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Daniele Finzi, el teatro de la caricia

No siempre se valora el profundo trabajo que hay detrás de ofrecer emoción y fantasía al mundo. A continuación, una preciosa entrevista que le hicieron al director de teatro, autor, coreógrago y clown Daniele Finzi (Lugano, 1964) el sábado pasado con motivo del espectáculo que el Cirque du Soleil ofrecerá en Barcelona a finales de enero del 2012, Corteo. Creada y dirigida por Finzi, ya ha visitado 38 ciudades de siete países y ha recibido la visita de cinco millones de espectadores.

Tengo 47 años. Nací en Lugano, Italia. Casado. Fundé y dirijo la compañía Teatro Sunil, dedicada al clown. Antes los políticos movían el mundo porque tenían experiencia, ahora necesitamos jóvenes con nuevas ideas. Me gustaría mucho creer, pero me pierdo en las certezas.

Daniele Finzi en el backstage (fotografía de http://www.danielefinzipasca.com).

¿Cuál es el eje de su vida?
La ligereza. Y considero que en el caso de las ideas y de los sentimientos, a mayor densidad, mayor ligereza.

Ummm…, no le sigo.
Cuanto más llenos de facetas están una amistad o un amor, más ligeros se vuelven.

¿De eso habla usted?
Yo cuento historias que sanan, y lo que me gustaría despertar es la fe en uno mismo, pero no para desarrollar la fuerza sino valorando la fragilidad. Tengo temas recurrentes como la amistad, que es un motor extraordinario, la sanación y los dioses.

¿Y qué hacen sus dioses?
En muchos de mis espectáculos algo cae del cielo: una lluvia de pollos, o de corchos, como si los dioses estuvieran descorchando botellas y nos cayeran pedazos de fiesta.

Se fue en busca de chamanes por el mundo; ¿descubrió algún secreto?
Trataba de comprender cómo sanaban y descubrí que hay que desarrollar y entrenar la intuición escuchando dentro y fuera. Ese es uno de los talentos de un director.

¿El payaso escucha?
Siente, y danza frente al público una danza de cortejo. Nos especializamos en tomar a la gente entre los brazos y acunarla. No danzamos para que nos vean, danzamos con quien nos mira.

¿Desde cuándo lo sabe?
Desde que lo abandoné todo tras la primera gran pena de amor y me fui como voluntario a cuidar moribundos con la Madre Teresa de Calcuta en India. Ahí cambió mi vida.

¿Qué pasó?
Llegué como un joven clown con la idea de que debía alegrar el mundo, y me di cuenta de que lo realmente necesario es abrazar.

¿Y así nació el teatro de la caricia?
Es fundamental encontrar historias que partiendo del dolor más profundo puedan iluminar, historias que sanen.

¿Por ejemplo?
Cuando mis amigos tienen a su hijo adolescente herido de amor, me lo envían. Yo los compadezco: “Cuando tu primer amor te abandona te sientes morir; todo se acabó para ti”. “¿Cómo lo sabes?”, me preguntan. Y entonces les cuento el gran secreto.

¿Qué secreto?
“A mi tío le pasó lo mismo. ¿Y sabes el vecino de arriba, el del perrito?… También le pasó. A la cajera del súper, la rubia guapa, también. De hecho todo el barrio está herido de amor, pero todos nos hemos salvado”.

Inteligente.
Cuando se levanta el telón y miro a platea, sé que por lo menos el diez por ciento sufre de amor, seguro.

¿Ha entendido por qué?
Porque los dioses son fantásticos dramaturgos y para contarse historias entre ellos o interesarnos a nosotros, títeres en esta aventura, escriben dramas extraordinarios. Si todo es perfecto, no interesa a nadie.

A mí me encantan los cuentos de hadas.
Siempre hay un ogro.

Pero es vencido.
Estoy de acuerdo. Creo en esas historias y en que hay que decirles a los niños: pasarás por bosques oscuros, pero vencerás.

La fantasía está desprestigiada.
La física dice que todo es apariencia.

¿Cómo será la realidad?
Para mí es lo que podemos contar. No estamos seguros de nada, sólo de lo que podemos contar, por eso creo que es tan importante tomarnos un tiempo para contarnos quiénes somos. Así construimos.

¿Nuestra propia historia?
La del universo.

¿Qué se cuenta usted?
Me repito tres preguntas: de dónde vengo, adónde voy y qué cenaré esta noche, y cada día encuentro respuestas diferentes.

¿Adónde quiere llegar?
Atrás.

¿?
Cuando uno contempla un atardecer, quiere regresar a algún lugar que no sabe dónde está ni cómo es. Es el lugar del que venimos.

Nostalgia.
La nostalgia te impulsa hacia delante. Los nostálgicos descubrieron tierras nuevas. Y son los que levantan una copa para brindar y agradecer el momento presente porque saben que no volverá.

