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Hiroh Kikai, fotógrafo “clásico”

El japonés Hiroh Kikai es un apasionado fotógrafo clásico: su obra se basa en el retrato entendido como un duelo entre dos sujetos, el que está delante y el que está detrás de la cámara. Retrato callejero pero aislando al sujeto del contexto para posibilitar que emerja su alma. Todo en riguroso blanco y negro. Y además sobre película fotosensible que revela en un cuartito de su casa. Sus retratos flotan en aquel universo atemporal que otros exploraron también, a saber, Diane Arbus, Walker Evans, August Sander, Richard Avedon…

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En El País publicaron un artículo -con motivo de una exposición en Madrid (y que hasta mañana hay tiempo de ver)- donde daba detalles de su método de trabajo y filosofía:

(…) No lleva una idea premeditada. Necesita ver que el aura de alguien le dice: “¡Fotografíame!”. Entonces se acerca y le retrata, sin preparación. Explica que si lleva a la persona a un estudio pierde naturalidad y él quiere mostrar al ser humano como es. Si ve a su modelo muy tenso, utiliza el truco de decir que se ha encasquillado la cámara. Cuando el retratado baja la guardia y se relaja, Kikai dispara. Así saca la esencia del ser humano. Para él es fundamental que sus fotos sean atemporales, por lo que recurre al blanco y negro, que además es más sugerente, hace imaginar al espectador. Insiste en la importancia de sus retratados como seres individuales, de ahí sus fondos planos, neutros, para que la figura sobresalga.

(…) Compara a los pintores con los fotógrafos: “En un retrato se muestra tanto el alma del modelo como del que lo representa, ya sea a través de un disparo fotográfico o de los pinceles”.

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Todos los retratos pertenecen a Persona (2003), una colección de retratos realizados en el barrio de Asakusa de Tokio, el cual Kikai ha explorado a fondo durante más de 30 años. Las fotografías se imprimieron en quadtone.

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Nelson Mandela según Adrian Steirn

El último retrato de Nelson Mandela

Retrato realizado en el marco del proyecto 21 Icons de Adrian Steirn en casa de Nelson Rolihlahla Mandela (1918-2013) en Qunu (2011).

Entrevista a Simon Norfolk, fotodocumentalista

“Paisajista de campos de batalla”, así se define en su website. Simon Norfolk, inglés de 50 años, criado en Nigeria y recién casado, lo tiene muy claro. Utiliza la fotografía para cuestionar y denunciar desde la izquierda los conflictos armados que mantiene el “imperio” británico. “¿Para qué pagamos armamento nuclear? ¿Por qué somos los cornetas del imperio americano en sus ingenuas y sangrientas aventuras por Iraq o Afganistán? ¿Por la ilusión de seguir siendo imperio? ¿Cuántos hospitales dejamos de construir por ese delirio? ¿Cuántas escuelas?”, son algunas de sus reflexiones. He aquí la entrevista que le hizo Lluís Amiguet para La Contra el pasado 10 de septiembre.

Simon Norfolk, autoretrato.

En Bosnia, los serbios me dijeron: “¿Se ha enterado del asesinato de las monjas del convento?”.


“¿Qué convento?”, pregunté yo alarmado cogiendo ya la cámara…


“Aquel convento de la colina. En 1358”.

Eso es conciencia de la historia.
Es que los occidentales -los americanos, que empiezan cada guerra como si fuera la primera, y los británicos, que les hacemos de subalternos- vivimos un presente amnésico que apenas recuerda las tres últimas semanas, pero otros pueblos viven en un hoy de tres mil años. Como Afganistán.

Una historia que es una guerra.
Yo no espero que nuestros soldados sean historiadores, pero deberíamos recordar que ya es la cuarta vez que los británicos intentamos invadir Afganistán.

