuarta vez que los británicos intentamos invadir Afganistán.

Y diríase que de nuevo sin resultado.
Por muchos afganos que matemos, no los convertiremos en demócratas parlamentarios. Ellos no tienen prisa. Hace tres mil años que luchan y mueren: contra los persas, Alejandro Magno, la URSS… Y nosotros sólo somos los últimos invasores.

Si tienes tiempo, nunca pierdes.
Nosotros tenemos relojes y ellos tienen el tiempo. Recuerdan la guerra contra los persas como los serbios a las monjas asesinadas en aquel convento y les ponen a sus hijos los nombres de los generales que la ganaron.

¿Qué hace usted en Afganistán?
No crea que no me lo he preguntado. Ahora que me he casado, también mi mujer se lo pregunta. Cuando pararon mi coche en Kabul y nos robaron pistola en mano -diez segundos eternos- me lo pregunté.

¿Y…?
Hay fotógrafos de guerra que le dirán que están allí pero que no creen en la política y que sólo les importan esos niños mutilados. Y otros que viven una fantasía de glamur y riesgo a lo Robert Capa, que empieza al amanecer entre bombas y acaba en la noche en un casino con Grace Kelly a su lado…

¿Y usted?
El fotógrafo sin convicciones políticas acaba siendo un cínico, y el del casino ya lo es. Yo creo que podemos decidir la historia y que la política, o la hacemos o nos la hacen. Hay guerras que merecen la pena, y Afganistán no es una de ellas. Ahora nos preparan para aceptar que hemos vuelto a perderla.

¿Qué es usted?
Ni un pacifista ni una oenegé. Creo que la avaricia humana crea sistemas de dominación económica de unos pocos sobre la mayoría. Y la guerra es el principio violento de ese expolio. Para que el uno por ciento acumule billones, muchos niños son mutilados por las minas cuando van a la escuela.

Afganistán atacó a Occidente el 11-S.
Fue Al Qaeda, refugiada en Afganistán, no los afganos. Para acabar la guerra entregaron a Bin Laden, pero EE.UU. prefiere seguir el plan que dé más votos. Para denunciar cosas como esa hago fotos.

Con alto valor estético: hoy se exponen en museos de arte contemporáneo.
Esa estética es sólo el envoltorio con el que intento difundir mejor mis ideas.

¿Por qué trabaja con placas?
Porque cada clic me cuesta 18 euros y eso me obliga a pensar mucho antes de disparar. No soy el fotógrafo que llega con la digital a la guerra y dispara y dispara… doscientas, trescientas fotos. Y luego se va al hotel y ante el ordenador busca la buena.

Creí que era lo habitual.
Yo busco la buena antes de disparar. Y esa búsqueda empieza en bibliotecas y museos años antes. Así descubrí fotógrafos del imperio que ya siguieron al ejército británico en Afganistán en 1878, como John Burke.

¿Y eso da para vivir?
Coleccionistas como la señora Morgan (de Morgan Stanley) o la señora Sachs (de Goldman & Sachs) compran mi obra.

Caray.
Para donarla a museos. Piense que así obtienen deducciones fiscales hasta veinte años antes de hacer efectiva la donación.

¿Eso es coherente con su militancia?
Eso también permite a los afganos ver mi obra gratis en internet, aunque tal vez la señora Sachs cuelgue mi foto en el salón porque hace juego con sus cortinas.

¿Le molesta combinar con las cortinas?
El autor sabe que en cuanto acaba una obra pierde el control sobre su significado. Y con el dinero de Sachs hago fotos que dirán a nuestros nietos que no todos estábamos de acuerdo con invadir Afganistán y que algunos hicimos algo para explicarlo.

También su ego estará en el museo.
Muchas fotos de esas invasiones son igual de buenas con o sin firma.

¿Está en lo suyo para la posteridad?
La primera vez que fotografié un genocidio fue en Ruanda: una fosa con dos mil cadáveres. Y a un ruandés destrozado explicándome cómo habían violado y descuartizado a machetazos ante él a su mujer y sus hijos.


¿Para qué me daba aquel material? ¿Para que ganara algún premio y que mi editor me diera unas palmaditas en la espalda? ¿Para correr a contarlo al pub?


Cuando fotografías aquel horror firmas un contrato moral con las víctimas que te compromete a convertir su sufrimiento en un testimonio. Para que no vuelva a pasar. Si no lo cumples, sólo eres un explotador más de su desgracia.

Entrevista a Yann Arthus-Bertrand

El conocido Yann Arthus-Bertrand nació en París y vive en una casa en un bosque. Se define como fotoperiodista y ecologista amoroso, de ahí que haga lo que hace: enseñarnos la espectacular belleza del planeta Tierra para que lo amemos. El año pasado fue entrevistado por Víctor-M. Amela para La Contra de La Vanguardia y este fue el resultado, titulado “Vivimos sobre una obra de arte irreproducible”:

Sus fotos son espectaculares…
He querido mostrar la belleza de este planeta desde un ángulo insólito para los humanos.

Desde el aire.
Sí, algo impensable hasta hace un siglo. Se podía desde alguna montaña, desde un globo… ¡Me emociona ver cosas que sé que nadie ha visto antes!

¿Qué le ha asombrado más?
La naturaleza fractal del mundo: los afluentes de un río semejan las venas de una mano… ¡Ver la Tierra desde el aire es casi igual a mirar por un microscopio!

Sólo cambian las escalas.
Por eso a veces incluyo personas o animales en la foto, para que se entienda la escala. Lo formuló bien Pascal: “Lo infinitamente grande semeja a lo infinitamente pequeño”.

¿Cómo empezó usted a hacer fotos?
¡Volando en globo, precisamente! Yo era piloto profesional de globos aerostáticos.

¡Curioso oficio!
Conocí en París a mi mujer, etóloga, me enamoré… y la acompañé a Kenia: ella viajaba allí para hacer su doctorado sobre el comportamiento de los leones.

Romántica historia.
Y allí decidí usar el globo para seguir a los leones desde arriba…

Debía de ser una preciosa perspectiva.
Sí, y comencé a hacer fotos: me convertí en fotógrafo. El periodo más feliz de mi vida.

Hoy ha fotografiado todo el planeta.
Para que lo amemos.

¿No lo amamos?
Sabemos que todos los indicadores anuncian el desastre medioambiental… ¡pero no queremos creerlo! Nos negamos a cambiar de actitud. ¡Necesitamos una revolución!

¿Qué revolución?
¡Una revolución espiritual! No vendrá de la política, sino de la conciencia. Y por eso hago fotos y documentales: para fomentarla. ¡Todos somos responsables!

¿A qué se refiere?
Rechazo el discurso ecologista maniqueo que culpa a los magnates del petróleo y exculpa a los consumidores por víctimas. ¡No, no, no! Cada vez que tú llenas de gasolina tu coche, tú eres corresponsable: colaboras en un sistema dañino para el planeta.

