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La responsabilidad del coleccionismo

Aunque ella se defina como coleccionista, Cindy Mack la calificaría también como artista. Y es que Patricia Phelps de Cisneros es una mecenas venezolana para la que “coleccionar es un placer, pero sobre todo es una responsabilidad. La responsabilidad de investigar, de generar conocimiento y de compartirlo con los demás”. He aquí algunos fragmentos de una reciente entrevista.

Retrato de Patricia Phelps en el Caixa Fòrum de Barcelona, por Xavier Cervera.

Retrato de Patricia Phelps en el Caixa Fòrum de Barcelona, por Xavier Cervera.

(…)

Pese a su magnitud, la Colección Patricia Phelps de Cisneros no cuenta con una sede permanente de exhibición. ¿Cuál es la razón?

La decisión de no construir un museo propio la tomamos muy tempranamente. No hubo dudas. Nos dimos cuenta de que la mejor manera de servir a nuestra misión, la de dar a conocer el arte y la cultura latinoamericana, era creando un programa muy activo de préstamos. Que las obras viajaran de aquí para allá y pudieran ser contempladas por un público lo más numeroso y diverso posible. En este momento debemos tener entre 400 y 500 piezas viajando por el mundo.

Una apuesta valiente. Hasta los museos son cada vez más reticentes a que las obras salgan de sus edificios.

Es que no tengo ningún sentido de la propiedad, no la merezco. Siento que estoy aquí, en este mundo, para cuidar estas obras, para darlas a conocer, para estudiarlas, para servirlas… Para servir al público que esté interesado… Coleccionar no es acaparar un cierto número de objetos sin sentido. Lo fácil es comprar. Lo dificultoso es cultivar el conocimiento de lo que atesoras. Y en este sentido no se me ocurre mejor aliado que un museo. ¿Qué mejor paredes para mostrar nuestras obras que el MoMA, la Tate, el Macba o la Fundació Miró, donde presté una Constelación para la gran exposición Miró? Y volviendo a su pregunta anterior, el por qué no tenemos un museo, le diré también que no me parece justo imponerles ese legado a nuestros hijos. No sería correcto pedirles que se hagan cargo de la colección cuando sus intereses pueden ir por otro lado…

Esa voluntad pública de la colección, ¿existía ya en el origen o se fue gestando poco a poco? ¿Qué es lo que despertó sus ganas de compartir?

Mis padres no eran coleccionistas, aunque el coleccionismo siempre formó parte de mi vida gracias a mi bisabuelo, William Henry Phelps, ornitólogo e intrépido explorador, que reunió la colección privada de aves tropicales más extensa del mundo. Era muy riguroso en los procesos de conservación y documentación. Creo que de ahí viene mi impulso por coleccionar y también la idea de que poseer sólo es una faceta del coleccionismo y que el estudio, el cuidado y la difusión del conocimiento es lo que lo que enriquece el proceso. Pero en todo caso nunca me propuse ser coleccionista o hacer una colección. Ha sido algo muy orgánico que ha ido creciendo poco a poco. La colección Orinoco, por ejemplo, nace a raíz de nuestras expediciones por el Amazonas venezolano, cuando nos damos cuenta de que la cultura de los pueblos indígenas estaba desapareciendo. Y es entonces cuando lo que hasta entonces habían sido recuerdos de viaje empiezan a formar parte de una colección sistematizada pensada para preservar una cultura y darla a conocer a los demás. La colección Orinoco cuenta hoy con 1.400 objetos etnográficos de doce grupos indígenas y la han visto más de siete millones de personas en todo el mundo. Me siento muy orgullosa. Pero usted me preguntaba por el origen, y creo que tiene que ver con la Venezuela en la que me crié.

¿Cómo recuerda la Venezuela de los años 50?

Era un escenario de incomparable modernidad, producto de la riqueza petrolera. Vivimos rodeados de arquitectura moderna.. Pienso por ejemplo en las Nubes flotantes de la Universidad de Venezuela, que es el Calder más grande del mundo… Yendo al colegio podías ver obras de grandes artistas como Alejandro Otero, Gego, Carlos Cruz-Diez, todo eso marca una sensibilidad, claro.

Hasta ahora ha hablado de responsabilidad, pero imagino que en el coleccionista hay también mucho placer.

Sí, claro, el placer de descubrir o de seguir una obra, el placer de encontrarla, de adquirila , de disfrutarla, el placer de la mirada es importantísimo. Es divertido y te llena el alma. Aunque las obras que adquirimos son para el acceso público, el placer de tenerlos para tu mirada, en tu propia casa, antes de que salgan al mundo, es un placer enorme. No hay obra que no ame.

¿Cuál ha sido su última adquisición?

Una obra de un joven artista de 18 años comprada hace unas semanas en Maracaibo. No diré su nombre, nunca lo hago, para no ser injusta con el resto. En la actualidad estamos apostando por artistas no ya emergentes sino preemergentes,.. Tenemos una suma de dinero muy modesta que es la que estamos dispuestos a gastar, porque eso nos obliga a buscar, a descubrir nuevos talentos. En el tope está el reto. Es más arriesgado pero hasta ahora he disfrutado de todas las obras que hemos comprado.