Admirable lucidez.
A mí me fascina la amabilidad, esas personas delicadas que tocan las cosas como si intuyeran su alma. Lo ves a veces en los hospitales: personas con esa extraña amabilidad incluso con los cadáveres. Esa gente me tiene a su merced, es un talento ante el que no tengo defensa.

Bromeando y riendo, Polichinela te dice la verdad.
Polichinela es un sofista, un malabarista de las ideas. Para mí ser clown consiste en la capacidad de poner en duda. A mí la gente que duda, el político que duda, me da mucha más tranquilidad.

Curioso.
La duda no es mentirosa, la duda busca respuestas, la duda es flexible.

¿No tiene ninguna certeza?
Sí, pero me duran muy poco.

¿Siempre en el laberinto?
El laberinto no es una trampa, es un viaje hacia el interior de uno mismo. Para encontrarse hay que perderse. Para avanzar, crecer, las certezas no sirven. Hemos de perdernos, una, diez, cincuenta veces al minuto para no quedarnos en la piel de las cosas. Cuanto más se pierde uno, más puertas abre.

por Ima Sanchís para La Contra de La Vanguardia, 17/12/2011

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Jacques Trudeau, titiritero

Jacques Trudeau por Mané Espinosa

Interesante entrevista al titiritero canadiense Jacques Trudeau con motivo del TOT Festival de Titelles i Teatre d’Objectes de Barcelona que se celebró la semana pasada, publicada en La Contra de La Vanguardia.

Tengo 62 años. Nací y vivo en Montreal (Canadá), pero mi oficina está en Francia, en Charleville- Mézières, la ciudad del títere, desde que soy secretario general de la Unima. ¿Política? Respetar todas las culturas. Creo en la energía global, que está en cada humano, animal y objeto.

Este hombre tímido, secretario general de la Unión Internacional de la Marioneta (Unima), se ha pasado 20 años con una capucha siendo Bilbo, el hobbit de El señor de los anillos, y estremeciendo al público con su adaptación de los cuentos eróticos de los indios de Canadá, recuperando sus fantásticas máscaras y sus leyendas. Actuaron ante ellos y el gran elogio fue: “¡Ahora entiendo lo que decía mi abuela!”. La obra recibió infinidad de ofertas de todo el mundo. “Fue increíble ver como a través de una cultura que se estaba muriendo surgieron valores profundos que todos entendemos”. Pero para Jacques hay algo fundamental: “No tomarse demasiado en serio, porque eso nos crea conflictos”.

Títeres con alma?

Seguro, cada personaje tiene su alma; y es más: el títere ayuda al titiritero a encontrar su propia alma.

Cuénteme.

… Porque aunque nosotros lo manipulemos, él nos empuja, nos da la fuerza cuando estamos realmente involucrados en el personaje; así que ¿quién manipula a quién?

¿?

Yo me he sorprendido muchas veces, el títere me ha hecho hacer cosas que ni siquiera se me habían ocurrido.

¿Y le ha ocurrido muy a menudo?

He trabajado durante 40 años en la compañía Théâtre sans Fil, manipulando títeres de uno a cuatro metros de altura. La familia Tolkien nos cedió los derechos para adaptar la gran obra de El señor de los anillos antes de que se llevara al cine.

¿Cuál era su personaje?

El hobbit. Lo manipulé 1.200 veces por todo el mundo y jamás hubo dos funciones iguales. El mago Gandalf escoge a Bilbo, un hobbit muy convencional, para devolver el anillo de poder al fuego y que se acaben las guerras, pero…

… No me cuente el libro, Jacques.

¡Es que he pasado 20 años haciendo ese personaje y me fascina!, y he acabado pareciéndome a él. Me dio la humanidad de saber escuchar, de estar muy presente.

Fue usted quien le dio la personalidad.

No se engañe, un títere es la encarnación de un carácter y tiene su personalidad más allá del que mueve los hilos, por eso no es baladí esa pregunta de quién manipula a quién. Y en la vida ocurre lo mismo.

¿A qué se refiere?

¿Qué parte de mí está manipulando en estos momentos mis palabras, mi sentir, mi vida?… Muy pocas veces tenemos consciencia de ello. Déjeme que le cuente un espectáculo holandés que me fascinó.

Adelante.

El títere se da cuenta de que muy por encima de su cabeza hay un manipulador moviendo los hilos de su vida, así que trepa por los hilos y trata de matarlo porque quiere ser libre. A menudo nuestra vida es así: todos queremos ser libres y sabemos que hay hilos que nos mueven. Si somos conscientes podemos romperlos.

Pero siempre aparecen nuevas manos invisibles dispuestas a tejer nuevos hilos. Ya ve.

El títere es símbolo del ser humano.

