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La responsabilidad del coleccionismo

Aunque ella se defina como coleccionista, Cindy Mack la calificaría también como artista. Y es que Patricia Phelps de Cisneros es una mecenas venezolana para la que “coleccionar es un placer, pero sobre todo es una responsabilidad. La responsabilidad de investigar, de generar conocimiento y de compartirlo con los demás”. He aquí algunos fragmentos de una reciente entrevista.

Retrato de Patricia Phelps en el Caixa Fòrum de Barcelona, por Xavier Cervera.

Retrato de Patricia Phelps en el Caixa Fòrum de Barcelona, por Xavier Cervera.

(…)

Pese a su magnitud, la Colección Patricia Phelps de Cisneros no cuenta con una sede permanente de exhibición. ¿Cuál es la razón?

La decisión de no construir un museo propio la tomamos muy tempranamente. No hubo dudas. Nos dimos cuenta de que la mejor manera de servir a nuestra misión, la de dar a conocer el arte y la cultura latinoamericana, era creando un programa muy activo de préstamos. Que las obras viajaran de aquí para allá y pudieran ser contempladas por un público lo más numeroso y diverso posible. En este momento debemos tener entre 400 y 500 piezas viajando por el mundo.

Una apuesta valiente. Hasta los museos son cada vez más reticentes a que las obras salgan de sus edificios.

Es que no tengo ningún sentido de la propiedad, no la merezco. Siento que estoy aquí, en este mundo, para cuidar estas obras, para darlas a conocer, para estudiarlas, para servirlas… Para servir al público que esté interesado… Coleccionar no es acaparar un cierto número de objetos sin sentido. Lo fácil es comprar. Lo dificultoso es cultivar el conocimiento de lo que atesoras. Y en este sentido no se me ocurre mejor aliado que un museo. ¿Qué mejor paredes para mostrar nuestras obras que el MoMA, la Tate, el Macba o la Fundació Miró, donde presté una Constelación para la gran exposición Miró? Y volviendo a su pregunta anterior, el por qué no tenemos un museo, le diré también que no me parece justo imponerles ese legado a nuestros hijos. No sería correcto pedirles que se hagan cargo de la colección cuando sus intereses pueden ir por otro lado…

Esa voluntad pública de la colección, ¿existía ya en el origen o se fue gestando poco a poco? ¿Qué es lo que despertó sus ganas de compartir?

Mis padres no eran coleccionistas, aunque el coleccionismo siempre formó parte de mi vida gracias a mi bisabuelo, William Henry Phelps, ornitólogo e intrépido explorador, que reunió la colección privada de aves tropicales más extensa del mundo. Era muy riguroso en los procesos de conservación y documentación. Creo que de ahí viene mi impulso por coleccionar y también la idea de que poseer sólo es una faceta del coleccionismo y que el estudio, el cuidado y la difusión del conocimiento es lo que lo que enriquece el proceso. Pero en todo caso nunca me propuse ser coleccionista o hacer una colección. Ha sido algo muy orgánico que ha ido creciendo poco a poco. La colección Orinoco, por ejemplo, nace a raíz de nuestras expediciones por el Amazonas venezolano, cuando nos damos cuenta de que la cultura de los pueblos indígenas estaba desapareciendo. Y es entonces cuando lo que hasta entonces habían sido recuerdos de viaje empiezan a formar parte de una colección sistematizada pensada para preservar una cultura y darla a conocer a los demás. La colección Orinoco cuenta hoy con 1.400 objetos etnográficos de doce grupos indígenas y la han visto más de siete millones de personas en todo el mundo. Me siento muy orgullosa. Pero usted me preguntaba por el origen, y creo que tiene que ver con la Venezuela en la que me crié.

¿Cómo recuerda la Venezuela de los años 50?

Era un escenario de incomparable modernidad, producto de la riqueza petrolera. Vivimos rodeados de arquitectura moderna.. Pienso por ejemplo en las Nubes flotantes de la Universidad de Venezuela, que es el Calder más grande del mundo… Yendo al colegio podías ver obras de grandes artistas como Alejandro Otero, Gego, Carlos Cruz-Diez, todo eso marca una sensibilidad, claro.

Hasta ahora ha hablado de responsabilidad, pero imagino que en el coleccionista hay también mucho placer.