¿Todas cuelgan en un momento u otro en su vivienda?

Sí, prácticamente todas, Y a veces las más valiosas no están en el salón, a la vista de todos, sino en mi dormitorio.

El MoMA, la Tate, el Pompidou están comprando mucho arte latinoamericano… El director del Reina Sofía, Manolo Borja-Villel, tiene también la mirada puesta en Latinoamérica. ¿A qué responde este interés de pronto tan generalizado?

La aspiración final es que cuando tengamos otra entrevista dentro de diez o quince años ya no tengamos ya que hablar de la promoción de los valores culturales latinoamericanos porque su arte esté ya integrado en los museos. Esa es una batalla que está ya librada en lugares como el Macba, donde desde el principio en sus paredes cuelgan artistas sin importar su procedencia geográfica. Me encanta ese museo y mantenemos con él una relación estrechísima. Es lo mismo que sucedía en los primeros años del MoMA… Y estoy muy ilusionada con la Fundación Museo Reina Sofía, me parece un sueño muy hermoso el que impulsa Manolo Borja-Villel, la creación de una red de museos y coleccionistas del Sur con Madrid como eje central. Será algo grande, seguro.

¿Es el gran momento de Latinoamérica?

Sí, sin duda, y en ello también tiene que ver, qué duda cabe, el boom económico que está viviendo prácticamente toda Sudamérica, con algunas excepciones. Eso está provocando un renovado interés, aunque siempre he pensado que para Europa Latinoamérica ha sido una parte integral de su conciencia y ahora están intentando integrarlo. ¿Por qué ahora? Los medios de comunicación, con internet a la cabeza, hace que nos volvamos más hermanos, más curiosos los unos hacía los otros. Latinoamérica tiene que dar mucho en cultura y en arte. Siempre hemos estado en la vanguardia. Incluso en la época de la colonia Venezuela produjo muebles como la butaca, cuyo origen es la silla indígena, reclinada hacia atrás. Hasta entonces las señoras, con sus enormes vestidos, se sentaban en el extremo de la silla, de lo más formales, y colocaban la butaca en el dormitorio, para relajarse. Es un pequeño detalle, pero ese es un ejemplo de algo muy vanguardista que luego daría la vuelta al mundo. Cuando nos fuimos de llas mujeres las tenían en sus dormitoriso pero se relajaban. Venezuela, Brasil, Argentina, Uruguay… fueron centros importantísimos del modernismo.

(…)

Otros enlaces de interés: acceso a la exposición “La invención concreta” en el Museo Reina Sofía de Madrid.

Kathy Ryan, directora de Fotografía y Arte

Hoy La Contra (La Vanguardia) ha publicado una entrevista a Kathy Ryan, la directora de Fotografía y Arte del magacín de The New York Times. Historiadora del Arte de formación, es la encargada de decidir la portada del magacín, momento que vive intensamente, consciente de la repercusión que tiene. Es de las personas que todavía tiene fe en el poder de las imágenes para mejorar el mundo y celebrarlo.

¿Quién no tiene un smartphone para hacer una foto?

Ahora mismo se están haciendo billones por doquier.
Esas fotos no convierten a sus autores en fotoperiodistas, del mismo modo que silbar una melodía no te convierte en compositor.

¿Qué convierte a quien hace fotos en fotógrafo o fotoeditor?
Lo que te hace fotoperiodista es concebir, captar y editar una imagen que sea un símbolo perdurable en nuestra memoria. Si logras una imagen emocionante, esa emoción trasciende épocas y fronteras, y tus fotos serán un icono eterno y universal.

Por ejemplo.
Si pensamos en Vietnam, coincidirá conmigo en dos iconos: la niña aterrada, Kim Phuc, que corre desnuda por la carretera, del fotoperiodista Huynh Cong Nick Ut, y la del general Nguyên ejecutando a un vietcong, del fotoperiodista Eddie Adams.

Una guerra resumida en dos imágenes.
Si le pregunto por Afganistán, tendrá que pensar un poquito más, pero es muy probable que evoque la portada del National Geographic de aquella joven enigmática con capa roja que miraba al lector con ojos de un color verde indescriptible.

También está en la memoria de todos.
Es Sharbat Gula fotografiada por Steve McCurry. Y también recordará a la niña con el rostro comido por el ácido de los talibanes.

No es fácil olvidarla.
Intente ahora evocar iconos parecidos: desde el Che en el póster hasta Marilyn Monroe sobre la rejilla del metro de Manhattan intentado evitar que se le levante la falda.

Son eternos y universales.
La prueba es que usted y yo coincidimos en ellos desde continentes y generaciones diferentes. Pero ahora intente recordar una imagen reciente de… ¿Obama? ¿El Papa? ¿Madonna? ¿Los JJ.OO. de Londres?

Se me ocurren muchas, pero no una.
¡Porque no tienen una! Hay demasiadas imágenes de ellos vomitadas a cada instante por internet como para evocar sólo una.