Sí, somos seres frágiles como él en un mundo que no siempre controlamos. Pero nos esforzamos por controlar nuestra propia vida, de la misma manera que el titiritero trata de controlar su títere.

Entiendo.

He pasado cuarenta años de mi vida con la cabeza cubierta por una capucha negra, nadie me conocía, la estrella era el personaje. Al actor la gente lo reconoce, al titiritero nadie lo reconoce.

Usted ha formado parte de los dos mundos.

Abandonar al actor fue una liberación. En la personalidad del actor hay algo extremadamente frágil porque está siempre representando: incluso cuando no actúa es su propio personaje. Pero fíjese en el bunraku.

Milenario arte japonés.

Un títere de un metro con gran expresividad: se le mueven los ojos, la boca. El maestro invierte 15 años en realizarlo y lo mueve anónimamente; sólo cuando ya es un gran maestro descubre su rostro. En 1660 era el arte más reconocido en Japón y, de hecho, el kabuki (teatro japonés) imita a esos títeres.

¿Muere el teatro de títeres?

Hay un renacer. Ahora con la crisis los jóvenes están desarrollando nuevas formas, está naciendo un teatro de títeres con objetos.

Muy representativo.

Sí, todos los objetos que están en su mundo cotidiano aparecen en el del títere, objetos que toman vida y que se adaptan a pequeños espectáculos muy imaginativos. Y es curioso porque hacen títeres sin cuerpo, cabezas con manos, pies… el cuerpo está dividido como nuestra cabeza.

Da que pensar.

El arte es siempre un espejo. Y es muy interesante construirse uno mismo un títere porque siempre el primero es la proyección de ti mismo.

¿La crisis favorece el arte?

Creo que sí, aunque decir esto es duro. Compañías importantes que habían sido durante años subvencionadas tienen que volver a empezar hoy de cero: si te lo tomas bien… Hay que escuchar los signos de la vida, porque de repente los vientos cambian y a veces viene un huracán. Hay que estar preparado y la mejor manera es viviendo en el presente.

Luchando pero sin lamentarse.

A mí me emociona cómo reacciona un niño frente a un títere: se llena de alegría como si reconociera a un semejante. Y eso es lo que un títere, capaz de emocionar, le da a un adulto: le devuelve sensaciones de la infancia, recupera lo que tiene de sagrado la infancia.

¿Y qué es?

La apertura al mundo. Permítame que le cuente mi historia favorita.

La de un hombre que tiene un niño dentro y que no quiere que se muera. Para mantenerlo con vida, cada noche le cuenta una historia. Porque son las historias las que nos hacen crecer.

Entrevista a Gianni Berengo Gardin, fotógrafo

Transcripción de la entrevista realizada por Ima Sanchís para La Contra (La Vanguardia, 24 abril 2002) al fotógrafo y profesor Gianni Berengo:

Gianni Berengo Gardin, Fotógrafo de culto (MOMA, Biblioteca de París)

Cumplo 72 años. Nací en Santa Margherita Ligure, cerca de Génova, y he vivido en Roma, París y ahora Milán. Estoy casado y tengo dos hijos y una perra llamada Olivia. Soy de izquierdas y no soy creyente. Creo en la fotografía y me dedico a ella desde hace 45 años. Expongo una retrospectiva en la FNAC de L’Illa Diagonal de Barcelona.
– ¿La historia de la gente se refleja en su rostro?
– Sí, sin duda. El exterior siempre refleja el interior.
– ¿Y el destino también se encuentra en el rostro?
– Nunca se sabe lo que te puede deparar el destino. A menudo es muy traidor. Pero una cosa es cierta.
– ¿Qué?
– Algunas personas saben mirarte a los ojos de tal manera que te sientes desnudo, desenmascarado, en un segundo llegan a contenerte.
– ¿Y usted qué ve cuando se mira al espejo?
– La cara de un tipo que ha trabajado toda la vida en algo en lo que creía.
– Entonces, ¿ve una cara alegre?
– Sí, la fotografía me ha dado muchas satisfacciones, conocimiento y amigos. Hoy todavía trabajo desde las 7 de la mañana hasta las 7 de la tarde, pero si soy sincero…
– ¿Qué?
– En realidad lo que hago no es trabajar. Yo siempre he hecho lo que me ha interesado o divertido, lo que quería hacer… Lástima que el trabajo de reportero gráfico haya estado siempre tan mal pagado.
– Cuénteme usted la imagen que más le ha impactado.
– ¿En mi trabajo o en mi vida?

– ¿Usted hace ese tipo de distinciones?