Sí, claro, el placer de descubrir o de seguir una obra, el placer de encontrarla, de adquirila , de disfrutarla, el placer de la mirada es importantísimo. Es divertido y te llena el alma. Aunque las obras que adquirimos son para el acceso público, el placer de tenerlos para tu mirada, en tu propia casa, antes de que salgan al mundo, es un placer enorme. No hay obra que no ame.

¿Cuál ha sido su última adquisición?

Una obra de un joven artista de 18 años comprada hace unas semanas en Maracaibo. No diré su nombre, nunca lo hago, para no ser injusta con el resto. En la actualidad estamos apostando por artistas no ya emergentes sino preemergentes,.. Tenemos una suma de dinero muy modesta que es la que estamos dispuestos a gastar, porque eso nos obliga a buscar, a descubrir nuevos talentos. En el tope está el reto. Es más arriesgado pero hasta ahora he disfrutado de todas las obras que hemos comprado.

¿Todas cuelgan en un momento u otro en su vivienda?

Sí, prácticamente todas, Y a veces las más valiosas no están en el salón, a la vista de todos, sino en mi dormitorio.

El MoMA, la Tate, el Pompidou están comprando mucho arte latinoamericano… El director del Reina Sofía, Manolo Borja-Villel, tiene también la mirada puesta en Latinoamérica. ¿A qué responde este interés de pronto tan generalizado?

La aspiración final es que cuando tengamos otra entrevista dentro de diez o quince años ya no tengamos ya que hablar de la promoción de los valores culturales latinoamericanos porque su arte esté ya integrado en los museos. Esa es una batalla que está ya librada en lugares como el Macba, donde desde el principio en sus paredes cuelgan artistas sin importar su procedencia geográfica. Me encanta ese museo y mantenemos con él una relación estrechísima. Es lo mismo que sucedía en los primeros años del MoMA… Y estoy muy ilusionada con la Fundación Museo Reina Sofía, me parece un sueño muy hermoso el que impulsa Manolo Borja-Villel, la creación de una red de museos y coleccionistas del Sur con Madrid como eje central. Será algo grande, seguro.

¿Es el gran momento de Latinoamérica?

Sí, sin duda, y en ello también tiene que ver, qué duda cabe, el boom económico que está viviendo prácticamente toda Sudamérica, con algunas excepciones. Eso está provocando un renovado interés, aunque siempre he pensado que para Europa Latinoamérica ha sido una parte integral de su conciencia y ahora están intentando integrarlo. ¿Por qué ahora? Los medios de comunicación, con internet a la cabeza, hace que nos volvamos más hermanos, más curiosos los unos hacía los otros. Latinoamérica tiene que dar mucho en cultura y en arte. Siempre hemos estado en la vanguardia. Incluso en la época de la colonia Venezuela produjo muebles como la butaca, cuyo origen es la silla indígena, reclinada hacia atrás. Hasta entonces las señoras, con sus enormes vestidos, se sentaban en el extremo de la silla, de lo más formales, y colocaban la butaca en el dormitorio, para relajarse. Es un pequeño detalle, pero ese es un ejemplo de algo muy vanguardista que luego daría la vuelta al mundo. Cuando nos fuimos de llas mujeres las tenían en sus dormitoriso pero se relajaban. Venezuela, Brasil, Argentina, Uruguay… fueron centros importantísimos del modernismo.

(…)

Otros enlaces de interés: acceso a la exposición “La invención concreta” en el Museo Reina Sofía de Madrid.

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Tracey Moffatt

Up in the Sky 16, 1997. By Tracey Moffatt.

Up in the Sky 16, 1997. By Tracey Moffatt.

Sobre la función del arte

Huella 25406 (2006). Pirografía de vidrio sobre papel. Tríptico, 30×68″. De Etsuko Ichikawa.

Huella 18906 (2006). Pirografía de vidrio sobre papel. Tríptico, 30×22,5″. De Etsuko Ichikawa.

Huella 839 (2009). Pirografía de vidrio sobre papel. Tríptico, 22,5×15″. De Etsuko Ichikawa.