La paradoja de la cantidad y la calidad.
Antes, cuando la polvareda de la actualidad se asentaba, podíamos empezar a discernir la historia, y también aparecían esos iconos, por lo menos era así antes de internet.

¿Por qué no va a ser también después?
Porque el ciclo de las noticias es hoy tan corto, frenético y espasmódico, una catarata de imágenes vomitadas cada segundo en las webs, que en el Times tememos quedarnos sin esos iconos que acreditan la excelencia en nuestro trabajo. Por eso nos sentimos hoy más necesarios que nunca: luchamos por la calidad de nuestra memoria visual universal. Para que transmita valores.

¿Es una cruzada?
Yo soy una visualista convencida y creo en el poder de las imágenes para explicar, resumir y simbolizar y dar un sentido a lo que pasa. Y, sí señor: es una misión.

¿Por qué cree que es tan importante?
Porque la infamia de los talibanes arrojando el ácido a la cara de la niña que quiere ir a la escuela será una lección inolvidable para todos -un manifiesto contra la tiranía- en ese icono. Igual que esas imágenes de Vietnam que citamos son un alegato eterno contra el horror y el abuso de la guerra.

Ahora mismo: ¿cómo demonios logra usted un icono del paro en España?
Esa carencia es también una denuncia contra lo que sucede. Poderes económicos sin rostro gobiernan nuestras vidas. La información económica es para nosotros una pesadilla recurrente. No sabemos cómo ilustrarla.

La foto de la cola del paro no dice nada.
Poner imagen a la economía es un reto que exige talento creativo. Pero le citaré alguno de nuestros intentos en otros campos.

Adelante.
Teníamos que hablar de los soldados muertos en Afganistán. Y al fotoperiodista se le ocurrió retratar las habitaciones vacías en EE.UU. de aquellos muertos en combate.

¿Una habitación vacía puede decir más que un rostro humano?
Porque el equipo logró que en aquellas fotos sin personas apareciera el alma y la tragedia de aquellas vidas perdidas. Eran habitaciones de adolescentes, lo que ponía en evidencia su juventud, y cómo sus padres las habían dejado intactas como un templo dedicado al hijo perdido que no olvidaban.


Allí estaban el póster de su ídolo del rock y del deporte junto a fotos de su familia, el colegio, su primera novia. Cuando las editábamos casi nos pusimos a llorar. Y si una foto es emocionante, será eterna.

Mis fotos de hoy son tonterías, pero las de hace 20 años no parecen tan malas…
Es esa calidad vintage que el Times, como La Vanguardia, diario centenario y cómplice con varias generaciones de lectores, ha cultivado con mucha respuesta.

¿Cómo?
Para reflejar el US Open de Tenis en Nueva York queríamos hablar de los clásicos: McEnroe, Sampras, Björn Borg, Andre Agassi… Y se nos ocurrió jugar al revival.

¿Los llamaron para posar?
Fichamos al comediante Andy Samberg, del Saturday night live, que los encarnó en las fotos, y fue divertidísimo. Nuestra mejor portada de estos años ha sido Andy posando como Borg y McEnroe, retratado además por el veterano fotógrafo deportivo Walter Iooss. Fue un celebrado match de la ironía cómplice con el lector.

David Ruano, fotógrafo de teatro

Traducción (catalán a castellano) de la entrevista realizada por Laura Serra al fotógrafo David Ruano, publicada en el periódico Ara. En ella habla de su trabajo para realizar los carteles de las producciones teatrales y de su relación con los artistas.

Los grandes teatros catalanes y madrileños, las mejores compañías y las grandes productoras siempre encargan las fotografías de escena a David Ruano (Girona, 1976). Los carteles del Teatre Nacional de Catalunya, del Romea o de las T de Teatre son suyos, por ejemplo. Es un hombre de acción, trabajador, apasionado. A los 15 años ya se dedicaba a la ilustración. A los veintipocos, la revista Escena le pidió que hiciera fotos de la Fira de Tàrrega y desde entonces no ha dejado la cámara. Tiene un archivo espectacular.

¿Dices que has hecho mil espectáculos en diez años?!
El ritmo es brutal. Fotografiamos entre 80 y 90 espectáculos al año.

¿Hay tanta producción teatral?
Trabajamos entre Barcelona y Madrid, sobretodo. Y en alguna producción de fuera.

Sois el único estudio especializado en fotografía de escena. Vuestros carteles de teatro han sido una pequeña revolución.
Suponogo que sí, pero ha sido muy inconsciente. Quizá por el hecho de venir de bellas artes, me apeteció componer, pensar en la imagen más allá de hacer fotos de ensayos, sobre todo desde que empecé a trabajar con Paco Amate. Ahora todos los carteles de teatro están un poco pensados, por sencillos que sean. Cuando empezamos podías ver auténticas soluciones, no eran ni propuestas.

¿Cómo habéis conseguido ser un referente?
Al cliente se le ponemos fácil: le echamos muchas ganas. Hacemos nuestros los proyectos, nos subimos al barco, nos sentimos parte de ello. Nos entregamos mucho. Tenemos ansia por trabajar.