– La verdad es que no, pero nunca lo había pensado. Me vienen a la memoria miles de imágenes, aunque hay una que persiste.
– ¿De qué se trata?
– En 1969 el psiquiatra Franco Basaglia me pidió que retratara las terribles condiciones en que vivían los enfermos mentales en los hospitales psiquiátricos italianos. Con mis fotos y las de Carla Cerati hicimos un libro, “Morire di classe”.
– ¿Y?
– Son situaciones que hacen que te plantees el sentido de esta vida. Hace muy poco, fotografiando a niños sordomudos y ciegos, tuve esa misma sensación.
– ¿A qué conclusión ha llegado después de todo lo vivido?
– ¿Sinceramente?
– Mejor.
– Pues a que vivimos en un mundo asqueroso, lleno de guerras, enfermedades y gente que se muere de hambre. Es un mundo feo en el que cada uno busca vivir de la mejor manera posible, y para mí eso consiste en intentar explicar a los otros ciertas cosas que pasan en el mundo.
– ¿Cree que la fotografía siguen siendo un medio idóneo de comunicación?
– Creo que hay que estar muy atento, porque un exceso de comunicación se convierte en incomunicación.. Ver demasiadas fotografías de niños famélicos hace que la gente se habitúe y la imagen pierde impacto.
– El impacto siempre se puede añadir con Photoshop.
– Yo no creo en las fotos retocadas ni digitalizadas. Los documentos no se deben embellecer ni transformar. A mí me interesa la realidad tal como es, y si hay una composición especial, es mérito mío.
– ¿Ninguna de sus fotos ha estado corregida o modificada?
– Eso pongo en todos mis libros. Yo quiero que el que mire mis fotografías lo haga sabiendo que esa es la realidad.
– ¿Y cómo definiría su manera de mirar?
– Unos ojos que sólo miran.
– ¿Está seguro de eso?
– A estas alturas sí, pero entiendo su duda, porque haciendo fotografía también se hace política. Aunque el fotógrafo no sea consciente de ello, está transmitiendo sus ideas. Hay que responsabilizarse de lo que uno hace.
– Eso implicaría comprender.
– Sí, por eso yo no estoy nada de acuerdo con ese dicho de “vale más una imagen que mil palabras”. La fotografía debe ir acompañada de un texto que especifique y puntualice lo que se está viendo, porque si no, la fotografía puede ser mal entendida.
– ¿Le ha ocurrido?
– Sí, hice un experimento: mostré la misma fotografía en dos colegios, uno italiano y otro chino, y fue leída de dos maneras completamente distintas porque cada uno las lee con su propia cultura.
– Escoja dos imágenes de su propia vida.
– El día de mi boda, el único en el que yo no hacía las fotografías. Fue muy embarazoso porque no sabía cómo comportarme. Pero mereció la pena, el apoyo y la compañía de mi mujer han sido fundamentales. Otra imagen importante es la que me abrió al mundo.
– ¿Una foto?
– Sí, la hice en Gran Bretaña, hacía mucho frío, pero ahí estaban: una pareja dentro de un Austin contemplando un mar crispado. No se miraban, no se hablaban, pero había un modo de comunicación entre ellos a través de la naturaleza, de la contemplación de ese mar y de ese cielo inmensos.
– Esa foto se expone en los mejores museos del mundo.
– Sí, conseguí captar ese momento casi místico entre esas personas y la naturaleza, algo difícil de explicar. Aunque yo no sea creyente, tengo mi propia religión: ser útil a los otros, ayudarlos con mis fotografías.
– ¿Por qué la estética de los años cincuenta es tan particular?
– Porque hay una ruptura respecto a todo lo precedente. Hasta entonces la fotografía se inspiraba en la pintura clásica. En los años cincuenta irrumpe el neorrealismo y la fotografía se liga al cine y a su búsqueda callejera. Pero en mi caso le diré que lo que más me ha influido fueron mis lecturas de adolescente: Hemingway, Steinbeck, Faulkner y sobre todo Dos Passos y su visión antiimperialista.
La Rúbrica
Sus ojos son verdes y pequeños; invitan al diálogo. Sus fotos también son próximas y de una refinada ironía. Es uno de los grandes. Expone en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, en la casa George Eastman de Rochester, en la Biblioteca Nacional francesa. Le interesa la fotografía narrativa y lo expresa diciendo que la máquina de fotos es como la pluma del periodista. La suya es una pluma con rúbrica. Su amigo Cartier Breson dice que se fotografía con el pensamiento. El de Gianni Berengo no tiene rincones oscuros, es nítido, de una magia rotunda. Es hijo de una suiza que le enseñó a no llorar y de un veneciano que poseía un lujoso hotel y al que la guerra arruinó. También es hijo de la literatura: William Faulkner, John Dos Passos…