Las siguientes palabras, extraídas ni más ni menos que de un libro de macroeconomía, concretamente del último que acaba de publicar el presidente de la Bolsa de Barcelona, constituyen un buen argumento para escépticos acerca de la función y utilidad del arte:

El arte anticipa el cambio filosófico, y este, el cambio científico y tecnológico. El artista percibe antes que los demás la problemática cambiante de la humanidad y genera emociones que originan creencias, las cuales configuran actitudes que, en definitiva, derivan en conductas. Este proceso converge en arquetipos y metáforas que facilitan la formación de hipótesis aptas para el análisis científico. Potenciar la educación artística en la población incide en la creatividad, y esta impulsa la capacidad emprendedora (…) El arte ayuda a disponer de individuos y de sociedades creativas.

Macroeconomía, de Joan Hortalà (Ed. Vicens Vives, 2010)

(fotografías de Davidson Galleries)

Autentificar la obra de arte

El genial Miguel Ángel Buonarroti, en contra de la opinión de Leonardo, sostenía que la escultura era superior y más auténtica que la pintura porque permitía plasmar las tres dimensiones del espacio. Da Vinci replicaba diciendo que sólo con la pintura o el dibujo puede representarse una tormenta o un atardecer. Esto ocurría a finales del siglo XV. MiguelÁngel,23 años más joven que Leonardo, abandonó la pintura y trabajó como escultor para Lorenzo el Magnífico con apenas 20 años.

Se cuenta que algunas de las esculturas que realizó, tras un proceso de manipulación y enterramiento, consiguió venderlas como obras originales de la Antigua Grecia. Es curioso que el artista que defendía la escultura como algo auténtico y real ejerciera también como anticuario de obras falsas.

Nos encontramos ante una gran paradoja, ya que esas esculturas, sin duda falsas en el siglo XV, son en la actualidad obras patrimoniales de valor incalculable. Estamos ante un concepto, el de autenticidad, que en este caso parece ambiguo o, como mínimo, subjetivo, ya que unas obras falsas son obras auténticas de Miguel Ángel.

Imaginemos que un lienzo excelente fue ejecutado hace un siglo por un artista fallecido hace seis o siete décadas y que la sociedad reconoce como un gran maestro. Por la causa que sea, el cuadro no se firmó (ha ocurrido muchas veces). ¿Qué tendríamos ante nosotros si hoy la pintura apareciese firmada? Una respuesta trivial: se trata de un cuadro auténtico con una firma falsa. Pero esto sólo sería posible afirmarlo si conociésemos toda la historia de la pieza, cosa muy difícil e infrecuente en los entornos comerciales. ¿Por qué se firmó? Por supuesto, se trata de un hecho injustificable, aunque también es verdad que una pregunta, por no decir una exigencia, habitual de la clientela es: ¿no está firmado este cuadro? Al respecto, recuerdo la frase de un amigo galerista cuando se preguntaba “si los cuadros se firmasen por detrás, ¿quién entendería de arte?”. La firma es al cuadro lo que la marca es a la ropa.

Por otra parte, si se adquiere otro tipo de bien, un coche, un televisor o un piso, se acompaña de un permiso de circulación, de una factura o de una escritura. ¿Qué documentación acompaña a la mayor parte de las obras que el mercado pone a la venta? Existe el “experto”, el “certificado”, o simplemente nada. ¿Quién avala profesionalmente esa experiencia o esa certificación? Veamos qué ocurre en la Unión Europea. El Laboratorio de Investigación de los Museos de Francia, perteneciente al Ministerio de Cultura de ese país, recomienda que para atribuir la autoría de un objeto artístico deben converger, como mínimo, tres ejercicios profesionales.

El primero es aceptar que una obra es una realidad fisicoquímica (Da Vinci: sin materia, no hay obra). Por tanto, no debe ser considerada aquella obra posterior a la época de la posible atribución. Aquí es donde las nuevas tecnologías no destructivas pueden ser de ayuda imprescindible.

La segunda tarea es la descripción de la obra por un especialista que la reconozca por el parecido con las obras de un artista conocido, pero recalcando también las diferencias con otros artistas próximos; será necesario después validar o, eventualmente, rechazar la pieza. Y la tercera, complementaria a las precedentes, dará acceso a una atribución definitiva.