¿Y cómo vive usted?
Con la máxima conciencia y dejando la mínima huella medioambiental. Vivo retirado en el campo, cada mañana paseo por el bosque con mi perro, abrazo árboles…

¿Abraza árboles?
Siento su energía poderosa. Para mí estas vivencias son muy importantes. Y ahora ya sabemos que los árboles de un bosque se comunican entre ellos…

¿Sí?
Mediante señales químicas, sí. Y parece que las bacterias de ciertos árboles pueden atraer tormentas. Yo no sé vivir en el asfalto. Necesito sentir los pies en la tierra, aunque tenga la cabeza en las nubes, ja, ja… Soy ecologista, pero vitalista, no político.

¿Por qué no político?
Los ecologistas de partido no aman a los demás. Les falta una actitud más compasiva. No me interesa. El ser humano es un animal empático: eso es lo que quiero fomentar.

¿Cuál era su vocación siendo niño?
La de huir. No era feliz en la escuela: las escuelas eran muy autoritarias, y yo no soportaba la autoridad. Fui expulsado de catorce escuelas.

¡Catorce!
Por eso tiene su gracia que haya en Francia doce escuelas con mi nombre. Hoy los niños en las escuelas pueden ser felices…

¿Qué hizo después de la escuela?
Me escapé de casa a los 17 años y viví a lo loco en París, trabajando como actor en algunas películas… pero lo hacía fatal.

¿Qué piropo a sus fotos le ha colmado?
“¡Ver esto ha cambiado mi modo de ver la vida!”, me han dicho a veces.

Usted comunica bien.
Si no amas a la gente, ¡mal harás tu trabajo de periodista! ¿Lo sabes, no? Es imprescindible amar a los demás para comunicar.

¿Qué foto le gustaría hacer ahora?
Una de la Tierra desde la órbita terrestre.

¿Qué paisaje le ha impactado más?
La Antártida, con sus valles pétreos, secos, barridos por vientos… Y, por sus colores, el parque natural de Yellowstone.

¿Qué medio aéreo es el idóneo para hacer sus fotos?
El helicóptero. Permite encuadrar desde todos los ángulos y alturas, aunque también es el más peligroso.

¿Ha tenido algún percance grave?
Hacía fotos en Nueva Orleans, cuando el Katrina, y mi helicóptero cayó: ¡era una muerte segura! Pero un árbol nos salvó milagrosamente. El helicóptero se partió en dos.

¿Qué aprendió de esa experiencia?
Salí ensangrentado… con la imperiosa necesidad de hacer dos cosas: una, llamar a mi mujer; y dos, beber un vaso de vino.

¿Y eso?
Comprendí que mi patria son mi mujer y lo que representa el vino para mí: mi tierra, mis amigos, la alegría de vivir…

Representa que seguimos aquí.
Y deberíamos seguir, pero sin dejar tanta huella. Desde el cielo veo que ya no hay rincones vírgenes en el planeta. ¡Vivimos sobre una obra de arte irreproducible!

Cuidémosla o… ¿qué?
El futuro está en nuestras manos, y pasa por el amor: amemos el mundo, amémonos… y vendrán las soluciones. ¡Ya es demasiado tarde para ser pesimista!

Daniele Finzi, el teatro de la caricia

No siempre se valora el profundo trabajo que hay detrás de ofrecer emoción y fantasía al mundo. A continuación, una preciosa entrevista que le hicieron al director de teatro, autor, coreógrago y clown Daniele Finzi (Lugano, 1964) el sábado pasado con motivo del espectáculo que el Cirque du Soleil ofrecerá en Barcelona a finales de enero del 2012, Corteo. Creada y dirigida por Finzi, ya ha visitado 38 ciudades de siete países y ha recibido la visita de cinco millones de espectadores.

Tengo 47 años. Nací en Lugano, Italia. Casado. Fundé y dirijo la compañía Teatro Sunil, dedicada al clown. Antes los políticos movían el mundo porque tenían experiencia, ahora necesitamos jóvenes con nuevas ideas. Me gustaría mucho creer, pero me pierdo en las certezas.

Daniele Finzi en el backstage (fotografía de http://www.danielefinzipasca.com).

¿Cuál es el eje de su vida?
La ligereza. Y considero que en el caso de las ideas y de los sentimientos, a mayor densidad, mayor ligereza.

Ummm…, no le sigo.
Cuanto más llenos de facetas están una amistad o un amor, más ligeros se vuelven.

¿De eso habla usted?
Yo cuento historias que sanan, y lo que me gustaría despertar es la fe en uno mismo, pero no para desarrollar la fuerza sino valorando la fragilidad. Tengo temas recurrentes como la amistad, que es un motor extraordinario, la sanación y los dioses.

¿Y qué hacen sus dioses?
En muchos de mis espectáculos algo cae del cielo: una lluvia de pollos, o de corchos, como si los dioses estuvieran descorchando botellas y nos cayeran pedazos de fiesta.

Se fue en busca de chamanes por el mundo; ¿descubrió algún secreto?
Trataba de comprender cómo sanaban y descubrí que hay que desarrollar y entrenar la intuición escuchando dentro y fuera. Ese es uno de los talentos de un director.

¿El payaso escucha?
Siente, y danza frente al público una danza de cortejo. Nos especializamos en tomar a la gente entre los brazos y acunarla. No danzamos para que nos vean, danzamos con quien nos mira.

¿Desde cuándo lo sabe?
Desde que lo abandoné todo tras la primera gran pena de amor y me fui como voluntario a cuidar moribundos con la Madre Teresa de Calcuta en India. Ahí cambió mi vida.

¿Qué pasó?
Llegué como un joven clown con la idea de que debía alegrar el mundo, y me di cuenta de que lo realmente necesario es abrazar.

¿Y así nació el teatro de la caricia?
Es fundamental encontrar historias que partiendo del dolor más profundo puedan iluminar, historias que sanen.

¿Por ejemplo?
Cuando mis amigos tienen a su hijo adolescente herido de amor, me lo envían. Yo los compadezco: “Cuando tu primer amor te abandona te sientes morir; todo se acabó para ti”. “¿Cómo lo sabes?”, me preguntan. Y entonces les cuento el gran secreto.

¿Qué secreto?
“A mi tío le pasó lo mismo. ¿Y sabes el vecino de arriba, el del perrito?… También le pasó. A la cajera del súper, la rubia guapa, también. De hecho todo el barrio está herido de amor, pero todos nos hemos salvado”.

Inteligente.
Cuando se levanta el telón y miro a platea, sé que por lo menos el diez por ciento sufre de amor, seguro.

¿Ha entendido por qué?
Porque los dioses son fantásticos dramaturgos y para contarse historias entre ellos o interesarnos a nosotros, títeres en esta aventura, escriben dramas extraordinarios. Si todo es perfecto, no interesa a nadie.

A mí me encantan los cuentos de hadas.
Siempre hay un ogro.

Pero es vencido.
Estoy de acuerdo. Creo en esas historias y en que hay que decirles a los niños: pasarás por bosques oscuros, pero vencerás.