Usman Haque, arquitecto de interioridades

38 años. Nací en Washington DC y vivo en Londres. Estoy casado. Licenciado en Arquitectura. Todas mis ideas son políticas, me mueve intentar entender las estructuras de participación. Tengo creencias espirituales, pero creo que nosotros no sabemos y no podemos saber.
¿A qué se dedica usted?
A la parte blanda de la arquitectura.
Se me escapa este concepto.
Tradicionalmente, la arquitectura es la parte dura del espacio: suelos, techos, paredes…; pero para mí es mucho más interesante lo que ocurre dentro: la luz, el espacio, el sonido, los olores, las relaciones, es decir, cómo nos vivimos unos a otros y cómo vivimos el espacio que nos rodea.
¿Y cómo se traduce en la construcción?
Diseñé edificios en el pasado, pero ahora me dedico a obras efímeras. Lo esencial para mí es la experiencia y la participación.
¿Cómo cruzó esa frontera entre la arquitectura y la performance?
Durante las vacaciones de verano de mi segundo año de Arquitectura, en casa de mi tía, en Pakistán -mi padre es pakistaní-. Allí es común que la gente de clase media tenga sirvientes. Ellos estaban en su zona y nosotros estábamos hablando en la nuestra, en el salón. Y empecé a imaginar qué pasaría si hubiera un micrófono y altavoces que conectaran el salón con la sala de los sirvientes.
¿?
Ese cambio tan pequeñito modificaría nuestras conversaciones y las relaciones con las personas de la otra sala, cambiaría nuestra percepción del espacio radicalmente.
¿Lo aplicó?
Empecé a trabajar con ordenadores para diseñar un sistema que te responda igual que tú le respondes a él, porque mi objetivo final es establecer conversaciones entre el ser humano y el espacio, y viceversa.
Y creó su suelo de champiñones que cambia su estado de ánimo.
Fue mi proyecto de final de carrera. Un sistema que se instalaba en el suelo y emitía olor, luz y sonido. Tenía sensores y sabía cuándo se acercaba o se alejaba alguien. Yo quería que el suelo se reprogramara solo, así que cuando la gente caminaba sobre él, este cambiaba de comportamiento.
¿Aleatoriamente?
Era como un bebé, emitía sonidos y observaba la respuesta, y respondía en función de cómo respondían las personas.
Su oreja en el cielo le lanzó al estrellato.
De nuevo intentaba analizar la parte blanda del espacio, pero esta vez a través de los campos electromagnéticos.
El espacio hertziano.
Sí, ese espacio por el que navegan las ondas de radio, televisión, teléfonos móviles. En esa época vivía en Japón como artista residente.
En la zona de trabajo de mi estudio mi móvil no tenía cobertura, debía ir al otro extremo de la habitación para hablar. Así tome conciencia del espacio electromagnético invisible: un pasillo hertziano.
Y eso derivó en una estructura de globos del tamaño de un edificio.
Hice una red de sensores de 30 metros de diámetros: 1.000 sensores y 6.000 leds. La estructura que se eleva en el aire va cambiando de color, mostrando las distintas texturas de ese espacio ocupado por las hondas de los teléfonos móviles.
Entiendo, más o menos.
Pero como a mí lo que me interesa no es la experiencia objetiva, sino la ubjetiva, en esa trama de sensores coloqué varias decenas de teléfonos móviles, de manera que la gente podía llamar y escuchar los sonidos electromagnéticos, a la vez que esas llamadas cambiaban el campo electromagnético.
¿A qué suena el campo electromagnético?
Es un fenómeno que se llama esféricos y silbatos. Cuando hay tormenta, si pones una radio en determinadas frecuencias se oyen sonidos preciosos, como la música de las ballenas. Son radiofrecuencias que vuelan por la atmósfera constantemente.
Fue todo un éxito.
Para mí fue un fracaso: apartaron a la gente de la zona y se quedó en espectáculo visual, llamadas aparte, y a mí lo que me interesa es la experiencia humana.
¿Volvió a repetir el proyecto?
Cuando me dieron la oportunidad de replantearlo y conseguí que la gente participara en la construcción y en hacerla volar. ¿Conoce el cuento de las judías mágicas?
¿El del niño que planta una judía que crece y crece y él sube con ella al cielo?
Sí. A mí me interesaba que en el espacio público, el espacio de todos, la gente participara en construir algo que se convertía en un espectáculo impresionante, aunque sólo dure una noche. Eso es lo que llamé el murmullo abierto. Lo que sucedió en Barcelona el pasado sábado todavía fue más allá.
El control murmullo remoto.
La gente controló los colores de los globos a través de sus mandos a distancia caseros, que se convirtieron en una especie de varita mágica. El espectáculo fue el resultado de la intervención del público.
¿Qué ha aprendido de su trabajo?
Que todo el mundo puede diseñar, que todos tenemos imaginación y que, por tanto, todos somos creativos. Y pienso que a la gente le gustaría ser altruista, pero hay aspectos de nuestra sociedad que hacen que sea más sencillo ser egoísta.
Usted nos invita a cooperar.
Esa es mi intención, y que las personas sean más conscientes de su papel en la sociedad y cuestionen su propia ciudad, que no permitan que las visiones de los grandes arquitectos se impongan haciendo de los edificios algo ajeno al ciudadano.
Muy especial
El sábado pasado una nube formada por mil globos de helio que cambiaban de color mediante cientos de mandos a distancia caseros que accionaban los espectadores iluminó la noche de Barcelona (una producción de Arts Santa Mònica). A su hacedor se le iluminan los ojos cuando habla de espacio público y participación. A sus 38 años ya ha asombrado a medio mundo. En el 2007 creó un sistema que percibía las voces de la gente, su carencia, su ritmo, y las convertía en criaturas de colores que trepaban hacia el cielo y llenaban la fachada de la catedral de York. Hizo lo mismo con una gran nube de vapor sobre la playa de Santa Mónica. Ahora investiga en un sistema de comunicación planetaria.