¿Cómo es una sesión?
La gente cree que está todo muy pensado, y es infinitamente más espontáneo de lo que parece. No hay ni tanto attrezzo ni tanto Photoshop. Hay una estética nuestra.

¿Cuántas horas puede durar una sesión?
En el teatro no dan demasiada importancia a la imagen, y tenemos que apañarnos con tres horitas. En la música, como suele ser el proyecto vital de una persona, le dedican el día entero. El teatro se ha vuelto más higiénico, todo se ha seccionado, un actor hace muchas producciones al año, y la imagen es una factura más que tiene que pagar. Ahora, entre que no hay tantos recursos y con la fama que tenemos de que la liamos mucho, hay más reticencias. Las señoras de la limpieza del TNC no nos quieren ni ver! Normalmente el productor nos frena.

¿Qué necesitáis? ¿Más tiempo y dinero?
No. Queremos ilusión. Ahora es mala época para la locura, la creatividad y el riesgo. Todo debe asegurarse y justificarse, todo debe estar explicado, y así no se puede sorprender.

¿Lees mucho teatro para realizar las fotos?
No. Es imposible. Hace poco hemos tenido que arreglar las cámaras y hemos descubierto que, en menos de dos años, hemos disparado 250.000 veces con cada una. Son 500.000 clics. Si disparásemos de lunes a viernes, sale a mil fotos al día. ¡Imagínate! Nosotros tenemos un animal detrás nuestro que es la realidad. Trabajamos mucho, mucho, mucho. Y podemos imaginar grandes historias, pero la realidad se impone.

¿Qué te inspira para plantear las sesiones?
En el estudio hay más libros de pintura que de fotografía, porque la foto tradicionalmente se entiende como testimonio de la realidad y, en cambio, la pintura tiene la libertad de no estar ligada al hecho documental, no tiene tiempo. Nosotros, en un cartel, creamos una historia y le sacamos el tiempo, el espacio y el lugar, como si fuera una pintura.

¿Después hay muchas horas de retoque?
No. El secreto es que elaboramos mucho la foto original. Si hace falta, alquilamos un barco para fotografiar Barcelona al anochecer, como hicimos con la publicidad de los Mundiales de natación del 2013. Es muy difícil dar sello a una foto con Photoshop.

¿Se ha abusado del Photoshop?
No creo que sea una cuestión ética o moral. Utilizo el Photoshop hasta que creo que deja de ayudarme y me perjudica. Sí que me parece que se ha abusado de él, pero no estoy en contra de ello. El Photoshop no crea una buena foto, como máximo la pule. Y cada vez se usa menos.

Trabajas con grandes artistas, ¿hay divos y divas teatrales o es un mito?
En el teatro, a diferencia del cine y la moda, el actor conocido por cojones es un currante. La suerte de trabajar con divos del teatro es que no hay trampa: puedes ser más o menos estúpido, pero tienes que haber currado mucho. Y un currante sabe muchas cosas. En el teatro, un divo no tiene menos de 50 años, o sea que lleva 30 trabajando. Seguro que se ha dado ostias. Yo, los carácteres especiales los agradezco. Una Lizaran, un Mario Gas, un Pasqual, son una generación que tiene carácter y lo muestra. Creo que esto debe protegerse.

Entrevista a Yann Arthus-Bertrand

El conocido Yann Arthus-Bertrand nació en París y vive en una casa en un bosque. Se define como fotoperiodista y ecologista amoroso, de ahí que haga lo que hace: enseñarnos la espectacular belleza del planeta Tierra para que lo amemos. El año pasado fue entrevistado por Víctor-M. Amela para La Contra de La Vanguardia y este fue el resultado, titulado “Vivimos sobre una obra de arte irreproducible”:

Sus fotos son espectaculares…
He querido mostrar la belleza de este planeta desde un ángulo insólito para los humanos.

Desde el aire.
Sí, algo impensable hasta hace un siglo. Se podía desde alguna montaña, desde un globo… ¡Me emociona ver cosas que sé que nadie ha visto antes!

¿Qué le ha asombrado más?
La naturaleza fractal del mundo: los afluentes de un río semejan las venas de una mano… ¡Ver la Tierra desde el aire es casi igual a mirar por un microscopio!

Sólo cambian las escalas.
Por eso a veces incluyo personas o animales en la foto, para que se entienda la escala. Lo formuló bien Pascal: “Lo infinitamente grande semeja a lo infinitamente pequeño”.

¿Cómo empezó usted a hacer fotos?
¡Volando en globo, precisamente! Yo era piloto profesional de globos aerostáticos.

¡Curioso oficio!
Conocí en París a mi mujer, etóloga, me enamoré… y la acompañé a Kenia: ella viajaba allí para hacer su doctorado sobre el comportamiento de los leones.

Romántica historia.
Y allí decidí usar el globo para seguir a los leones desde arriba…

Debía de ser una preciosa perspectiva.
Sí, y comencé a hacer fotos: me convertí en fotógrafo. El periodo más feliz de mi vida.

Hoy ha fotografiado todo el planeta.
Para que lo amemos.

