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Hiroh Kikai, fotógrafo “clásico”

El japonés Hiroh Kikai es un apasionado fotógrafo clásico: su obra se basa en el retrato entendido como un duelo entre dos sujetos, el que está delante y el que está detrás de la cámara. Retrato callejero pero aislando al sujeto del contexto para posibilitar que emerja su alma. Todo en riguroso blanco y negro. Y además sobre película fotosensible que revela en un cuartito de su casa. Sus retratos flotan en aquel universo atemporal que otros exploraron también, a saber, Diane Arbus, Walker Evans, August Sander, Richard Avedon…

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En El País publicaron un artículo -con motivo de una exposición en Madrid (y que hasta mañana hay tiempo de ver)- donde daba detalles de su método de trabajo y filosofía:

(…) No lleva una idea premeditada. Necesita ver que el aura de alguien le dice: “¡Fotografíame!”. Entonces se acerca y le retrata, sin preparación. Explica que si lleva a la persona a un estudio pierde naturalidad y él quiere mostrar al ser humano como es. Si ve a su modelo muy tenso, utiliza el truco de decir que se ha encasquillado la cámara. Cuando el retratado baja la guardia y se relaja, Kikai dispara. Así saca la esencia del ser humano. Para él es fundamental que sus fotos sean atemporales, por lo que recurre al blanco y negro, que además es más sugerente, hace imaginar al espectador. Insiste en la importancia de sus retratados como seres individuales, de ahí sus fondos planos, neutros, para que la figura sobresalga.

(…) Compara a los pintores con los fotógrafos: “En un retrato se muestra tanto el alma del modelo como del que lo representa, ya sea a través de un disparo fotográfico o de los pinceles”.

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Todos los retratos pertenecen a Persona (2003), una colección de retratos realizados en el barrio de Asakusa de Tokio, el cual Kikai ha explorado a fondo durante más de 30 años. Las fotografías se imprimieron en quadtone.

Entrevista a Simon Norfolk, fotodocumentalista

“Paisajista de campos de batalla”, así se define en su website. Simon Norfolk, inglés de 50 años, criado en Nigeria y recién casado, lo tiene muy claro. Utiliza la fotografía para cuestionar y denunciar desde la izquierda los conflictos armados que mantiene el “imperio” británico. “¿Para qué pagamos armamento nuclear? ¿Por qué somos los cornetas del imperio americano en sus ingenuas y sangrientas aventuras por Iraq o Afganistán? ¿Por la ilusión de seguir siendo imperio? ¿Cuántos hospitales dejamos de construir por ese delirio? ¿Cuántas escuelas?”, son algunas de sus reflexiones. He aquí la entrevista que le hizo Lluís Amiguet para La Contra el pasado 10 de septiembre.

Simon Norfolk, autoretrato.

En Bosnia, los serbios me dijeron: “¿Se ha enterado del asesinato de las monjas del convento?”.


“¿Qué convento?”, pregunté yo alarmado cogiendo ya la cámara…


“Aquel convento de la colina. En 1358”.

Eso es conciencia de la historia.
Es que los occidentales -los americanos, que empiezan cada guerra como si fuera la primera, y los británicos, que les hacemos de subalternos- vivimos un presente amnésico que apenas recuerda las tres últimas semanas, pero otros pueblos viven en un hoy de tres mil años. Como Afganistán.

Una historia que es una guerra.
Yo no espero que nuestros soldados sean historiadores, pero deberíamos recordar que ya es la cuarta vez que los británicos intentamos invadir Afganistán.

Y diríase que de nuevo sin resultado.
Por muchos afganos que matemos, no los convertiremos en demócratas parlamentarios. Ellos no tienen prisa. Hace tres mil años que luchan y mueren: contra los persas, Alejandro Magno, la URSS… Y nosotros sólo somos los últimos invasores.