La fantasía está desprestigiada.
La física dice que todo es apariencia.

¿Cómo será la realidad?
Para mí es lo que podemos contar. No estamos seguros de nada, sólo de lo que podemos contar, por eso creo que es tan importante tomarnos un tiempo para contarnos quiénes somos. Así construimos.

¿Nuestra propia historia?
La del universo.

¿Qué se cuenta usted?
Me repito tres preguntas: de dónde vengo, adónde voy y qué cenaré esta noche, y cada día encuentro respuestas diferentes.

¿Adónde quiere llegar?
Atrás.

¿?
Cuando uno contempla un atardecer, quiere regresar a algún lugar que no sabe dónde está ni cómo es. Es el lugar del que venimos.

Nostalgia.
La nostalgia te impulsa hacia delante. Los nostálgicos descubrieron tierras nuevas. Y son los que levantan una copa para brindar y agradecer el momento presente porque saben que no volverá.

Admirable lucidez.
A mí me fascina la amabilidad, esas personas delicadas que tocan las cosas como si intuyeran su alma. Lo ves a veces en los hospitales: personas con esa extraña amabilidad incluso con los cadáveres. Esa gente me tiene a su merced, es un talento ante el que no tengo defensa.

Bromeando y riendo, Polichinela te dice la verdad.
Polichinela es un sofista, un malabarista de las ideas. Para mí ser clown consiste en la capacidad de poner en duda. A mí la gente que duda, el político que duda, me da mucha más tranquilidad.

Curioso.
La duda no es mentirosa, la duda busca respuestas, la duda es flexible.

¿No tiene ninguna certeza?
Sí, pero me duran muy poco.

¿Siempre en el laberinto?
El laberinto no es una trampa, es un viaje hacia el interior de uno mismo. Para encontrarse hay que perderse. Para avanzar, crecer, las certezas no sirven. Hemos de perdernos, una, diez, cincuenta veces al minuto para no quedarnos en la piel de las cosas. Cuanto más se pierde uno, más puertas abre.

por Ima Sanchís para La Contra de La Vanguardia, 17/12/2011

Jacques Trudeau, titiritero

Jacques Trudeau por Mané Espinosa

Interesante entrevista al titiritero canadiense Jacques Trudeau con motivo del TOT Festival de Titelles i Teatre d’Objectes de Barcelona que se celebró la semana pasada, publicada en La Contra de La Vanguardia.

Tengo 62 años. Nací y vivo en Montreal (Canadá), pero mi oficina está en Francia, en Charleville- Mézières, la ciudad del títere, desde que soy secretario general de la Unima. ¿Política? Respetar todas las culturas. Creo en la energía global, que está en cada humano, animal y objeto.

Este hombre tímido, secretario general de la Unión Internacional de la Marioneta (Unima), se ha pasado 20 años con una capucha siendo Bilbo, el hobbit de El señor de los anillos, y estremeciendo al público con su adaptación de los cuentos eróticos de los indios de Canadá, recuperando sus fantásticas máscaras y sus leyendas. Actuaron ante ellos y el gran elogio fue: “¡Ahora entiendo lo que decía mi abuela!”. La obra recibió infinidad de ofertas de todo el mundo. “Fue increíble ver como a través de una cultura que se estaba muriendo surgieron valores profundos que todos entendemos”. Pero para Jacques hay algo fundamental: “No tomarse demasiado en serio, porque eso nos crea conflictos”.

Títeres con alma?

Seguro, cada personaje tiene su alma; y es más: el títere ayuda al titiritero a encontrar su propia alma.

Cuénteme.

… Porque aunque nosotros lo manipulemos, él nos empuja, nos da la fuerza cuando estamos realmente involucrados en el personaje; así que ¿quién manipula a quién?

¿?

Yo me he sorprendido muchas veces, el títere me ha hecho hacer cosas que ni siquiera se me habían ocurrido.

¿Y le ha ocurrido muy a menudo?

He trabajado durante 40 años en la compañía Théâtre sans Fil, manipulando títeres de uno a cuatro metros de altura. La familia Tolkien nos cedió los derechos para adaptar la gran obra de El señor de los anillos antes de que se llevara al cine.

¿Cuál era su personaje?

El hobbit. Lo manipulé 1.200 veces por todo el mundo y jamás hubo dos funciones iguales. El mago Gandalf escoge a Bilbo, un hobbit muy convencional, para devolver el anillo de poder al fuego y que se acaben las guerras, pero…

… No me cuente el libro, Jacques.

¡Es que he pasado 20 años haciendo ese personaje y me fascina!, y he acabado pareciéndome a él. Me dio la humanidad de saber escuchar, de estar muy presente.

Fue usted quien le dio la personalidad.

No se engañe, un títere es la encarnación de un carácter y tiene su personalidad más allá del que mueve los hilos, por eso no es baladí esa pregunta de quién manipula a quién. Y en la vida ocurre lo mismo.

¿A qué se refiere?

¿Qué parte de mí está manipulando en estos momentos mis palabras, mi sentir, mi vida?… Muy pocas veces tenemos consciencia de ello. Déjeme que le cuente un espectáculo holandés que me fascinó.

Adelante.

El títere se da cuenta de que muy por encima de su cabeza hay un manipulador moviendo los hilos de su vida, así que trepa por los hilos y trata de matarlo porque quiere ser libre. A menudo nuestra vida es así: todos queremos ser libres y sabemos que hay hilos que nos mueven. Si somos conscientes podemos romperlos.

Pero siempre aparecen nuevas manos invisibles dispuestas a tejer nuevos hilos. Ya ve.

El títere es símbolo del ser humano.

Sí, somos seres frágiles como él en un mundo que no siempre controlamos. Pero nos esforzamos por controlar nuestra propia vida, de la misma manera que el titiritero trata de controlar su títere.

Entiendo.

He pasado cuarenta años de mi vida con la cabeza cubierta por una capucha negra, nadie me conocía, la estrella era el personaje. Al actor la gente lo reconoce, al titiritero nadie lo reconoce.

Usted ha formado parte de los dos mundos.

Abandonar al actor fue una liberación. En la personalidad del actor hay algo extremadamente frágil porque está siempre representando: incluso cuando no actúa es su propio personaje. Pero fíjese en el bunraku.

Milenario arte japonés.

Un títere de un metro con gran expresividad: se le mueven los ojos, la boca. El maestro invierte 15 años en realizarlo y lo mueve anónimamente; sólo cuando ya es un gran maestro descubre su rostro. En 1660 era el arte más reconocido en Japón y, de hecho, el kabuki (teatro japonés) imita a esos títeres.

¿Muere el teatro de títeres?

Hay un renacer. Ahora con la crisis los jóvenes están desarrollando nuevas formas, está naciendo un teatro de títeres con objetos.

Muy representativo.