Y diríase que de nuevo sin resultado.
Por muchos afganos que matemos, no los convertiremos en demócratas parlamentarios. Ellos no tienen prisa. Hace tres mil años que luchan y mueren: contra los persas, Alejandro Magno, la URSS… Y nosotros sólo somos los últimos invasores.

Si tienes tiempo, nunca pierdes.
Nosotros tenemos relojes y ellos tienen el tiempo. Recuerdan la guerra contra los persas como los serbios a las monjas asesinadas en aquel convento y les ponen a sus hijos los nombres de los generales que la ganaron.

¿Qué hace usted en Afganistán?
No crea que no me lo he preguntado. Ahora que me he casado, también mi mujer se lo pregunta. Cuando pararon mi coche en Kabul y nos robaron pistola en mano -diez segundos eternos- me lo pregunté.

¿Y…?
Hay fotógrafos de guerra que le dirán que están allí pero que no creen en la política y que sólo les importan esos niños mutilados. Y otros que viven una fantasía de glamur y riesgo a lo Robert Capa, que empieza al amanecer entre bombas y acaba en la noche en un casino con Grace Kelly a su lado…

¿Y usted?
El fotógrafo sin convicciones políticas acaba siendo un cínico, y el del casino ya lo es. Yo creo que podemos decidir la historia y que la política, o la hacemos o nos la hacen. Hay guerras que merecen la pena, y Afganistán no es una de ellas. Ahora nos preparan para aceptar que hemos vuelto a perderla.

¿Qué es usted?
Ni un pacifista ni una oenegé. Creo que la avaricia humana crea sistemas de dominación económica de unos pocos sobre la mayoría. Y la guerra es el principio violento de ese expolio. Para que el uno por ciento acumule billones, muchos niños son mutilados por las minas cuando van a la escuela.

Afganistán atacó a Occidente el 11-S.
Fue Al Qaeda, refugiada en Afganistán, no los afganos. Para acabar la guerra entregaron a Bin Laden, pero EE.UU. prefiere seguir el plan que dé más votos. Para denunciar cosas como esa hago fotos.

Con alto valor estético: hoy se exponen en museos de arte contemporáneo.
Esa estética es sólo el envoltorio con el que intento difundir mejor mis ideas.

¿Por qué trabaja con placas?
Porque cada clic me cuesta 18 euros y eso me obliga a pensar mucho antes de disparar. No soy el fotógrafo que llega con la digital a la guerra y dispara y dispara… doscientas, trescientas fotos. Y luego se va al hotel y ante el ordenador busca la buena.

Creí que era lo habitual.
Yo busco la buena antes de disparar. Y esa búsqueda empieza en bibliotecas y museos años antes. Así descubrí fotógrafos del imperio que ya siguieron al ejército británico en Afganistán en 1878, como John Burke.

¿Y eso da para vivir?
Coleccionistas como la señora Morgan (de Morgan Stanley) o la señora Sachs (de Goldman & Sachs) compran mi obra.

Caray.
Para donarla a museos. Piense que así obtienen deducciones fiscales hasta veinte años antes de hacer efectiva la donación.

¿Eso es coherente con su militancia?
Eso también permite a los afganos ver mi obra gratis en internet, aunque tal vez la señora Sachs cuelgue mi foto en el salón porque hace juego con sus cortinas.

¿Le molesta combinar con las cortinas?
El autor sabe que en cuanto acaba una obra pierde el control sobre su significado. Y con el dinero de Sachs hago fotos que dirán a nuestros nietos que no todos estábamos de acuerdo con invadir Afganistán y que algunos hicimos algo para explicarlo.

También su ego estará en el museo.
Muchas fotos de esas invasiones son igual de buenas con o sin firma.

¿Está en lo suyo para la posteridad?
La primera vez que fotografié un genocidio fue en Ruanda: una fosa con dos mil cadáveres. Y a un ruandés destrozado explicándome cómo habían violado y descuartizado a machetazos ante él a su mujer y sus hijos.