Si tienes tiempo, nunca pierdes.
Nosotros tenemos relojes y ellos tienen el tiempo. Recuerdan la guerra contra los persas como los serbios a las monjas asesinadas en aquel convento y les ponen a sus hijos los nombres de los generales que la ganaron.

¿Qué hace usted en Afganistán?
No crea que no me lo he preguntado. Ahora que me he casado, también mi mujer se lo pregunta. Cuando pararon mi coche en Kabul y nos robaron pistola en mano -diez segundos eternos- me lo pregunté.

¿Y…?
Hay fotógrafos de guerra que le dirán que están allí pero que no creen en la política y que sólo les importan esos niños mutilados. Y otros que viven una fantasía de glamur y riesgo a lo Robert Capa, que empieza al amanecer entre bombas y acaba en la noche en un casino con Grace Kelly a su lado…

¿Y usted?
El fotógrafo sin convicciones políticas acaba siendo un cínico, y el del casino ya lo es. Yo creo que podemos decidir la historia y que la política, o la hacemos o nos la hacen. Hay guerras que merecen la pena, y Afganistán no es una de ellas. Ahora nos preparan para aceptar que hemos vuelto a perderla.

¿Qué es usted?
Ni un pacifista ni una oenegé. Creo que la avaricia humana crea sistemas de dominación económica de unos pocos sobre la mayoría. Y la guerra es el principio violento de ese expolio. Para que el uno por ciento acumule billones, muchos niños son mutilados por las minas cuando van a la escuela.

Afganistán atacó a Occidente el 11-S.
Fue Al Qaeda, refugiada en Afganistán, no los afganos. Para acabar la guerra entregaron a Bin Laden, pero EE.UU. prefiere seguir el plan que dé más votos. Para denunciar cosas como esa hago fotos.

Con alto valor estético: hoy se exponen en museos de arte contemporáneo.
Esa estética es sólo el envoltorio con el que intento difundir mejor mis ideas.

¿Por qué trabaja con placas?
Porque cada clic me cuesta 18 euros y eso me obliga a pensar mucho antes de disparar. No soy el fotógrafo que llega con la digital a la guerra y dispara y dispara… doscientas, trescientas fotos. Y luego se va al hotel y ante el ordenador busca la buena.

Creí que era lo habitual.
Yo busco la buena antes de disparar. Y esa búsqueda empieza en bibliotecas y museos años antes. Así descubrí fotógrafos del imperio que ya siguieron al ejército británico en Afganistán en 1878, como John Burke.

¿Y eso da para vivir?
Coleccionistas como la señora Morgan (de Morgan Stanley) o la señora Sachs (de Goldman & Sachs) compran mi obra.

Caray.
Para donarla a museos. Piense que así obtienen deducciones fiscales hasta veinte años antes de hacer efectiva la donación.

¿Eso es coherente con su militancia?
Eso también permite a los afganos ver mi obra gratis en internet, aunque tal vez la señora Sachs cuelgue mi foto en el salón porque hace juego con sus cortinas.

¿Le molesta combinar con las cortinas?
El autor sabe que en cuanto acaba una obra pierde el control sobre su significado. Y con el dinero de Sachs hago fotos que dirán a nuestros nietos que no todos estábamos de acuerdo con invadir Afganistán y que algunos hicimos algo para explicarlo.

También su ego estará en el museo.
Muchas fotos de esas invasiones son igual de buenas con o sin firma.

¿Está en lo suyo para la posteridad?
La primera vez que fotografié un genocidio fue en Ruanda: una fosa con dos mil cadáveres. Y a un ruandés destrozado explicándome cómo habían violado y descuartizado a machetazos ante él a su mujer y sus hijos.


¿Para qué me daba aquel material? ¿Para que ganara algún premio y que mi editor me diera unas palmaditas en la espalda? ¿Para correr a contarlo al pub?


Cuando fotografías aquel horror firmas un contrato moral con las víctimas que te compromete a convertir su sufrimiento en un testimonio. Para que no vuelva a pasar. Si no lo cumples, sólo eres un explotador más de su desgracia.