Sí, todos los objetos que están en su mundo cotidiano aparecen en el del títere, objetos que toman vida y que se adaptan a pequeños espectáculos muy imaginativos. Y es curioso porque hacen títeres sin cuerpo, cabezas con manos, pies… el cuerpo está dividido como nuestra cabeza.

Da que pensar.

El arte es siempre un espejo. Y es muy interesante construirse uno mismo un títere porque siempre el primero es la proyección de ti mismo.

¿La crisis favorece el arte?

Creo que sí, aunque decir esto es duro. Compañías importantes que habían sido durante años subvencionadas tienen que volver a empezar hoy de cero: si te lo tomas bien… Hay que escuchar los signos de la vida, porque de repente los vientos cambian y a veces viene un huracán. Hay que estar preparado y la mejor manera es viviendo en el presente.

Luchando pero sin lamentarse.

A mí me emociona cómo reacciona un niño frente a un títere: se llena de alegría como si reconociera a un semejante. Y eso es lo que un títere, capaz de emocionar, le da a un adulto: le devuelve sensaciones de la infancia, recupera lo que tiene de sagrado la infancia.

¿Y qué es?

La apertura al mundo. Permítame que le cuente mi historia favorita.

La de un hombre que tiene un niño dentro y que no quiere que se muera. Para mantenerlo con vida, cada noche le cuenta una historia. Porque son las historias las que nos hacen crecer.

Entrevista a Leopoldo Pomés

Leopoldo Pomés, por Juliet Pomés

Tengo 79 años y no dejo de mirar y gozar al rodearme de cosas bellas, que no quiere decir caras. Nací en Barcelona: me sorprende y la descubro. Estoy divorciado, no separado, de Karin, y tengo pareja. Ni partido ni religión: sólo creo en el ser humano cuando sonríe un poquito.

Elija un anuncio.
Pues me voy a remontar al blanco y negro…

A veces, menos dice más.
No sé si usted es demasiado joven, pero recordará a aquella rubia con una
larguísima melena sobre un blanco corcel…

¡Nuestra Lady Godiva! Sólo vestida por su largo cabello, cabalgando junto al mar.
…Tiene usted más imaginación que memoria: la rubia de Terry no cabalgaba desnuda. ¡Era el año 65! La gran libertad para la época era que iba descalza. Y montaba a pelo.

Ya era algo.
Y sí, era bellísima. Una húngara inteligente y despierta, Margit Kocsis, que no creía en su belleza. Eso la hacía irresistible.

Cabalgó en los calendarios de todas las cabinas de camión de España.
Era un anuncio de licor alternativo a la estética macho imperante, porque sabíamos que el brandy lo compraban las esposas. Además, el espíritu de la época pedía libertad y se colaba hasta en los anuncios.

¿Cómo?
La rubia de Terry triunfó muchísimo y volamos: libertad, libertad. Nos fuimos a rodar una continuación del spot a Venecia.

Hoy no sé si le pagarían esos lujos.
Entonces la tele única hacía a la publicidad omnipotente. Nos llevamos aquel soberbio alazán desde Jerez por carretera hasta Venecia, pero al ver cómo se movía el barco, el mayoral dijo: “Aquí el caballo no sube”.

¡Se llevaron hasta al mayoral!
Y no subió.

¿Qué hizo usted?
Desesperarme, porque teníamos un permiso –carísimo– para rodar a Margit cabalgando en solitario por la plaza de San Marcos, pero sólo de una hora en la madrugada.

Hoy lo simularían por ordenador.
Yo sufrí mi primer cólico nefrítico antes de contratar una grúa contra reloj y colocar en un barco, también alquilado ad hoc, al dichoso bicho… Pero ya había transeúntes en San Marcos y, peor todavía, también los puestecitos
de los vendedores de souvenirs.

Y usted preparó el billetero…
¡Tuve que comprar enteros algunos puestos para que se largaran! Y aun así perdimos un metraje precioso, porque una vieja se coló en una toma haciendo un corte de mangas.

Fue usted hábil negociador.
Con dinero, cualquiera. Y recuerdo el anuncio: buena cámara. Para algo tenía que servir. Yo era un desastre en el colegio y lo suspendía todo, porque no me interesaba nada. Hasta yo mismo llegué a pensar que era un gandul…

Hoy está claro que no lo era.
… Hasta que me encontré con la fotografía. Y gracias a la complicidad de mi padre pude convertirla no sólo en mi profesión, sino en mi modo de ver el mundo, mi vida.

Halló su elemento.
Por eso nunca he entendido la mentalidad funcionarial. Como la de aquellos cámaras de TVE que se negaron a rodar la comida que Dalí daba a los pobres en Nueva York… ¡porque era domingo!

Ellos se lo perdieron.
También me dan miedo los que te dicen: “No se preocupe, que yo soy un profesional”. Si te limitas a ser un profesional, caes en la rutina. ¡Tienes que ser un artista!

Por ejemplo.
Cruyff me contó –y lo vi– que seguían temblándole las piernas cuando salía al campo. A los buenos, les tiemblan siempre las piernas. Josep Pla disimulaba su timidez con una aguda ironía. A veces hiriente: “¿Es usted de izquierdas, joven?”, me soltó señalando con una sonrisa mi melena progre.

Pla tenía un retrato.
Retratar es un arte difícil. Pero tengo un respeto aún mayor por el reportaje fotográfico.

¿Por qué?
Porque en fotografía es más fácil el encargo que la creación libre.

No sólo en fotografía.
Carlos Barral me encargó un libro sobre “Barcelona” … ¡Qué difícil, pero cómo disfruté! La cámara se me disparaba sola. Al final, el libro no llegó a  publicarse, pero eso carece de importancia. Las fotos están ahí.

¿No va a hablarme de la ‘gauche divine’?
Yo estaba demasiado ocupado trabajando para ir cada noche al Bocaccio. Hice montones de anuncios. Las burbujitas de Freixenet, por ejemplo, ya las rodábamos en el 67.

¿Le quedaba tiempo para la fotografía?
Lo intentaba, y lo que le dediqué me lo ha devuelto con creces. Gran amiga, porque la artrosis te alcanza, pero la mirada no para.

Me alegro.
La mantengo joven y fresca y sigue dándome placer. Me rodeo de cosas  bellas –que no necesariamente caras– y las disfruto.

Por ejemplo.
La mirada de una mujer. Sublime. A veces con ver su mirada tocas a Dios.

A veces.
Ya no me interesa la anécdota en una foto o en otra obra de arte, sino la intensidad que se hace duración al verla. Eso que logra que el arte se termine pero no se acabe.

No sé si me atrevo a pedirle nombres.
Ahora mismo… No sé. Busque en Buñuel, por ejemplo… Estoy acordándome de Catherine Deneuve. Y la misma Margit Kocsis, de la que le hablaba, o de mi mujer, Karin. ¡He podido gozar y gozo de tanta belleza! La Deneuve
en Belle de Jour… ¡Ah! ¡Qué perversa y dulce!

¿Alguna vez se excitó fotografiando?
Pues claro, soy humano; pero si me excito, la foto no queda bien.