por Ima Sanchís para La Contra (La Vanguardia, 06/03/2010)

En el website de Haque pueden verse todos sus proyectos, con infinitud de detalles y los nombres de sus colaboradores habituales.

Escultor de uranio

Me hubiera encantado poder escuchar a James Acord hace tres semanas cuando estuvo en el festival The Influencers, en Barcelona. Pero como suelen decir, a falta de pan, buenas son tortas. Aquí está la entrevista que le realizó Ima Sanchís para La Contra de La Vanguardia, publicada el pasado 9 de febrero.

“Quiero aplicar la tecnología nuclear al arte”

James Acord, escultor, hacedor de Custodia de un caballo gris con el corazón de uranio: Tengo 65 años. Nací y vivo en Seattle (Washington). Estoy divorciado. Fui a una escuela privada de arte y soy el único individuo con licencia para trabajar con materiales radiactivos. Utilizo la ciencia como herramienta para mi arte. He votado a Obama. Soy ateo.

De niño tenía un kit nuclear, hoy prohibidísimo, y me encerraba en los armarios para ver las chispitas que hacía el uranio.

… Y años después construyó un relicario nuclear.

Yo me eduqué en el catolicismo, quería ser escultor y hacer estatuas como las que veía en la iglesia. Y quería ser sacerdote, pero me quedé en monaguillo: mis ambiciones se frustraron cuando fui sorprendido haciendo experimentos con agua bendita.

Se quedó con lo de artista.

Sí, pero no se me fue la idea de construir objetos sagrados: un relicario para contener uranio. Piense que la comunidad nuclear es bastante parecida a una religión, así que tenía mucho sentido utilizar los simbolismos religiosos para hablar de la era nuclear.

¿De dónde sacó el uranio?

De una vajilla antigua llamada Fiestaware que contiene uranio en el esmalte. Me dediqué a ir a mercadillos y tiendas de segunda mano a comprar platos, tazas y tacitas. Antes de la Segunda Guerra Mundial el único uso que se daba al uranio era el decorativo, así que devolví ese uso a las artes, je, je.

¿Qué hizo con las tacitas?

Las convertí en polvo y decanté yo mismo el uranio, que metí en unos contenedores seguros que coloqué en la base de granito de cinco pies de altura.

Al gobierno no le gustaban sus piezas.

Me las confiscaron en la primera exposición. Los de control de radiación se presentaron en casa y me dijeron que era ilegal poseer uranio. Tenía que solicitar una licencia.

¿Cuestionarios y más cuestionarios?

Me pasé un año de papeleos, pero al final la obtuve, estaba tan contento que me tatué el número de la licencia en el cogote, aquí.

Ya veo.

Pero yo quería más uranio, andaba buscando la transmutación. Quería transmutar residuo nuclear en material no radiactivo para mis esculturas.

¿Eso es posible?

Sí, lo descubrí en mis clases, invertí diez años en aprender a realizar esa alquimia. Pero el Departamento de Energía es como la Iglesia católica del siglo XII, están comprometidos con el dogma de que los desechos radiactivos deben enterrarse.

¿Qué clases?

Mi esposa y yo nos mudamos a la reserva nuclear de Hanford, en el corazón del desierto de Washington, que había proporcionado el plutonio para la bomba de Nagasaki, donde todos los depósitos subterráneos de desechos están goteando.

Qué buena noticia.

Es la zona más contaminada de Estados Unidos. Yo necesitaba tener acceso a un reactor nuclear para la transmutación, así que me apunté al centro de educación de posgrado de Hanford e intenté hacer amistad con los trabajadores y científicos del lugar.

¿Hubo suerte?