¿Para qué me daba aquel material? ¿Para que ganara algún premio y que mi editor me diera unas palmaditas en la espalda? ¿Para correr a contarlo al pub?


Cuando fotografías aquel horror firmas un contrato moral con las víctimas que te compromete a convertir su sufrimiento en un testimonio. Para que no vuelva a pasar. Si no lo cumples, sólo eres un explotador más de su desgracia.

Descubriendo a Norman Seeff (II)

Patti Smith y Robert Mapplethorpe en New York (1969), por Norman Seeff.

(imágenes de Normanseeff.com, Inspiraçao y Sexuality & love in the Arts)

Descubriendo a Norman Seeff (I)

John Travolta, Los Ángeles 1976, por Norman Seeff

(imagen de normanseeff.com)

David Ruano, fotógrafo de teatro

Traducción (catalán a castellano) de la entrevista realizada por Laura Serra al fotógrafo David Ruano, publicada en el periódico Ara. En ella habla de su trabajo para realizar los carteles de las producciones teatrales y de su relación con los artistas.

Los grandes teatros catalanes y madrileños, las mejores compañías y las grandes productoras siempre encargan las fotografías de escena a David Ruano (Girona, 1976). Los carteles del Teatre Nacional de Catalunya, del Romea o de las T de Teatre son suyos, por ejemplo. Es un hombre de acción, trabajador, apasionado. A los 15 años ya se dedicaba a la ilustración. A los veintipocos, la revista Escena le pidió que hiciera fotos de la Fira de Tàrrega y desde entonces no ha dejado la cámara. Tiene un archivo espectacular.

¿Dices que has hecho mil espectáculos en diez años?!
El ritmo es brutal. Fotografiamos entre 80 y 90 espectáculos al año.

¿Hay tanta producción teatral?
Trabajamos entre Barcelona y Madrid, sobretodo. Y en alguna producción de fuera.

Sois el único estudio especializado en fotografía de escena. Vuestros carteles de teatro han sido una pequeña revolución.
Suponogo que sí, pero ha sido muy inconsciente. Quizá por el hecho de venir de bellas artes, me apeteció componer, pensar en la imagen más allá de hacer fotos de ensayos, sobre todo desde que empecé a trabajar con Paco Amate. Ahora todos los carteles de teatro están un poco pensados, por sencillos que sean. Cuando empezamos podías ver auténticas soluciones, no eran ni propuestas.

¿Cómo habéis conseguido ser un referente?
Al cliente se le ponemos fácil: le echamos muchas ganas. Hacemos nuestros los proyectos, nos subimos al barco, nos sentimos parte de ello. Nos entregamos mucho. Tenemos ansia por trabajar.

¿Cómo es una sesión?
La gente cree que está todo muy pensado, y es infinitamente más espontáneo de lo que parece. No hay ni tanto attrezzo ni tanto Photoshop. Hay una estética nuestra.

¿Cuántas horas puede durar una sesión?
En el teatro no dan demasiada importancia a la imagen, y tenemos que apañarnos con tres horitas. En la música, como suele ser el proyecto vital de una persona, le dedican el día entero. El teatro se ha vuelto más higiénico, todo se ha seccionado, un actor hace muchas producciones al año, y la imagen es una factura más que tiene que pagar. Ahora, entre que no hay tantos recursos y con la fama que tenemos de que la liamos mucho, hay más reticencias. Las señoras de la limpieza del TNC no nos quieren ni ver! Normalmente el productor nos frena.

¿Qué necesitáis? ¿Más tiempo y dinero?
No. Queremos ilusión. Ahora es mala época para la locura, la creatividad y el riesgo. Todo debe asegurarse y justificarse, todo debe estar explicado, y así no se puede sorprender.