¿I abans d’un mes / seré millor que en Pomés? Pomés me explica que el homenaje que le hizo Joan Manuel Serrat en Conillet de vellut le pilló del todo desprevenido. Esta semana otro músico le ha dado una nueva alegría inesperada: Mick Jagger se acercó a ver la obra que Leopoldo Pomés exhibe hasta el 22 de enero en la Michael Hoppen Gallery de Londres, una antología de fotografías de Barcelona de 1947 a 1969. El eterno rolling stone disfrutó del ritmo y la contenida ironía del trabajo del barcelonés y le compró una de las fotos expuestas. Se trata de un retrato del tercer músico de este cuento: Tete Montoliu, concentrado como si buscara una nota perdida, en el descanso de una grabación.

Entrevista de Lluís Amiguet en La Contra de La Vanguardia, publicada el 15/12/2010.

Comer y filosofar

Reproducción de la entrevista que le realizaron al profesor y escritor catalán Josep Muñoz Redón con motivo de la publicación de su último libro, La cocina del pensamiento: una invitación a compartir fogones y mesa con filósofos, hace tres años. Ha publicado con éxito varios libros, todos ellos con títulos sugerentes y estimulantes, como Desconócete a ti mismo, El espíritu del éxtasis: la religión de la vida o Good bye Platón: filosofía a martillazos.

Por Víctor-M. Amela, La Contra (20/06/2005, La Vanguardia).

Tengo 47 años, nací en Sant Sadurní d’Anoia y vivo en Barcelona. Soy profesor de filosofía y escritor. Estoy casado y tengo un hijo, Miquel (2 años). ¿Política? La que combata la injusticia. Soy ateo. Las ideas crudas no se digieren: la filosofía cocina ideas para obtener preguntas, como la gastronomía condimenta alimentos para producir felicidad.

– ¿Qué es primero, comer o filosofar?
– “Sin comer no se puede pensar”, dice Descartes, porque sólo piensas en comer…
– Solventada la supervivencia, ¿qué vincula la cocina con la filosofía?
-Dime cómo cocinas y te diré cómo piensas: tanto pensar como cocinar son, al fin, cuestión de aplicar un método. El filósofo cocina ideas como el cocinero alimentos…
– Una sabrosa metáfora, pero no hay más.
– Sí hay más: he detectado interesantes correlaciones entre la forma de pensar de varios filósofos y su forma de comer…
– Un ejemplo.
– Rousseau: tomaba mucha lechuga y mucha leche, alimentos con altas dosis de triptófano, que tiene efectos narcotizantes.
– ¿Y?
– Le ayudó a desarrollar su técnica de pensamiento: confesó que sus ideas le llegaban durante el duermevela, en ese estado de ensoñamiento entre el sueño y la vigilia…
– ¿Y así ideó su tesis del “buen salvaje”?
– Sí. Y por eso Rousseau fue partidario de los alimentos crudos, no cocinados: afirmaba que eran los más próximos al estado natural del hombre. Fue, claro, vegetariano.
– ¿Fue el primer filósofo vegetariano?
– El primero fue Pitágoras (siglo V a.C.), porque creía que en cada animal había un alma en espera de reencarnarse en persona.
– Lo que demuestra que también lo que pensamos influye en lo que comemos…
– Así es, y se ve muy claro en las religiones: ayunos, prohibición del alcohol, del cerdo…
– ¿Y algún filósofo ha muerto por no comer?
– Diógenes (siglo III a.C.) decía que para morirte, te bastaba con cerrar la boca… Pero él murió de una indigestión de pulpo.
– ¿Qué filósofo es el que peor ha comido?
– Kierkegaard (s. XIX) casi no comía. Un poco de sopa y basta. Su aversión a la comida y al sexo delatan su rechazo al cuerpo…
– ¿Y qué filósofo ha comido mejor?
– Podría citarle a La Mettrie, en la Ilustración (siglo XVIII): “Bebe, come, duerme, ronca, sueña y, si alguna vez piensas, que sea entre vino y vino”, decía. Acudía a banquetes en los que se servían docenas de platos. Murió de una indigestión de paté de faisán.
– Qué opulencia… Y, hablando de banquetes, ¿qué se comió en El banquete de Platón?
– ¡En El banquete no se cita ningún alimento! Curioso, ¿no? Platón no explica qué comía con Sócrates y los demás. Es coherente, ¿no?: eran idealistas, y se habla sólo de ideas.
– ¿Y qué es lo más probable que comiesen?
– Platón estaba obsesionado por las olivas: ¡le chiflaban! En la Grecia del siglo V a.C. no tenían buena carne, pero sí buen pan, habas, pescado, crustáceos, vino y miel. Y en los postres jugaban a quitarse prendas de ropa…
– Vaya con los idealistas…
– A Sócrates, por cierto, le condenaron a muerte por no creer en los dioses de la ciudad y por corromper a los jóvenes… Se metió en la bañera y, delante de los suyos, se bebió tranquilamente su infusión de cicuta…
– Macabra infusión…
– Sócrates demostraba así su dominio incluso sobre su muerte. Antes de expirar, le dijo a su amigo Critón: “Ofrece un gallo a Asclepio”. ¡Eso solía hacerse para celebrar una erección!: la muerte con cicuta la provoca…
– ¡Pues un brindis por Sócrates!
– Mi predilecto es Kant: postuló la síntesis -entre racionalismo y empirismo- como técnica filosófica y, a la vez, en lo gastronómico ¡también fue muy sintético y equilibrado!
– ¿Por qué?
– Fíjese: en la primera parte de su vida bebió vino tinto; en la segunda, blanco. Sus dos platos favoritos eran uno de carne (rosbif) y otro de pescado (bacalao).
– Las tesis de un filósofo ¿se comprenden mejor si nos fijamos en su estómago?
– ¡Nietzsche acuñó su tesis del eterno retorno en un periodo de vómitos continuados!
– Ag… ¿Y qué filósofo tuvo la peor dieta?
-Sartre. Para huir de la angustia del vacío, llenaba la panza desordenadamente, y nada era natural (¡hasta en eso fue ávido de cultura!): charcutería, chocolate, pasteles, vino…
– Siempre aparece el vino, veo…
– En el caso de Sartre hay que sumar licores, para llenar el otro vacío, el del espíritu: ¡que la mente se llene de imágenes! Por eso sumó anfetaminas, barbitúricos, tabaco, alcohol y corydrane, un tóxico hoy prohibido.
– Moriría con muy mala salud, ¿no?
– Sus últimos años fueron amargos, sí: Sartre es un filósofo amargo, como Sócrates (por la amarga cicuta) o Voltaire (por el café).
– ¿Fue Voltaire un cafeinómano?
– Sí, y a tanto café le debe seguramente parte de su fecundidad literaria y su mordacidad. También fue un hábil negociante, pues nació pobre y se hizo rico: ¡durante años desayunó cada mañana ostras con champán!
– Qué exquisito.
– Como Sade, que buscó el placer a toda costa. Y por eso detestó el pan, emblema del trabajo y la virtud. Él prefirió el chocolate.
– ¡Que es negro, al revés que el pan!
– Y que evoca la mierda, antítesis del pan: en su obra Sade la adora, describe personajes coprófagos y detalla incluso lo que comen -mucha pechuga de pollo- para producir un excremento de exquisita pastosidad y sabor.
– Disculpe, lector… Y Bacon ¿comía bacon?
– Tenía desórdenes digestivos y estaba condenado a sopitas… Era un filósofo práctico, e intentó resolver un desafío gastronómico…
– ¿Qué desafío?
– Un invierno, desde su coche de caballos, vio una gallina suelta por la nieve. De pronto, se le ocurrió que si rellenaba de nieve una gallina quizá podría conservarla congelada… Y bajó a por ella. Y se resfrió… y murió.
Paella
Dalí decía que las mandíbulas son la herramienta filosófica por excelencia, pues trituran directamente la realidad para sacarle el jugo y meterla en ti. Su sueño supremo de amor era empequeñecer a Gala como una oliva para poder tragársela… He pensado en estos delirios del filósofo caníbal que era Dalí al leer La cocina del pensamiento (RBA), obra en la que Redón vincula felizmente la vida y obra de cada filósofo con sus apetitos y hábitos culinarios. Resulta una investigación muy suculenta… Así es como he sabido que una noche Descartes soñó con un melón que debía abrir para probar su dulzura y que fue ese sueño el que inspiró su Discurso del método, pieza fundacional del racionalismo… ¿Y el plato favorito de Redón? “Una paella compartida con buenos amigos junto al mar”.