Esta actividad contempla la historia documentada de la obra, testimonios de archivos, evidencias concretas de pertenencia a una colección antigua (la cual, a su vez, debe ser fidedigna) y coincidencia con múltiples inventarios. Y la concordancia de esas tres premisas, ¿será suficiente para atribuir definitivamente una obra de arte a un determinado autor?

En matemáticas a esto se le llama una condición necesaria pero no suficiente. Lo que está claro es que si la primera premisa no se cumple, no proceden ni la segunda ni la tercera. La ciencia, por tanto, puede ayudar mucho a la catalogación de las obras de arte. Algún ejemplo. ¿Puede ser un cuadro de un artista barroco (siglo XVII) si se ha identificado azul de Prusia, pigmento patentado en 1704? ¿Pudo pintar Joaquín Sorolla, que murió en 1923, con blanco de titanio, introducido en pintura en 1926? El algodón llegó a Europa a principios del siglo XVI. ¿Pudo emplearlo Leonardo para sus telas?

Hoy, con la tecnología láser Raman, que aporta información molecular de pigmentos y aglutinantes, con la reflectografía IR, que permite ver dibujos y firmas subyacentes, y con otras tecnologías no invasivas, se da cumplida respuesta a este tipo de preguntas. Y volviendo a la cuestión nada baladí de las firmas, ¿pagaría uno de nuestros bancos actuales un cheque firmado con pincel?

La ciencia al servicio del arte, por Sergio Ruiz-Moreno, La Vanguardia 7/3/2010

Más detalles sobre el análisis científico de obras de arte, aquí.

Escultor de uranio

Me hubiera encantado poder escuchar a James Acord hace tres semanas cuando estuvo en el festival The Influencers, en Barcelona. Pero como suelen decir, a falta de pan, buenas son tortas. Aquí está la entrevista que le realizó Ima Sanchís para La Contra de La Vanguardia, publicada el pasado 9 de febrero.

“Quiero aplicar la tecnología nuclear al arte”

James Acord, escultor, hacedor de Custodia de un caballo gris con el corazón de uranio: Tengo 65 años. Nací y vivo en Seattle (Washington). Estoy divorciado. Fui a una escuela privada de arte y soy el único individuo con licencia para trabajar con materiales radiactivos. Utilizo la ciencia como herramienta para mi arte. He votado a Obama. Soy ateo.

De niño tenía un kit nuclear, hoy prohibidísimo, y me encerraba en los armarios para ver las chispitas que hacía el uranio.

… Y años después construyó un relicario nuclear.

Yo me eduqué en el catolicismo, quería ser escultor y hacer estatuas como las que veía en la iglesia. Y quería ser sacerdote, pero me quedé en monaguillo: mis ambiciones se frustraron cuando fui sorprendido haciendo experimentos con agua bendita.

Se quedó con lo de artista.

Sí, pero no se me fue la idea de construir objetos sagrados: un relicario para contener uranio. Piense que la comunidad nuclear es bastante parecida a una religión, así que tenía mucho sentido utilizar los simbolismos religiosos para hablar de la era nuclear.

¿De dónde sacó el uranio?

De una vajilla antigua llamada Fiestaware que contiene uranio en el esmalte. Me dediqué a ir a mercadillos y tiendas de segunda mano a comprar platos, tazas y tacitas. Antes de la Segunda Guerra Mundial el único uso que se daba al uranio era el decorativo, así que devolví ese uso a las artes, je, je.

¿Qué hizo con las tacitas?

Las convertí en polvo y decanté yo mismo el uranio, que metí en unos contenedores seguros que coloqué en la base de granito de cinco pies de altura.

Al gobierno no le gustaban sus piezas.

Me las confiscaron en la primera exposición. Los de control de radiación se presentaron en casa y me dijeron que era ilegal poseer uranio. Tenía que solicitar una licencia.

¿Cuestionarios y más cuestionarios?

Me pasé un año de papeleos, pero al final la obtuve, estaba tan contento que me tatué el número de la licencia en el cogote, aquí.

Ya veo.

Pero yo quería más uranio, andaba buscando la transmutación. Quería transmutar residuo nuclear en material no radiactivo para mis esculturas.

¿Eso es posible?

Sí, lo descubrí en mis clases, invertí diez años en aprender a realizar esa alquimia. Pero el Departamento de Energía es como la Iglesia católica del siglo XII, están comprometidos con el dogma de que los desechos radiactivos deben enterrarse.