Los ingenieros nucleares no se toman en serio el arte, más bien consideran que es un oficio para tontos. Me pasé diez años intentando enseñar historia del arte a aquella comunidad, pero no hubo forma, y usé todas las estratagemas que se me ocurrieron para integrarme: cambié de corte de pelo, me preocupé de que mi césped estuviera bien cortadito, como el suyo, me vestía como ellos…

¿Su americana son restos de la época?

Sí, ya ve: una americana y la corbata a juego, pero esa no la he traído. Incluso me apunté a Alcohólicos Anónimos porque la gran mayoría de aquella comunidad eran alcohólicos. Y también sufrían una alta cuota de enfermedad mental.

¿Y eso?

Son muy extraños, viven muy aislados porque construyen reactores nucleares en medio de la nada.

¿Qué opinaba su mujer?

Aquello no le gustaba. Me abandonó.

¿Consiguió conquistarlos?

Los bebedores hacían apuestas de si sería capaz de superar las pruebas académicas, y me convertí en el mejor alumno en 25 años. Hice miles de propuestas y conferencias para que me dejaran utilizar el reactor nuclear, pero lidiaba con el gobierno federal y finalmente desistí, pero aprendí mucho.

¿Qué aprendió?

Que está todo tan compartimentado que allí nadie entiende cómo encaja su tarea diaria en el proceso. Pero mi concepto de la era nuclear cambió al conocer las tecnologías que se estaban desarrollando. Vi claramente que el metal más fino, detallado y precioso del mundo es el que se desarrolla en la industria nuclear. Los reactores nucleares funcionan porque el uranio se distribuye geométricamente por ellos, así que la escultura y la ingeniería nuclear tienen mucho en común.

Es usted muy perseverante.

Je, je, je. Mi búsqueda es utilizar la tecnología más avanzada del momento para aplicarla al arte. El arte es una forma de hacer las cosas comprensibles, así que el arte puede hacer más comprensible la tecnología nuclear; y si la gente comprende, tomará decisiones adecuadas. Nos guste o no, el futuro será nuclear.

¿Qué fue de usted?

Volví a Seattle a los 56 años y sigo persiguiendo la transmutación.

No entiendo que no le subvencionen.

Yo tampoco, je, je, realmente con un simple proceso nos ahorraríamos esos peligrosos cementerios y en su lugar tendríamos arte.

Auténtico

Singular, humilde, delgaducho, desdentado, pelo azul, sentido del humor y actitud de niño, pero sobre todo más perseverante que el Pentágono. Su propuesta artística consiste en transmutar el uranio: convertir los residuos radiactivos en materia inerte para hacer esculturas. Esa convicción ha hecho de su propia vida una obra de arte. Pasó por Barcelona para exponer su propuesta en el festival The Influencers. Para conseguir su propósito se trasladó a la reserva nuclear de Hanford, donde vivió diez años estudiando y aprendiendo de la singular comunidad nuclear: “Los ingenieros que construyen los reactores son los artesanos de más alto orden”. Acord siempre ha vivido de sus dibujos y esculturas.

Entrevista a Jannis Kounellis, artista contemporáneo

Jannis Kounellis, artista contemporáneo, padre del arte povera

“La globalización cultural que nos venden produce ligereza”

por IMA SANCHÍS  para La Contra – 15/02/2008
Jannis Kounellis por Anxo Iglesias

Jannis Kounellis por Anxo Iglesias

Nací en 1936 en El Pireo, Grecia, y vivo en Roma. Casado, tengo un hijo y una nieta. Hoy los políticos carecen de prestigio y de idea del poder, y el poder, como la pintura, es unidad. Creo en la fuerza determinante y en que a través de la lengua creadora se crea un universo.

¿Cuál es el punto de partida?

Cuando a los 18 años abandoné Grecia y me fui a Italia había un porqué, y ese porqué ha diseñado toda mi vida.

¿Y el antes?

Guerra civil y todo eso.

¿No le marcó?

Me violentó, pero no me detuvo. Yo quería ir a Italia porque al icono bizantino de una Virgen le falta la carne, y yo quería encontrar a la Virgen reencarnada de Tiziano que como modelo tenía a una prostituta.

Así que partió en busca de la Madonna.

Todo eso se traducía en la búsqueda de un camino liberal. Esa apertura me permitió ser dialéctico. En realidad, fui en busca de la promesa de que los otros tienen razón, una razón que se puede compartir.

¿Y qué ha aprendido de los otros?

A través de la lengua, de la creación, pude descubrir una unidad a pesar de las diferencias. Las diferencias son el pan y el agua de la dialéctica, es una diferencia abierta.

¿Adónde le ha llevado?

Cuando expongo en un museo, el marco de mi obra es el propio museo. El pintor de caballete vivía dentro del cuadro, salirse de ese orden es algo muy distinto. El inicio del renacimiento es ideológico, basta con ver una crucifixión: la cabeza de Cristo, hasta entonces inclinada, se pone en gloria.