¿No lo amamos?
Sabemos que todos los indicadores anuncian el desastre medioambiental… ¡pero no queremos creerlo! Nos negamos a cambiar de actitud. ¡Necesitamos una revolución!

¿Qué revolución?
¡Una revolución espiritual! No vendrá de la política, sino de la conciencia. Y por eso hago fotos y documentales: para fomentarla. ¡Todos somos responsables!

¿A qué se refiere?
Rechazo el discurso ecologista maniqueo que culpa a los magnates del petróleo y exculpa a los consumidores por víctimas. ¡No, no, no! Cada vez que tú llenas de gasolina tu coche, tú eres corresponsable: colaboras en un sistema dañino para el planeta.

¿Y cómo vive usted?
Con la máxima conciencia y dejando la mínima huella medioambiental. Vivo retirado en el campo, cada mañana paseo por el bosque con mi perro, abrazo árboles…

¿Abraza árboles?
Siento su energía poderosa. Para mí estas vivencias son muy importantes. Y ahora ya sabemos que los árboles de un bosque se comunican entre ellos…

¿Sí?
Mediante señales químicas, sí. Y parece que las bacterias de ciertos árboles pueden atraer tormentas. Yo no sé vivir en el asfalto. Necesito sentir los pies en la tierra, aunque tenga la cabeza en las nubes, ja, ja… Soy ecologista, pero vitalista, no político.

¿Por qué no político?
Los ecologistas de partido no aman a los demás. Les falta una actitud más compasiva. No me interesa. El ser humano es un animal empático: eso es lo que quiero fomentar.

¿Cuál era su vocación siendo niño?
La de huir. No era feliz en la escuela: las escuelas eran muy autoritarias, y yo no soportaba la autoridad. Fui expulsado de catorce escuelas.

¡Catorce!
Por eso tiene su gracia que haya en Francia doce escuelas con mi nombre. Hoy los niños en las escuelas pueden ser felices…

¿Qué hizo después de la escuela?
Me escapé de casa a los 17 años y viví a lo loco en París, trabajando como actor en algunas películas… pero lo hacía fatal.

¿Qué piropo a sus fotos le ha colmado?
“¡Ver esto ha cambiado mi modo de ver la vida!”, me han dicho a veces.

Usted comunica bien.
Si no amas a la gente, ¡mal harás tu trabajo de periodista! ¿Lo sabes, no? Es imprescindible amar a los demás para comunicar.

¿Qué foto le gustaría hacer ahora?
Una de la Tierra desde la órbita terrestre.

¿Qué paisaje le ha impactado más?
La Antártida, con sus valles pétreos, secos, barridos por vientos… Y, por sus colores, el parque natural de Yellowstone.

¿Qué medio aéreo es el idóneo para hacer sus fotos?
El helicóptero. Permite encuadrar desde todos los ángulos y alturas, aunque también es el más peligroso.

¿Ha tenido algún percance grave?
Hacía fotos en Nueva Orleans, cuando el Katrina, y mi helicóptero cayó: ¡era una muerte segura! Pero un árbol nos salvó milagrosamente. El helicóptero se partió en dos.

¿Qué aprendió de esa experiencia?
Salí ensangrentado… con la imperiosa necesidad de hacer dos cosas: una, llamar a mi mujer; y dos, beber un vaso de vino.

¿Y eso?
Comprendí que mi patria son mi mujer y lo que representa el vino para mí: mi tierra, mis amigos, la alegría de vivir…

Representa que seguimos aquí.
Y deberíamos seguir, pero sin dejar tanta huella. Desde el cielo veo que ya no hay rincones vírgenes en el planeta. ¡Vivimos sobre una obra de arte irreproducible!

Cuidémosla o… ¿qué?
El futuro está en nuestras manos, y pasa por el amor: amemos el mundo, amémonos… y vendrán las soluciones. ¡Ya es demasiado tarde para ser pesimista!

Digresiones sobre la fotografía

El País reunió a Ramón Masats, Isabel Muñoz y Chema Madoz, tres fotógrafos españoles de prestigio internacional, para charlar sobre su vida y su oficio:

Sus imágenes han viajado por museos y galerías de todo el mundo. Ramón Masats (Caldes de Montbui, Barcelona, 1931), Isabel Muñoz (Barcelona, 1951) y Chema Madoz (Madrid, 1958) participan este mes en varias conversaciones sobre la fotografía en España, organizadas por la editorial La Fábrica y la cadena de tiendas Fnac. Madoz y Masats son premios nacionales (2000 y 2004, respectivamente) “e Isabel lo será en el futuro”, augura el veterano fotorreportero catalán. EL PAÍS los ha reunido delante de un café para que charlen sobre su vida y su obra. También, sobre las luces y sombras de la fotografía en España.

De izquierda a derecha, Ramón Masats, Isabel Muñoz y Chema Madoz, por Luís Sevillano.

Pregunta. Hoy todo el mundo hace fotos, con móviles, cámaras digitales, iPad… ¿esta popularización banaliza la fotografía?