Entrevista a Gianni Berengo Gardin, fotógrafo

Transcripción de la entrevista realizada por Ima Sanchís para La Contra (La Vanguardia, 24 abril 2002) al fotógrafo y profesor Gianni Berengo:

Gianni Berengo Gardin, Fotógrafo de culto (MOMA, Biblioteca de París)

Cumplo 72 años. Nací en Santa Margherita Ligure, cerca de Génova, y he vivido en Roma, París y ahora Milán. Estoy casado y tengo dos hijos y una perra llamada Olivia. Soy de izquierdas y no soy creyente. Creo en la fotografía y me dedico a ella desde hace 45 años. Expongo una retrospectiva en la FNAC de L’Illa Diagonal de Barcelona.
– ¿La historia de la gente se refleja en su rostro?
– Sí, sin duda. El exterior siempre refleja el interior.
– ¿Y el destino también se encuentra en el rostro?
– Nunca se sabe lo que te puede deparar el destino. A menudo es muy traidor. Pero una cosa es cierta.
– ¿Qué?
– Algunas personas saben mirarte a los ojos de tal manera que te sientes desnudo, desenmascarado, en un segundo llegan a contenerte.
– ¿Y usted qué ve cuando se mira al espejo?
– La cara de un tipo que ha trabajado toda la vida en algo en lo que creía.
– Entonces, ¿ve una cara alegre?
– Sí, la fotografía me ha dado muchas satisfacciones, conocimiento y amigos. Hoy todavía trabajo desde las 7 de la mañana hasta las 7 de la tarde, pero si soy sincero…
– ¿Qué?
– En realidad lo que hago no es trabajar. Yo siempre he hecho lo que me ha interesado o divertido, lo que quería hacer… Lástima que el trabajo de reportero gráfico haya estado siempre tan mal pagado.
– Cuénteme usted la imagen que más le ha impactado.
– ¿En mi trabajo o en mi vida?

– ¿Usted hace ese tipo de distinciones?

– La verdad es que no, pero nunca lo había pensado. Me vienen a la memoria miles de imágenes, aunque hay una que persiste.
– ¿De qué se trata?
– En 1969 el psiquiatra Franco Basaglia me pidió que retratara las terribles condiciones en que vivían los enfermos mentales en los hospitales psiquiátricos italianos. Con mis fotos y las de Carla Cerati hicimos un libro, “Morire di classe”.
– ¿Y?
– Son situaciones que hacen que te plantees el sentido de esta vida. Hace muy poco, fotografiando a niños sordomudos y ciegos, tuve esa misma sensación.
– ¿A qué conclusión ha llegado después de todo lo vivido?
– ¿Sinceramente?
– Mejor.
– Pues a que vivimos en un mundo asqueroso, lleno de guerras, enfermedades y gente que se muere de hambre. Es un mundo feo en el que cada uno busca vivir de la mejor manera posible, y para mí eso consiste en intentar explicar a los otros ciertas cosas que pasan en el mundo.
– ¿Cree que la fotografía siguen siendo un medio idóneo de comunicación?
– Creo que hay que estar muy atento, porque un exceso de comunicación se convierte en incomunicación.. Ver demasiadas fotografías de niños famélicos hace que la gente se habitúe y la imagen pierde impacto.
– El impacto siempre se puede añadir con Photoshop.
– Yo no creo en las fotos retocadas ni digitalizadas. Los documentos no se deben embellecer ni transformar. A mí me interesa la realidad tal como es, y si hay una composición especial, es mérito mío.
– ¿Ninguna de sus fotos ha estado corregida o modificada?
– Eso pongo en todos mis libros. Yo quiero que el que mire mis fotografías lo haga sabiendo que esa es la realidad.
– ¿Y cómo definiría su manera de mirar?
– Unos ojos que sólo miran.
– ¿Está seguro de eso?
– A estas alturas sí, pero entiendo su duda, porque haciendo fotografía también se hace política. Aunque el fotógrafo no sea consciente de ello, está transmitiendo sus ideas. Hay que responsabilizarse de lo que uno hace.
– Eso implicaría comprender.
– Sí, por eso yo no estoy nada de acuerdo con ese dicho de “vale más una imagen que mil palabras”. La fotografía debe ir acompañada de un texto que especifique y puntualice lo que se está viendo, porque si no, la fotografía puede ser mal entendida.
– ¿Le ha ocurrido?
– Sí, hice un experimento: mostré la misma fotografía en dos colegios, uno italiano y otro chino, y fue leída de dos maneras completamente distintas porque cada uno las lee con su propia cultura.
– Escoja dos imágenes de su propia vida.
– El día de mi boda, el único en el que yo no hacía las fotografías. Fue muy embarazoso porque no sabía cómo comportarme. Pero mereció la pena, el apoyo y la compañía de mi mujer han sido fundamentales. Otra imagen importante es la que me abrió al mundo.
– ¿Una foto?
– Sí, la hice en Gran Bretaña, hacía mucho frío, pero ahí estaban: una pareja dentro de un Austin contemplando un mar crispado. No se miraban, no se hablaban, pero había un modo de comunicación entre ellos a través de la naturaleza, de la contemplación de ese mar y de ese cielo inmensos.
– Esa foto se expone en los mejores museos del mundo.
– Sí, conseguí captar ese momento casi místico entre esas personas y la naturaleza, algo difícil de explicar. Aunque yo no sea creyente, tengo mi propia religión: ser útil a los otros, ayudarlos con mis fotografías.
– ¿Por qué la estética de los años cincuenta es tan particular?
– Porque hay una ruptura respecto a todo lo precedente. Hasta entonces la fotografía se inspiraba en la pintura clásica. En los años cincuenta irrumpe el neorrealismo y la fotografía se liga al cine y a su búsqueda callejera. Pero en mi caso le diré que lo que más me ha influido fueron mis lecturas de adolescente: Hemingway, Steinbeck, Faulkner y sobre todo Dos Passos y su visión antiimperialista.
La Rúbrica
Sus ojos son verdes y pequeños; invitan al diálogo. Sus fotos también son próximas y de una refinada ironía. Es uno de los grandes. Expone en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, en la casa George Eastman de Rochester, en la Biblioteca Nacional francesa. Le interesa la fotografía narrativa y lo expresa diciendo que la máquina de fotos es como la pluma del periodista. La suya es una pluma con rúbrica. Su amigo Cartier Breson dice que se fotografía con el pensamiento. El de Gianni Berengo no tiene rincones oscuros, es nítido, de una magia rotunda. Es hijo de una suiza que le enseñó a no llorar y de un veneciano que poseía un lujoso hotel y al que la guerra arruinó. También es hijo de la literatura: William Faulkner, John Dos Passos…