¿Lees mucho teatro para realizar las fotos?
No. Es imposible. Hace poco hemos tenido que arreglar las cámaras y hemos descubierto que, en menos de dos años, hemos disparado 250.000 veces con cada una. Son 500.000 clics. Si disparásemos de lunes a viernes, sale a mil fotos al día. ¡Imagínate! Nosotros tenemos un animal detrás nuestro que es la realidad. Trabajamos mucho, mucho, mucho. Y podemos imaginar grandes historias, pero la realidad se impone.

¿Qué te inspira para plantear las sesiones?
En el estudio hay más libros de pintura que de fotografía, porque la foto tradicionalmente se entiende como testimonio de la realidad y, en cambio, la pintura tiene la libertad de no estar ligada al hecho documental, no tiene tiempo. Nosotros, en un cartel, creamos una historia y le sacamos el tiempo, el espacio y el lugar, como si fuera una pintura.

¿Después hay muchas horas de retoque?
No. El secreto es que elaboramos mucho la foto original. Si hace falta, alquilamos un barco para fotografiar Barcelona al anochecer, como hicimos con la publicidad de los Mundiales de natación del 2013. Es muy difícil dar sello a una foto con Photoshop.

¿Se ha abusado del Photoshop?
No creo que sea una cuestión ética o moral. Utilizo el Photoshop hasta que creo que deja de ayudarme y me perjudica. Sí que me parece que se ha abusado de él, pero no estoy en contra de ello. El Photoshop no crea una buena foto, como máximo la pule. Y cada vez se usa menos.

Trabajas con grandes artistas, ¿hay divos y divas teatrales o es un mito?
En el teatro, a diferencia del cine y la moda, el actor conocido por cojones es un currante. La suerte de trabajar con divos del teatro es que no hay trampa: puedes ser más o menos estúpido, pero tienes que haber currado mucho. Y un currante sabe muchas cosas. En el teatro, un divo no tiene menos de 50 años, o sea que lleva 30 trabajando. Seguro que se ha dado ostias. Yo, los carácteres especiales los agradezco. Una Lizaran, un Mario Gas, un Pasqual, son una generación que tiene carácter y lo muestra. Creo que esto debe protegerse.

Entrevista a Yann Arthus-Bertrand

El conocido Yann Arthus-Bertrand nació en París y vive en una casa en un bosque. Se define como fotoperiodista y ecologista amoroso, de ahí que haga lo que hace: enseñarnos la espectacular belleza del planeta Tierra para que lo amemos. El año pasado fue entrevistado por Víctor-M. Amela para La Contra de La Vanguardia y este fue el resultado, titulado “Vivimos sobre una obra de arte irreproducible”:

Sus fotos son espectaculares…
He querido mostrar la belleza de este planeta desde un ángulo insólito para los humanos.

Desde el aire.
Sí, algo impensable hasta hace un siglo. Se podía desde alguna montaña, desde un globo… ¡Me emociona ver cosas que sé que nadie ha visto antes!

¿Qué le ha asombrado más?
La naturaleza fractal del mundo: los afluentes de un río semejan las venas de una mano… ¡Ver la Tierra desde el aire es casi igual a mirar por un microscopio!

Sólo cambian las escalas.
Por eso a veces incluyo personas o animales en la foto, para que se entienda la escala. Lo formuló bien Pascal: “Lo infinitamente grande semeja a lo infinitamente pequeño”.

¿Cómo empezó usted a hacer fotos?
¡Volando en globo, precisamente! Yo era piloto profesional de globos aerostáticos.

¡Curioso oficio!
Conocí en París a mi mujer, etóloga, me enamoré… y la acompañé a Kenia: ella viajaba allí para hacer su doctorado sobre el comportamiento de los leones.

Romántica historia.
Y allí decidí usar el globo para seguir a los leones desde arriba…

Debía de ser una preciosa perspectiva.
Sí, y comencé a hacer fotos: me convertí en fotógrafo. El periodo más feliz de mi vida.

Hoy ha fotografiado todo el planeta.
Para que lo amemos.