Ramón Masats. A mí es que no me interesan las cámaras digitales…

Isabel Muñoz. Tú no las necesitas, Ramón, has hecho fotos maravillosas. ¿Qué cámaras tienes?

R. M. Dos leicas, dos nikon y una Hasselblad. Le regalé una digital a mi mujer para que hiciera ella las fotos de familia… Yo creo que lo que vulgariza la fotografía es que cualquiera que tiene una camarita dice que es fotógrafo.

Chema Madoz. Yo creo que cuanta más gente haya, más posibilidades habrá de que alguien dé con un trabajo interesante…

I. M. Estamos en una explosión de la fotografía y es maravilloso que todo el mundo tenga acceso para contar cosas. La cámara es testigo de cantidad de cosas que antes no podíamos contar.

P. ¿Esta perfección tecnológica ha convertido al medio en el mensaje, como decía McLuhan?

I. M. Es que la técnica te ayuda si tienes algo que contar, si no…

R. M. Lo complicado es la facilidad para hacer fotos que hay hoy. Porque esa facilidad puede distraerte de lo que debes contar. Tu cabeza se puede ir a lo sencillo y no a la profundidad, es peligroso para quien inicia el camino.

C. M. Lo digital solo lo he utilizado en ocasiones contadas. Lo que me da lástima es que desaparezca lo analógico. Son dos maneras de enfrentarse a la fotografía y una no debe anular a la otra. Uso lo analógico porque entronca con mi discurso y así seguiré…

R. M. Hasta que te deje la Kodak…

I. M. Pero no os preocupéis. Desaparecerán la Kodak y otras, pero siempre habrá un grupo pequeño de fotógrafos que seguirán fabricando ese material.

C. M. Si llegamos a eso, la cosa se va a poner muy complicada.

R. M. Es que a las empresas lo que les interesa es ganar dinero, y ahora el dinero está en lo digital.

I. M. Yo estoy en un momento de cambio. Es que lo digital es tan perfecto… yo, según para qué trabajos, necesito un poco de imperfección.

P. ¿Y el Photoshop? De vez en cuando vuelve la polémica sobre su uso, sobre si falsea…

I. M. Yo soy un poco reacia, pero me sirve como ampliadora. Me gustan las fotos reales y si el bailarín debe saltar 70 veces para lograr lo que quiero, tendrá que hacerlo. No me interesa conseguirlo de otra forma.

P. Sus trabajos son sobre todo en blanco y negro. ¿Por qué?

R. M. En mi caso porque era lo que me pedían en la revista

[Masats comenzó a mediados de los cincuenta]. Pero cuando regresé a la fotografía en 1982, tras 18 años en el cine, el editor me pedía color. Y yo siempre hago lo que me mandan. (Isabel Muñoz y Chema Madoz ríen).

I. M. Te crece la nariz por momentos, Ramón. Tú siempre has hecho lo que te ha dado la gana.

R. M. Ah, eso sí. Pero yo no comulgo con la nostalgia del blanco y negro. No minusvaloro el color.

C. M. Fíjate que el color lo puedes datar con gran facilidad. Sabes si una foto en color es de los cincuenta o de los setenta. Pero una hecha en blanco y negro está en un territorio más movedizo, puede ser de ayer o de hace 80 años.

I. M. A mí me gusta más el blanco y negro porque es intemporal, por su misterio. Pero hay historias que se deben contar en color.

R. M. Yo cuando hacía reportajes nunca sabía si lo iba a hacer en blanco y negro o color. Hasta llegar al sitio no decidía y no sé por qué.

P. De no haber sido fotógrafos, ¿dónde estarían? Alberto García-Alix declaró que la fotografía le había salvado de estar en la cárcel o en una oficina…

R. M. Yo habría seguido vendiendo bacalao en el mercado de Terrassa. Trabajé con mi padre en el puesto hasta que empecé a hacer tonterías. La prueba fue el reportaje de los Sanfermines , se lo enseñé a Oriol Maspons y a Xavier Miserachs y me animaron a seguir.

P. Pero usted le sisó dinero a su padre para comprarse una cámara…

R. M. Y para irme de juerga…

C. M. En mi caso me agarro a la segunda parte de la frase de Alberto. El escaso atractivo de la oficina me empujó a salir de allí. Lo único que me gustaba era hacer fotos.

I. M. De pequeña me habría gustado ser bailarina. Pensé incluso en hacer Ciencias Exactas pero el destino me llevó a la fotografía. Además, en un momento muy duro de mi vida el hacer fotos me ayudó a estar ahora aquí… siempre digo que le debo mucho a este oficio.

P. Los tres han recibido reconocimiento dentro y fuera de España por su obra. Masats fue uno de los renovadores de la fotografía española en los cincuenta, hizo las fotos para libros de Delibes y Aldecoa. Muñoz ha retratado etnias en medio mundo y el estilo de Madoz, con sus poemas visuales, esos objetos en los que nada es lo que parece, es inconfundible. Fue el primer fotógrafo español en vida al que un museo dedicó una retrospectiva, el Reina Sofía en 1999. ¿Han sentido en sus respectivas trayectorias el apoyo de las instituciones? ¿creen que aquí se trata a la fotografía como merece?