Comer y filosofar

Reproducción de la entrevista que le realizaron al profesor y escritor catalán Josep Muñoz Redón con motivo de la publicación de su último libro, La cocina del pensamiento: una invitación a compartir fogones y mesa con filósofos, hace tres años. Ha publicado con éxito varios libros, todos ellos con títulos sugerentes y estimulantes, como Desconócete a ti mismo, El espíritu del éxtasis: la religión de la vida o Good bye Platón: filosofía a martillazos.

Por Víctor-M. Amela, La Contra (20/06/2005, La Vanguardia).

Tengo 47 años, nací en Sant Sadurní d’Anoia y vivo en Barcelona. Soy profesor de filosofía y escritor. Estoy casado y tengo un hijo, Miquel (2 años). ¿Política? La que combata la injusticia. Soy ateo. Las ideas crudas no se digieren: la filosofía cocina ideas para obtener preguntas, como la gastronomía condimenta alimentos para producir felicidad.

– ¿Qué es primero, comer o filosofar?
– “Sin comer no se puede pensar”, dice Descartes, porque sólo piensas en comer…
– Solventada la supervivencia, ¿qué vincula la cocina con la filosofía?
-Dime cómo cocinas y te diré cómo piensas: tanto pensar como cocinar son, al fin, cuestión de aplicar un método. El filósofo cocina ideas como el cocinero alimentos…
– Una sabrosa metáfora, pero no hay más.
– Sí hay más: he detectado interesantes correlaciones entre la forma de pensar de varios filósofos y su forma de comer…
– Un ejemplo.
– Rousseau: tomaba mucha lechuga y mucha leche, alimentos con altas dosis de triptófano, que tiene efectos narcotizantes.
– ¿Y?
– Le ayudó a desarrollar su técnica de pensamiento: confesó que sus ideas le llegaban durante el duermevela, en ese estado de ensoñamiento entre el sueño y la vigilia…
– ¿Y así ideó su tesis del “buen salvaje”?
– Sí. Y por eso Rousseau fue partidario de los alimentos crudos, no cocinados: afirmaba que eran los más próximos al estado natural del hombre. Fue, claro, vegetariano.
– ¿Fue el primer filósofo vegetariano?
– El primero fue Pitágoras (siglo V a.C.), porque creía que en cada animal había un alma en espera de reencarnarse en persona.
– Lo que demuestra que también lo que pensamos influye en lo que comemos…
– Así es, y se ve muy claro en las religiones: ayunos, prohibición del alcohol, del cerdo…
– ¿Y algún filósofo ha muerto por no comer?
– Diógenes (siglo III a.C.) decía que para morirte, te bastaba con cerrar la boca… Pero él murió de una indigestión de pulpo.
– ¿Qué filósofo es el que peor ha comido?
– Kierkegaard (s. XIX) casi no comía. Un poco de sopa y basta. Su aversión a la comida y al sexo delatan su rechazo al cuerpo…
– ¿Y qué filósofo ha comido mejor?
– Podría citarle a La Mettrie, en la Ilustración (siglo XVIII): “Bebe, come, duerme, ronca, sueña y, si alguna vez piensas, que sea entre vino y vino”, decía. Acudía a banquetes en los que se servían docenas de platos. Murió de una indigestión de paté de faisán.
– Qué opulencia… Y, hablando de banquetes, ¿qué se comió en El banquete de Platón?
– ¡En El banquete no se cita ningún alimento! Curioso, ¿no? Platón no explica qué comía con Sócrates y los demás. Es coherente, ¿no?: eran idealistas, y se habla sólo de ideas.
– ¿Y qué es lo más probable que comiesen?
– Platón estaba obsesionado por las olivas: ¡le chiflaban! En la Grecia del siglo V a.C. no tenían buena carne, pero sí buen pan, habas, pescado, crustáceos, vino y miel. Y en los postres jugaban a quitarse prendas de ropa…
– Vaya con los idealistas…