Usman Haque, arquitecto de interioridades

38 años. Nací en Washington DC y vivo en Londres. Estoy casado. Licenciado en Arquitectura. Todas mis ideas son políticas, me mueve intentar entender las estructuras de participación. Tengo creencias espirituales, pero creo que nosotros no sabemos y no podemos saber.
¿A qué se dedica usted?
A la parte blanda de la arquitectura.
Se me escapa este concepto.
Tradicionalmente, la arquitectura es la parte dura del espacio: suelos, techos, paredes…; pero para mí es mucho más interesante lo que ocurre dentro: la luz, el espacio, el sonido, los olores, las relaciones, es decir, cómo nos vivimos unos a otros y cómo vivimos el espacio que nos rodea.
¿Y cómo se traduce en la construcción?
Diseñé edificios en el pasado, pero ahora me dedico a obras efímeras. Lo esencial para mí es la experiencia y la participación.
¿Cómo cruzó esa frontera entre la arquitectura y la performance?
Durante las vacaciones de verano de mi segundo año de Arquitectura, en casa de mi tía, en Pakistán -mi padre es pakistaní-. Allí es común que la gente de clase media tenga sirvientes. Ellos estaban en su zona y nosotros estábamos hablando en la nuestra, en el salón. Y empecé a imaginar qué pasaría si hubiera un micrófono y altavoces que conectaran el salón con la sala de los sirvientes.
¿?
Ese cambio tan pequeñito modificaría nuestras conversaciones y las relaciones con las personas de la otra sala, cambiaría nuestra percepción del espacio radicalmente.
¿Lo aplicó?
Empecé a trabajar con ordenadores para diseñar un sistema que te responda igual que tú le respondes a él, porque mi objetivo final es establecer conversaciones entre el ser humano y el espacio, y viceversa.
Y creó su suelo de champiñones que cambia su estado de ánimo.
Fue mi proyecto de final de carrera. Un sistema que se instalaba en el suelo y emitía olor, luz y sonido. Tenía sensores y sabía cuándo se acercaba o se alejaba alguien. Yo quería que el suelo se reprogramara solo, así que cuando la gente caminaba sobre él, este cambiaba de comportamiento.
¿Aleatoriamente?
Era como un bebé, emitía sonidos y observaba la respuesta, y respondía en función de cómo respondían las personas.
Su oreja en el cielo le lanzó al estrellato.
De nuevo intentaba analizar la parte blanda del espacio, pero esta vez a través de los campos electromagnéticos.
El espacio hertziano.
Sí, ese espacio por el que navegan las ondas de radio, televisión, teléfonos móviles. En esa época vivía en Japón como artista residente.
En la zona de trabajo de mi estudio mi móvil no tenía cobertura, debía ir al otro extremo de la habitación para hablar. Así tome conciencia del espacio electromagnético invisible: un pasillo hertziano.
Y eso derivó en una estructura de globos del tamaño de un edificio.
Hice una red de sensores de 30 metros de diámetros: 1.000 sensores y 6.000 leds. La estructura que se eleva en el aire va cambiando de color, mostrando las distintas texturas de ese espacio ocupado por las hondas de los teléfonos móviles.
Entiendo, más o menos.
Pero como a mí lo que me interesa no es la experiencia objetiva, sino la ubjetiva, en esa trama de sensores coloqué varias decenas de teléfonos móviles, de manera que la gente podía llamar y escuchar los sonidos electromagnéticos, a la vez que esas llamadas cambiaban el campo electromagnético.
¿A qué suena el campo electromagnético?
Es un fenómeno que se llama esféricos y silbatos. Cuando hay tormenta, si pones una radio en determinadas frecuencias se oyen sonidos preciosos, como la música de las ballenas. Son radiofrecuencias que vuelan por la atmósfera constantemente.
Fue todo un éxito.
Para mí fue un fracaso: apartaron a la gente de la zona y se quedó en espectáculo visual, llamadas aparte, y a mí lo que me interesa es la experiencia humana.
¿Volvió a repetir el proyecto?
Cuando me dieron la oportunidad de replantearlo y conseguí que la gente participara en la construcción y en hacerla volar. ¿Conoce el cuento de las judías mágicas?
¿El del niño que planta una judía que crece y crece y él sube con ella al cielo?
Sí. A mí me interesaba que en el espacio público, el espacio de todos, la gente participara en construir algo que se convertía en un espectáculo impresionante, aunque sólo dure una noche. Eso es lo que llamé el murmullo abierto. Lo que sucedió en Barcelona el pasado sábado todavía fue más allá.
El control murmullo remoto.
La gente controló los colores de los globos a través de sus mandos a distancia caseros, que se convirtieron en una especie de varita mágica. El espectáculo fue el resultado de la intervención del público.
¿Qué ha aprendido de su trabajo?
Que todo el mundo puede diseñar, que todos tenemos imaginación y que, por tanto, todos somos creativos. Y pienso que a la gente le gustaría ser altruista, pero hay aspectos de nuestra sociedad que hacen que sea más sencillo ser egoísta.
Usted nos invita a cooperar.
Esa es mi intención, y que las personas sean más conscientes de su papel en la sociedad y cuestionen su propia ciudad, que no permitan que las visiones de los grandes arquitectos se impongan haciendo de los edificios algo ajeno al ciudadano.
Muy especial
El sábado pasado una nube formada por mil globos de helio que cambiaban de color mediante cientos de mandos a distancia caseros que accionaban los espectadores iluminó la noche de Barcelona (una producción de Arts Santa Mònica). A su hacedor se le iluminan los ojos cuando habla de espacio público y participación. A sus 38 años ya ha asombrado a medio mundo. En el 2007 creó un sistema que percibía las voces de la gente, su carencia, su ritmo, y las convertía en criaturas de colores que trepaban hacia el cielo y llenaban la fachada de la catedral de York. Hizo lo mismo con una gran nube de vapor sobre la playa de Santa Mónica. Ahora investiga en un sistema de comunicación planetaria.

por Ima Sanchís para La Contra (La Vanguardia, 06/03/2010)

En el website de Haque pueden verse todos sus proyectos, con infinitud de detalles y los nombres de sus colaboradores habituales.