¿En gloria?

Sí, recta, levantada. La idea de la sombra, la perspectiva, todo eso no es algo óptico sino ideológico. Yo parto de ese punto para dar significado a mi propia libertad.

Entonces, lo de arte pobre es un calificativo equivocado.

No es equivocado, porque efectivamente participé, pero mi punto de partida fue el renacimiento, que fue la primera formalización de la crítica moderna, aunque nunca abandona lo antiguo, y yo tampoco. Lo antiguo es un pozo que se expande hacia la modernidad.

Utiliza plantas, piedras, carne, hierro, carbón, loros, caballos, ¿qué significa?

No lo sé, es una intuición. Las señoritas de Aviñón es un cuadro revolucionario, pero la gente llega después, y así debe ser, porque si llegara antes sería populismo. Las motivaciones reales vienen de una voluntad lingüística, es decir, de expresión, y esta es la revolución que un artista puede ofrecer.

¿Sus grandes pedazos de carne colgando vienen de la tradición, de lo antiguo?

Sí. Todos venimos de algún lugar, pertenecemos a alguna cultura y somos portadores de libertad por ello; el resto es folklore.

¿Qué piensa del ser humano?

Que su alma es positiva. El hombre ha producido cosas, como el nazismo, que tienen que ver con la decadencia de toda una cultura, la occidental. Un niño que crece con esos horrores es una víctima, pero pese a ello la cultura puede crear equilibrio social.

¿Cuál es su percepción del hoy?

La globalización cultural que nos venden produce ligereza y nos aleja de la realidad. Falta identidad, ¿qué identidad puede tener un poeta globalizado?, ¿cómo se puede escribir un poema de Beckett sin pertenecer a nada? Un poema no nace de la nada. Para contar una aventura debes tener una lengua, y si no la tienes, no eres un poeta.

¿Qué ha sido lo más difícil en su vida?

Nada. Cuando me afinqué en Italia sabía que ese era el primer peldaño para poseer una mentalidad con la que leer el mundo. Siempre voy a los sitios a hacer algo concreto, a compartir con otros que he escogido.

No le gusta la aventura, veo.

Me gusta esa aventura, la de que el otro me diga a mí o yo diga al otro; no quiero sentirme perdido en la multitud: sé que es hermoso, pero a mí no me basta.

Pero no sabía con qué iba a encontrarse cuando fue a dar clases a Alemania.

Estuve nueve años de profesor en la academia de Dusseldorf y siempre di mis clases con intérprete. Y no se trata de que no quiera aprender otra lengua, soy incluso capaz, pero considero que la lengua pertenece a una lógica y que cuando hablas una lengua hablas a propósito de esa lógica.

¿Qué merece la pena en la vida?

A mí me gusta el dinero, pero no daré algo esencial por dinero. Me gusta esa fantasmagoría que es la creación y que me empuja a hacer un nuevo trabajo.

¿Qué ha significado el amor?

La noche en que Joyce tuvo la primera cita con su mujer, que comenzó su pasión amorosa, empezó a escribir Ulises, una obra que le llevó diez años. Eso me conmueve porque determina la relación hombre-mujer en una tradición cultural que ve a la mujer fundamental a propósito de la construcción.

¿A qué se dedicaban sus padres?

Él era marinero y ella, sin éxito, era música.

¿Qué tiene de ellos?

Tengo de mi abuelo paterno que a los 17 años se fue a América y se hizo americano. Luego, cuando era un anciano, volvió a Grecia y se casó con mi abuela, que tenía 18 años, e hicieron diez hijos. Eso me gusta, es una vida verdadera, aventurera, hay voluntad. Partir, ser otro, y volver para comenzar de nuevo, no renunciar a nada.

¿Usted volverá a casa?

Mi Ítaca es Roma, es así; el problema lingüístico me tiene junto a Italia.

Pero la lengua es la de la madre.

Esa no basta, tu lengua es la de la construcción, de la lucha, del amor, y está más allá. Pero le reconozco que siempre que vuelvo a Grecia me emociono…, por poco tiempo.

HOMBRE LABERÍNTICO

Quien la vio la recuerda, una obra que consistía en cuartos de carne cruda putrescente de vacuno colgada a la altura de las narices (Barcelona 1989). Diez años antes, en Roma, expuso doce caballos vivos. También utiliza carbón, hierro, sacos, plantas, telas, abrigos… Dicen que en su poética contrapone la vida a la muerte, lo natural a lo industrial, sin perder la línea de lo clásico. El renacimiento, dice él, es su punto de partida. Sus trabajos pueden contemplarse en los mejores museos e instituciones del mundo y esta considerado uno de los grandes maestros del arte contemporáneo y líder del arte povera. Pasear con él entre sus sábanas colgadas (galería Carles Taché) es entrar en un laberinto.