I. M. En los últimos años se ha hecho mucho, pero nunca es suficiente. Están PhotoEspaña, los centros culturales…

R. M. Cuando yo empecé, en el 54, no había nada. Ahora cada autonomía quiere su museo de la fotografía, cuando debería haber uno nacional. Es que aquí hay fotógrafos magníficos. También está el problema de que no salimos, de que no nos damos a conocer.

C. M. Se ha avanzado pero es que veníamos de un panorama desolador. En Francia, Alemania e Inglaterra es muy distinto. Tenemos grandes creadores pero sin peso internacional…

R. M. Los pintores españoles tuvieron que irse a París para ser reconocidos, pero ¿qué nombres de la fotografía tenemos en el extranjero?

C. M. Se necesita un cambio de actitud, en primer lugar de los propios fotógrafos.

R. M. Mira, hay quien te dice que se hace cargo de tu archivo, que te lo escanean, que lo ponen en una cámara refrigerada… pero a mí eso me da igual porque ya lo hace mi hijo, y muy bien. Son ofertas muy vagas…

P. ¿Qué relación tenéis con vuestras obras? “Una vez colgada la foto, me desprendo de ella”, ha dicho Chema Madoz.

C. M. Es que tengo esa sensación. Cuando haces una imagen ves que gran parte de los espectadores responden a la intención que has puesto. Pero se te escapa cuando se publica o se cuelga. (Masats hace el gesto de lavarse las manos).

R. M. Y dices “he hecho lo que podía”, y a mí me pasaba igual. Mira, yo tengo un problema con la foto del puto cura parando el balón… (Risas). [Masats se refiere a su instantánea más famosa, la del religioso que hace una estirada a lo Casillas en un campo nevado]. Parece que solo he hecho una foto en mi vida. Acabo odiándola porque siempre publican la misma. Pero bueno, ya no hago nada desde hace 12 años… no tengo más necesidad de expresarme. He trabajado como un animal, y eso que he sido un vago. Ahora lo que me gusta es leer y estar en casa tranquilo. La fotografía se ha muerto para mí, es muy curioso.

I. M. Yo espero morirme con el dedo en el disparador. Esto me encanta.

R. M. ¿Sí? Yo disfrutaba muchísimo pero decía “ya veréis lo gandul que seré”…

I. M. Pues no lo has demostrado, Ramón, te has movido mucho, con valentía, en una época que no era fácil.

R. M. Yo os admiro porque tenéis un estilo. Yo nunca lo he tenido porque he hecho de todo: fotografiar cuadros, hacer bodas -desde la del Rey a la de La Chunga-, de pararazzi, toros… Ahora, fuera lo que fuera, siempre con ilusión. La vida me obligó a dispersarme, por eso no tengo un estilo pero sí gran fuerza. Pero se acabó.

Hora y media de conversación toca a su fin. Isabel Muñoz y Chema Madoz se marchan rápido. Los dos tienen trabajo y una agenda que seguir. Masats se queda ojeando los libros de fotografía del vestíbulo de La Fábrica y se lleva Más real que la realidad, W. Eugene Smith, y Obras maestras, de Ricard Terré. Después, el hombre para el que la fotografía ya murió se ajusta la gorra del chubasquero y se aleja despacio calle abajo en la lluviosa noche madrileña.

por Manuel Morales El País, Madrid – 04/11/2011

Enlace a la publicación original aquí.

Entrevistas a Isabel Muñoz, fotógrafa

Aquí puede verse la entrevista que realizó David Cantero a Isabel Muñoz para el desaparecido canal Cutlural de RTVE el año pasado. En ella, además de hablar de su trayectoria y motivaciones, explica algunas de sus fotografías, dotándolas así de un sentido y un valor antes imposibles. Y es que a menudo una imagen necesita más que mil palabras.

Más abajo, una entrevista realizada por el canal alternativo ruso RT con motivo de una exposición que la fotógrafa presentaba en Moscú el verano pasado :

Jacques Trudeau, titiritero

Jacques Trudeau por Mané Espinosa

Interesante entrevista al titiritero canadiense Jacques Trudeau con motivo del TOT Festival de Titelles i Teatre d’Objectes de Barcelona que se celebró la semana pasada, publicada en La Contra de La Vanguardia.

Tengo 62 años. Nací y vivo en Montreal (Canadá), pero mi oficina está en Francia, en Charleville- Mézières, la ciudad del títere, desde que soy secretario general de la Unima. ¿Política? Respetar todas las culturas. Creo en la energía global, que está en cada humano, animal y objeto.

Este hombre tímido, secretario general de la Unión Internacional de la Marioneta (Unima), se ha pasado 20 años con una capucha siendo Bilbo, el hobbit de El señor de los anillos, y estremeciendo al público con su adaptación de los cuentos eróticos de los indios de Canadá, recuperando sus fantásticas máscaras y sus leyendas. Actuaron ante ellos y el gran elogio fue: “¡Ahora entiendo lo que decía mi abuela!”. La obra recibió infinidad de ofertas de todo el mundo. “Fue increíble ver como a través de una cultura que se estaba muriendo surgieron valores profundos que todos entendemos”. Pero para Jacques hay algo fundamental: “No tomarse demasiado en serio, porque eso nos crea conflictos”.