¿No lo amamos?
Sabemos que todos los indicadores anuncian el desastre medioambiental… ¡pero no queremos creerlo! Nos negamos a cambiar de actitud. ¡Necesitamos una revolución!

¿Qué revolución?
¡Una revolución espiritual! No vendrá de la política, sino de la conciencia. Y por eso hago fotos y documentales: para fomentarla. ¡Todos somos responsables!

¿A qué se refiere?
Rechazo el discurso ecologista maniqueo que culpa a los magnates del petróleo y exculpa a los consumidores por víctimas. ¡No, no, no! Cada vez que tú llenas de gasolina tu coche, tú eres corresponsable: colaboras en un sistema dañino para el planeta.

¿Y cómo vive usted?
Con la máxima conciencia y dejando la mínima huella medioambiental. Vivo retirado en el campo, cada mañana paseo por el bosque con mi perro, abrazo árboles…

¿Abraza árboles?
Siento su energía poderosa. Para mí estas vivencias son muy importantes. Y ahora ya sabemos que los árboles de un bosque se comunican entre ellos…

¿Sí?
Mediante señales químicas, sí. Y parece que las bacterias de ciertos árboles pueden atraer tormentas. Yo no sé vivir en el asfalto. Necesito sentir los pies en la tierra, aunque tenga la cabeza en las nubes, ja, ja… Soy ecologista, pero vitalista, no político.

¿Por qué no político?
Los ecologistas de partido no aman a los demás. Les falta una actitud más compasiva. No me interesa. El ser humano es un animal empático: eso es lo que quiero fomentar.

¿Cuál era su vocación siendo niño?
La de huir. No era feliz en la escuela: las escuelas eran muy autoritarias, y yo no soportaba la autoridad. Fui expulsado de catorce escuelas.

¡Catorce!
Por eso tiene su gracia que haya en Francia doce escuelas con mi nombre. Hoy los niños en las escuelas pueden ser felices…

¿Qué hizo después de la escuela?
Me escapé de casa a los 17 años y viví a lo loco en París, trabajando como actor en algunas películas… pero lo hacía fatal.

¿Qué piropo a sus fotos le ha colmado?
“¡Ver esto ha cambiado mi modo de ver la vida!”, me han dicho a veces.

Usted comunica bien.
Si no amas a la gente, ¡mal harás tu trabajo de periodista! ¿Lo sabes, no? Es imprescindible amar a los demás para comunicar.

¿Qué foto le gustaría hacer ahora?
Una de la Tierra desde la órbita terrestre.

¿Qué paisaje le ha impactado más?
La Antártida, con sus valles pétreos, secos, barridos por vientos… Y, por sus colores, el parque natural de Yellowstone.

¿Qué medio aéreo es el idóneo para hacer sus fotos?
El helicóptero. Permite encuadrar desde todos los ángulos y alturas, aunque también es el más peligroso.

¿Ha tenido algún percance grave?
Hacía fotos en Nueva Orleans, cuando el Katrina, y mi helicóptero cayó: ¡era una muerte segura! Pero un árbol nos salvó milagrosamente. El helicóptero se partió en dos.

¿Qué aprendió de esa experiencia?
Salí ensangrentado… con la imperiosa necesidad de hacer dos cosas: una, llamar a mi mujer; y dos, beber un vaso de vino.

¿Y eso?
Comprendí que mi patria son mi mujer y lo que representa el vino para mí: mi tierra, mis amigos, la alegría de vivir…

Representa que seguimos aquí.
Y deberíamos seguir, pero sin dejar tanta huella. Desde el cielo veo que ya no hay rincones vírgenes en el planeta. ¡Vivimos sobre una obra de arte irreproducible!

Cuidémosla o… ¿qué?
El futuro está en nuestras manos, y pasa por el amor: amemos el mundo, amémonos… y vendrán las soluciones. ¡Ya es demasiado tarde para ser pesimista!