Escultor de uranio

Me hubiera encantado poder escuchar a James Acord hace tres semanas cuando estuvo en el festival The Influencers, en Barcelona. Pero como suelen decir, a falta de pan, buenas son tortas. Aquí está la entrevista que le realizó Ima Sanchís para La Contra de La Vanguardia, publicada el pasado 9 de febrero.

“Quiero aplicar la tecnología nuclear al arte”

James Acord, escultor, hacedor de Custodia de un caballo gris con el corazón de uranio: Tengo 65 años. Nací y vivo en Seattle (Washington). Estoy divorciado. Fui a una escuela privada de arte y soy el único individuo con licencia para trabajar con materiales radiactivos. Utilizo la ciencia como herramienta para mi arte. He votado a Obama. Soy ateo.

De niño tenía un kit nuclear, hoy prohibidísimo, y me encerraba en los armarios para ver las chispitas que hacía el uranio.

… Y años después construyó un relicario nuclear.

Yo me eduqué en el catolicismo, quería ser escultor y hacer estatuas como las que veía en la iglesia. Y quería ser sacerdote, pero me quedé en monaguillo: mis ambiciones se frustraron cuando fui sorprendido haciendo experimentos con agua bendita.

Se quedó con lo de artista.

Sí, pero no se me fue la idea de construir objetos sagrados: un relicario para contener uranio. Piense que la comunidad nuclear es bastante parecida a una religión, así que tenía mucho sentido utilizar los simbolismos religiosos para hablar de la era nuclear.

¿De dónde sacó el uranio?

De una vajilla antigua llamada Fiestaware que contiene uranio en el esmalte. Me dediqué a ir a mercadillos y tiendas de segunda mano a comprar platos, tazas y tacitas. Antes de la Segunda Guerra Mundial el único uso que se daba al uranio era el decorativo, así que devolví ese uso a las artes, je, je.

¿Qué hizo con las tacitas?

Las convertí en polvo y decanté yo mismo el uranio, que metí en unos contenedores seguros que coloqué en la base de granito de cinco pies de altura.

Al gobierno no le gustaban sus piezas.

Me las confiscaron en la primera exposición. Los de control de radiación se presentaron en casa y me dijeron que era ilegal poseer uranio. Tenía que solicitar una licencia.

¿Cuestionarios y más cuestionarios?

Me pasé un año de papeleos, pero al final la obtuve, estaba tan contento que me tatué el número de la licencia en el cogote, aquí.

Ya veo.

Pero yo quería más uranio, andaba buscando la transmutación. Quería transmutar residuo nuclear en material no radiactivo para mis esculturas.

¿Eso es posible?

Sí, lo descubrí en mis clases, invertí diez años en aprender a realizar esa alquimia. Pero el Departamento de Energía es como la Iglesia católica del siglo XII, están comprometidos con el dogma de que los desechos radiactivos deben enterrarse.

¿Qué clases?

Mi esposa y yo nos mudamos a la reserva nuclear de Hanford, en el corazón del desierto de Washington, que había proporcionado el plutonio para la bomba de Nagasaki, donde todos los depósitos subterráneos de desechos están goteando.

Qué buena noticia.

Es la zona más contaminada de Estados Unidos. Yo necesitaba tener acceso a un reactor nuclear para la transmutación, así que me apunté al centro de educación de posgrado de Hanford e intenté hacer amistad con los trabajadores y científicos del lugar.

¿Hubo suerte?

Los ingenieros nucleares no se toman en serio el arte, más bien consideran que es un oficio para tontos. Me pasé diez años intentando enseñar historia del arte a aquella comunidad, pero no hubo forma, y usé todas las estratagemas que se me ocurrieron para integrarme: cambié de corte de pelo, me preocupé de que mi césped estuviera bien cortadito, como el suyo, me vestía como ellos…

¿Su americana son restos de la época?

Sí, ya ve: una americana y la corbata a juego, pero esa no la he traído. Incluso me apunté a Alcohólicos Anónimos porque la gran mayoría de aquella comunidad eran alcohólicos. Y también sufrían una alta cuota de enfermedad mental.

¿Y eso?

Son muy extraños, viven muy aislados porque construyen reactores nucleares en medio de la nada.

¿Qué opinaba su mujer?

Aquello no le gustaba. Me abandonó.

¿Consiguió conquistarlos?

Los bebedores hacían apuestas de si sería capaz de superar las pruebas académicas, y me convertí en el mejor alumno en 25 años. Hice miles de propuestas y conferencias para que me dejaran utilizar el reactor nuclear, pero lidiaba con el gobierno federal y finalmente desistí, pero aprendí mucho.

¿Qué aprendió?

Que está todo tan compartimentado que allí nadie entiende cómo encaja su tarea diaria en el proceso. Pero mi concepto de la era nuclear cambió al conocer las tecnologías que se estaban desarrollando. Vi claramente que el metal más fino, detallado y precioso del mundo es el que se desarrolla en la industria nuclear. Los reactores nucleares funcionan porque el uranio se distribuye geométricamente por ellos, así que la escultura y la ingeniería nuclear tienen mucho en común.

Es usted muy perseverante.

Je, je, je. Mi búsqueda es utilizar la tecnología más avanzada del momento para aplicarla al arte. El arte es una forma de hacer las cosas comprensibles, así que el arte puede hacer más comprensible la tecnología nuclear; y si la gente comprende, tomará decisiones adecuadas. Nos guste o no, el futuro será nuclear.

¿Qué fue de usted?

Volví a Seattle a los 56 años y sigo persiguiendo la transmutación.

No entiendo que no le subvencionen.

Yo tampoco, je, je, realmente con un simple proceso nos ahorraríamos esos peligrosos cementerios y en su lugar tendríamos arte.

Auténtico

Singular, humilde, delgaducho, desdentado, pelo azul, sentido del humor y actitud de niño, pero sobre todo más perseverante que el Pentágono. Su propuesta artística consiste en transmutar el uranio: convertir los residuos radiactivos en materia inerte para hacer esculturas. Esa convicción ha hecho de su propia vida una obra de arte. Pasó por Barcelona para exponer su propuesta en el festival The Influencers. Para conseguir su propósito se trasladó a la reserva nuclear de Hanford, donde vivió diez años estudiando y aprendiendo de la singular comunidad nuclear: “Los ingenieros que construyen los reactores son los artesanos de más alto orden”. Acord siempre ha vivido de sus dibujos y esculturas.