Títeres con alma?

Seguro, cada personaje tiene su alma; y es más: el títere ayuda al titiritero a encontrar su propia alma.

Cuénteme.

… Porque aunque nosotros lo manipulemos, él nos empuja, nos da la fuerza cuando estamos realmente involucrados en el personaje; así que ¿quién manipula a quién?

¿?

Yo me he sorprendido muchas veces, el títere me ha hecho hacer cosas que ni siquiera se me habían ocurrido.

¿Y le ha ocurrido muy a menudo?

He trabajado durante 40 años en la compañía Théâtre sans Fil, manipulando títeres de uno a cuatro metros de altura. La familia Tolkien nos cedió los derechos para adaptar la gran obra de El señor de los anillos antes de que se llevara al cine.

¿Cuál era su personaje?

El hobbit. Lo manipulé 1.200 veces por todo el mundo y jamás hubo dos funciones iguales. El mago Gandalf escoge a Bilbo, un hobbit muy convencional, para devolver el anillo de poder al fuego y que se acaben las guerras, pero…

… No me cuente el libro, Jacques.

¡Es que he pasado 20 años haciendo ese personaje y me fascina!, y he acabado pareciéndome a él. Me dio la humanidad de saber escuchar, de estar muy presente.

Fue usted quien le dio la personalidad.

No se engañe, un títere es la encarnación de un carácter y tiene su personalidad más allá del que mueve los hilos, por eso no es baladí esa pregunta de quién manipula a quién. Y en la vida ocurre lo mismo.

¿A qué se refiere?

¿Qué parte de mí está manipulando en estos momentos mis palabras, mi sentir, mi vida?… Muy pocas veces tenemos consciencia de ello. Déjeme que le cuente un espectáculo holandés que me fascinó.

Adelante.

El títere se da cuenta de que muy por encima de su cabeza hay un manipulador moviendo los hilos de su vida, así que trepa por los hilos y trata de matarlo porque quiere ser libre. A menudo nuestra vida es así: todos queremos ser libres y sabemos que hay hilos que nos mueven. Si somos conscientes podemos romperlos.

Pero siempre aparecen nuevas manos invisibles dispuestas a tejer nuevos hilos. Ya ve.

El títere es símbolo del ser humano.

Sí, somos seres frágiles como él en un mundo que no siempre controlamos. Pero nos esforzamos por controlar nuestra propia vida, de la misma manera que el titiritero trata de controlar su títere.

Entiendo.

He pasado cuarenta años de mi vida con la cabeza cubierta por una capucha negra, nadie me conocía, la estrella era el personaje. Al actor la gente lo reconoce, al titiritero nadie lo reconoce.

Usted ha formado parte de los dos mundos.

Abandonar al actor fue una liberación. En la personalidad del actor hay algo extremadamente frágil porque está siempre representando: incluso cuando no actúa es su propio personaje. Pero fíjese en el bunraku.

Milenario arte japonés.

Un títere de un metro con gran expresividad: se le mueven los ojos, la boca. El maestro invierte 15 años en realizarlo y lo mueve anónimamente; sólo cuando ya es un gran maestro descubre su rostro. En 1660 era el arte más reconocido en Japón y, de hecho, el kabuki (teatro japonés) imita a esos títeres.

¿Muere el teatro de títeres?

Hay un renacer. Ahora con la crisis los jóvenes están desarrollando nuevas formas, está naciendo un teatro de títeres con objetos.

Muy representativo.

Sí, todos los objetos que están en su mundo cotidiano aparecen en el del títere, objetos que toman vida y que se adaptan a pequeños espectáculos muy imaginativos. Y es curioso porque hacen títeres sin cuerpo, cabezas con manos, pies… el cuerpo está dividido como nuestra cabeza.

Da que pensar.

El arte es siempre un espejo. Y es muy interesante construirse uno mismo un títere porque siempre el primero es la proyección de ti mismo.

¿La crisis favorece el arte?

Creo que sí, aunque decir esto es duro. Compañías importantes que habían sido durante años subvencionadas tienen que volver a empezar hoy de cero: si te lo tomas bien… Hay que escuchar los signos de la vida, porque de repente los vientos cambian y a veces viene un huracán. Hay que estar preparado y la mejor manera es viviendo en el presente.

Luchando pero sin lamentarse.

A mí me emociona cómo reacciona un niño frente a un títere: se llena de alegría como si reconociera a un semejante. Y eso es lo que un títere, capaz de emocionar, le da a un adulto: le devuelve sensaciones de la infancia, recupera lo que tiene de sagrado la infancia.

¿Y qué es?

La apertura al mundo. Permítame que le cuente mi historia favorita.

La de un hombre que tiene un niño dentro y que no quiere que se muera. Para mantenerlo con vida, cada noche le cuenta una historia. Porque son las historias las que nos hacen crecer.