– A Sócrates, por cierto, le condenaron a muerte por no creer en los dioses de la ciudad y por corromper a los jóvenes… Se metió en la bañera y, delante de los suyos, se bebió tranquilamente su infusión de cicuta…
– Macabra infusión…
– Sócrates demostraba así su dominio incluso sobre su muerte. Antes de expirar, le dijo a su amigo Critón: “Ofrece un gallo a Asclepio”. ¡Eso solía hacerse para celebrar una erección!: la muerte con cicuta la provoca…
– ¡Pues un brindis por Sócrates!
– Mi predilecto es Kant: postuló la síntesis -entre racionalismo y empirismo- como técnica filosófica y, a la vez, en lo gastronómico ¡también fue muy sintético y equilibrado!
– ¿Por qué?
– Fíjese: en la primera parte de su vida bebió vino tinto; en la segunda, blanco. Sus dos platos favoritos eran uno de carne (rosbif) y otro de pescado (bacalao).
– Las tesis de un filósofo ¿se comprenden mejor si nos fijamos en su estómago?
– ¡Nietzsche acuñó su tesis del eterno retorno en un periodo de vómitos continuados!
– Ag… ¿Y qué filósofo tuvo la peor dieta?
-Sartre. Para huir de la angustia del vacío, llenaba la panza desordenadamente, y nada era natural (¡hasta en eso fue ávido de cultura!): charcutería, chocolate, pasteles, vino…
– Siempre aparece el vino, veo…
– En el caso de Sartre hay que sumar licores, para llenar el otro vacío, el del espíritu: ¡que la mente se llene de imágenes! Por eso sumó anfetaminas, barbitúricos, tabaco, alcohol y corydrane, un tóxico hoy prohibido.
– Moriría con muy mala salud, ¿no?
– Sus últimos años fueron amargos, sí: Sartre es un filósofo amargo, como Sócrates (por la amarga cicuta) o Voltaire (por el café).
– ¿Fue Voltaire un cafeinómano?
– Sí, y a tanto café le debe seguramente parte de su fecundidad literaria y su mordacidad. También fue un hábil negociante, pues nació pobre y se hizo rico: ¡durante años desayunó cada mañana ostras con champán!
– Qué exquisito.
– Como Sade, que buscó el placer a toda costa. Y por eso detestó el pan, emblema del trabajo y la virtud. Él prefirió el chocolate.
– ¡Que es negro, al revés que el pan!
– Y que evoca la mierda, antítesis del pan: en su obra Sade la adora, describe personajes coprófagos y detalla incluso lo que comen -mucha pechuga de pollo- para producir un excremento de exquisita pastosidad y sabor.
– Disculpe, lector… Y Bacon ¿comía bacon?
– Tenía desórdenes digestivos y estaba condenado a sopitas… Era un filósofo práctico, e intentó resolver un desafío gastronómico…
– ¿Qué desafío?
– Un invierno, desde su coche de caballos, vio una gallina suelta por la nieve. De pronto, se le ocurrió que si rellenaba de nieve una gallina quizá podría conservarla congelada… Y bajó a por ella. Y se resfrió… y murió.
Paella
Dalí decía que las mandíbulas son la herramienta filosófica por excelencia, pues trituran directamente la realidad para sacarle el jugo y meterla en ti. Su sueño supremo de amor era empequeñecer a Gala como una oliva para poder tragársela… He pensado en estos delirios del filósofo caníbal que era Dalí al leer La cocina del pensamiento (RBA), obra en la que Redón vincula felizmente la vida y obra de cada filósofo con sus apetitos y hábitos culinarios. Resulta una investigación muy suculenta… Así es como he sabido que una noche Descartes soñó con un melón que debía abrir para probar su dulzura y que fue ese sueño el que inspiró su Discurso del método, pieza fundacional del racionalismo… ¿Y el plato favorito de Redón? “Una paella compartida con buenos amigos junto al mar”.