¿Qué clases?

Mi esposa y yo nos mudamos a la reserva nuclear de Hanford, en el corazón del desierto de Washington, que había proporcionado el plutonio para la bomba de Nagasaki, donde todos los depósitos subterráneos de desechos están goteando.

Qué buena noticia.

Es la zona más contaminada de Estados Unidos. Yo necesitaba tener acceso a un reactor nuclear para la transmutación, así que me apunté al centro de educación de posgrado de Hanford e intenté hacer amistad con los trabajadores y científicos del lugar.

¿Hubo suerte?

Los ingenieros nucleares no se toman en serio el arte, más bien consideran que es un oficio para tontos. Me pasé diez años intentando enseñar historia del arte a aquella comunidad, pero no hubo forma, y usé todas las estratagemas que se me ocurrieron para integrarme: cambié de corte de pelo, me preocupé de que mi césped estuviera bien cortadito, como el suyo, me vestía como ellos…

¿Su americana son restos de la época?

Sí, ya ve: una americana y la corbata a juego, pero esa no la he traído. Incluso me apunté a Alcohólicos Anónimos porque la gran mayoría de aquella comunidad eran alcohólicos. Y también sufrían una alta cuota de enfermedad mental.

¿Y eso?

Son muy extraños, viven muy aislados porque construyen reactores nucleares en medio de la nada.

¿Qué opinaba su mujer?

Aquello no le gustaba. Me abandonó.

¿Consiguió conquistarlos?

Los bebedores hacían apuestas de si sería capaz de superar las pruebas académicas, y me convertí en el mejor alumno en 25 años. Hice miles de propuestas y conferencias para que me dejaran utilizar el reactor nuclear, pero lidiaba con el gobierno federal y finalmente desistí, pero aprendí mucho.

¿Qué aprendió?

Que está todo tan compartimentado que allí nadie entiende cómo encaja su tarea diaria en el proceso. Pero mi concepto de la era nuclear cambió al conocer las tecnologías que se estaban desarrollando. Vi claramente que el metal más fino, detallado y precioso del mundo es el que se desarrolla en la industria nuclear. Los reactores nucleares funcionan porque el uranio se distribuye geométricamente por ellos, así que la escultura y la ingeniería nuclear tienen mucho en común.

Es usted muy perseverante.

Je, je, je. Mi búsqueda es utilizar la tecnología más avanzada del momento para aplicarla al arte. El arte es una forma de hacer las cosas comprensibles, así que el arte puede hacer más comprensible la tecnología nuclear; y si la gente comprende, tomará decisiones adecuadas. Nos guste o no, el futuro será nuclear.

¿Qué fue de usted?

Volví a Seattle a los 56 años y sigo persiguiendo la transmutación.

No entiendo que no le subvencionen.

Yo tampoco, je, je, realmente con un simple proceso nos ahorraríamos esos peligrosos cementerios y en su lugar tendríamos arte.

Auténtico

Singular, humilde, delgaducho, desdentado, pelo azul, sentido del humor y actitud de niño, pero sobre todo más perseverante que el Pentágono. Su propuesta artística consiste en transmutar el uranio: convertir los residuos radiactivos en materia inerte para hacer esculturas. Esa convicción ha hecho de su propia vida una obra de arte. Pasó por Barcelona para exponer su propuesta en el festival The Influencers. Para conseguir su propósito se trasladó a la reserva nuclear de Hanford, donde vivió diez años estudiando y aprendiendo de la singular comunidad nuclear: “Los ingenieros que construyen los reactores son los artesanos de más alto orden”. Acord siempre ha vivido de sus dibujos y esculturas.

Arte apuesta por la creación web

La cadena franco-alemana apuesta por Internet para rejuvenecer su audiencia. Para la temporada 2009-2010, Arte tiene previsto progresar cual “fuerza tranquila”, según las palabras de Jérome Clément, director de Arte Francia, misión para la que se han propuesto “aprovechar cada vez más Internet como plataforma de creación”, insistió el presidente de la cadena, Gottfried Langenstein, durante la conferencia de la rentrée de Arte, a finales de agosto.
Ya  se están preparando entre seis y diez proyectos de documental-web o ficción-web para 2010. Un medio clave para ampliar y rejuvenecer la audiencia de Arte, que, globalmente, en la última temporada, ha visto aumentar las visitas a sus sites en un 40%, según indicó el presidente de la cadena.
Después del gran éxito de la pionera serie documental Gaza-Sderot, la vida a pesar de todo, creada por Arte a finales del 2008, tienen previsto abordar nuevos experimentos que unan investigación e interacción: Prison Valley, un documental que radiografiará una penitenciaría-ciudad de Colorado; y Cuba/Miami, sobre la vida cotidiana de las generaciones jóvenes de estos dos lugares.
Por otro lado, los equipos de Arte Reportage propondrán series-web de actualidad basadas en las nuevas formas de interactividad, para acompañar los eventos políticos importantes (como la próxima Cumbre Climática en Copenhague, los 50 años de la Declaración de los Derechos de la Infancia, etc.).
Presentado antes del verano (el 28 de mayo), el site Arte Live Web, dedicado al espectáculo en vivo, permitirá cada vez más a cada usuario, desde su salón, asistir a eventos artísticos (conciertos, óperas, danza, obras de teatro) en directo o en diferido.
Por último, cabe señalar que el sitio de vídeo a la carta Artevod.com ofrece un nuevo servicio: el pedido en soporte DVD de cualquiera de los 200 títulos de la videoteca de Arte.

Martine Delahaye

Traducción del artículo Arte mise sur les webs-créations publicado en Le Monde a principios de septiembre de 2009.

Otros enlaces de interés:

Información sobre el canal Arte
Sitio oficial del canal Arte

Entrevista a una historiadora del arte

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El año pasado, en La Contra de La Vanguardia entrevistaron a Cindy Mack, una historiadora del arte plenamente consciente del papel decisivo que juegan los coleccionistas en las corrientes estéticas.

Cindy Mack, historiadora del arte

“Un buen coleccionista es también un artista”

por VÍCTOR-M. AMELA – 12/01/2008

Tengo 50 años. Nací en Allentown (Pensilvania) y vivo en una masía de la Garrotxa. Soy historiadora del arte y profesora en la Boston University de Madrid. Estoy casada con un catalán y tenemos dos hijos, Dylan (14) y Naial (11). Soy liberal. Intento ser buena persona.

¿Cuál es el cuadro más caro jamás vendido hasta hoy?

Uno pintado por Jackson Pollock, titulado Number 5,1948,recién vendido por 140 millones de dólares, en privado, así que son datos no confirmados…

Está en una colección privada, pues…

Sí. El coleccionismo ha preservado obras de arte y ha generado corrientes estéticas. El coleccionista, así, es también un artista.

Pero no un creador.

Crea una colección. Y una buena colección puede marcar una moda, influir.

¿Cuál fue la primera colección?

Aparecen tumbas neolíticas con ajuar funerario, piezas que coleccionó el fallecido.

¿Qué tipo de piezas?

Armas. Las primeras colecciones, de hecho, fueron seguramente los botines de guerra…

¿Conocemos coleccionistas de la antigüedad con nombres y apellidos?

Tutankamon se hizo enterrar con colecciones de joyas, artesanías…, para garantizarse una vida cómoda en el más allá.

Colecciones interesadas.

Han sido siempre señal de estatus, de poder: el arquitecto romano Vitrubio diseñaba casas para ricos con una estancia para albergar sus colecciones de objetos de arte.

A lo largo de la historia, ¿los reyes han sido buenos coleccionistas?

Sobre todo a partir del renacimiento: encargaban obras a artistas, para ornar sus palacios. ¡Forraban las paredes de cuadros! En España, Felipe II y Felipe IV fueron los mayores mecenas y coleccionistas. Esas colecciones enriquecen hoy el Museo del Prado.

¿Otros museos nacen de ahí?

El Ermitage se nutre de dos colecciones privadas de Picasso y Matisse. El Metropolitan de Nueva York es una colección de colecciones. Estados Unidos no ha tenido reyes… ¡pero sí coleccionistas!: Morgan, Havemeyer, Liehman, Rockefeller…

¿Cuál ha sido el más emblemático?

J. P. Morgan (1837-1913): a su muerte, muchos marchantes de arte temblaron. Este hombre, que salvó las finanzas de Estados Unidos más de una vez, dedicaba ¡tres meses al año! a viajar por medio mundo en busca de obras de arte de gran calidad. ¡Gastó la mitad de su fortuna en comprar arte!

¿Y eso cuánto era?

En su colección llevaba metidos 60 millones de dólares, y, al morir, el resto de su fortuna era de 68 millones. Al saberlo, Rockefeller se asombró: “¡Si ni siquiera era rico!”.

Vaya potentados…

La edad de oro del coleccionismo fue entre 1880 y 1950, coincidiendo con la eclosión de las grandes fortunas de la revolución industrial. Como la de Henry Clay Frick (1849-1919), modesto dependiente convertido en un magnate del carbón y el acero…, y en un refinado coleccionista de las obras más selectas: Rembrandt, Velázquez, Tiziano, Murillo, Vermeer, Goya…, ¡el Greco!

¿Por qué subraya a este pintor?

Porque no era muy valorado entonces, y la apuesta de Frick y de Louisine Havemeyer por el Greco en 1905 impulsó su aprecio.

¿A qué coleccionista admira más?

A la bostoniana Isabella Stewart Gardner (1840-1924), porque, en un momento en que la mujer no pintaba nada, ella hizo lo que le dio la gana, tuvo amantes, protegió a Henry James y popularizó la pintura del primer renacimiento al coleccionarla.

¿Qué gran coleccionista hizo la apuesta más arriesgada?

Quizá Albert C. Barnes (1872-1951), que empezó a coleccionar a Renoir y a artistas contemporáneos (Matisse, Picasso) a principios del siglo XX, cuando nadie en su país los veía como arte. ¡Se reían de Barnes, le ridiculizaban! Pero él no se arredró.

Eso fue casi mecenazgo.

Lo hacía Gertrude Stein (1874-1946), que acogía y alimentaba a jóvenes artistas, o Peggy Guggenheim (1898-1979) con Jackson Pollock, pintor que se moría de hambre y que sin el sostén de ella no hubiese desarrollado su obra: Pollock manchaba telas con pintura, Peggy creyó en él…, y ya ve.

¿Qué pinacoteca privada destacaría?

La del barón Thyssen, recientemente fallecido: en dos generaciones reúne la colección privada de arte más completa del siglo XX.

¿Y qué tal lo hace la baronesa Tita?

Ha tenido el valor de hacer una colección a la sombra de la del barón, con sello propio.

Conviene ser muy rico, eso sí…

El pintor Edgar Degas se gastaba hasta lo que no tenía en obra de Ingres, Delacroix, Gauguin y otros pintores próximos que admiraba: él vivió frugalmente, pero al final conformó una deslumbrante colección.

¿Qué mueve al coleccionista?

Las grandes corporaciones coleccionan hoy como inversión. Pero los coleccionistas del periodo del que hablo eran verdaderos buscadores de belleza. ¿Qué otro propósito tenían sino el de atesorar belleza?

¿Podemos incluir a algún coleccionista español en esta nómina de buscadores?

A Francesc Cambó (1876-1947), con la peculiaridad de que buscó belleza para servir a su comunidad más que para su goce: completó lagunas del Museo del Prado y proporcionó a Catalunya una pinacoteca que enlaza nuestro románico y gótico con el arte moderno. Cambó se trazó un plan social.

Lo que es muy de agradecer.

Mucho. Gracias a Cambó gozamos de bellas piezas del renacimiento y del barroco en el Museu d’Art Nacional de Catalunya, y de fabulosas pinturas de Botticelli en el Prado.

CAMBÓ, BUSCADOR

Me cito con Cindy Mack en la biblioteca de la Fundació Cambó, en el edificio de la Via Laietana en el que Francesc Cambó cristalizó su plan como mecenas cultural. Es un espacio pintiparado para evocar las figuras de coleccionistas que se empeñaron en concentrar belleza, cuyas colecciones hoy admiramos en museos y fundaciones y que determinaron las corrientes del gusto artístico. Son las vidas de estos coleccionistas las que explican en el libro Buscadores de belleza (Ariel) las especialistas Cindy Mack y María Dolores Jiménez-Blanco, con detalle y profusión de imágenes. Le pregunto a Cindy Mack qué cuadro querría tener en casa: Los borrachos, de Velázquez. ¿Y tú?