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Entrevista a Simon Norfolk, fotodocumentalista

“Paisajista de campos de batalla”, así se define en su website. Simon Norfolk, inglés de 50 años, criado en Nigeria y recién casado, lo tiene muy claro. Utiliza la fotografía para cuestionar y denunciar desde la izquierda los conflictos armados que mantiene el “imperio” británico. “¿Para qué pagamos armamento nuclear? ¿Por qué somos los cornetas del imperio americano en sus ingenuas y sangrientas aventuras por Iraq o Afganistán? ¿Por la ilusión de seguir siendo imperio? ¿Cuántos hospitales dejamos de construir por ese delirio? ¿Cuántas escuelas?”, son algunas de sus reflexiones. He aquí la entrevista que le hizo Lluís Amiguet para La Contra el pasado 10 de septiembre.

Simon Norfolk, autoretrato.

En Bosnia, los serbios me dijeron: “¿Se ha enterado del asesinato de las monjas del convento?”.


“¿Qué convento?”, pregunté yo alarmado cogiendo ya la cámara…


“Aquel convento de la colina. En 1358”.

Eso es conciencia de la historia.
Es que los occidentales -los americanos, que empiezan cada guerra como si fuera la primera, y los británicos, que les hacemos de subalternos- vivimos un presente amnésico que apenas recuerda las tres últimas semanas, pero otros pueblos viven en un hoy de tres mil años. Como Afganistán.

Una historia que es una guerra.
Yo no espero que nuestros soldados sean historiadores, pero deberíamos recordar que ya es la cuarta vez que los británicos intentamos invadir Afganistán.

Y diríase que de nuevo sin resultado.
Por muchos afganos que matemos, no los convertiremos en demócratas parlamentarios. Ellos no tienen prisa. Hace tres mil años que luchan y mueren: contra los persas, Alejandro Magno, la URSS… Y nosotros sólo somos los últimos invasores.

Si tienes tiempo, nunca pierdes.
Nosotros tenemos relojes y ellos tienen el tiempo. Recuerdan la guerra contra los persas como los serbios a las monjas asesinadas en aquel convento y les ponen a sus hijos los nombres de los generales que la ganaron.

¿Qué hace usted en Afganistán?
No crea que no me lo he preguntado. Ahora que me he casado, también mi mujer se lo pregunta. Cuando pararon mi coche en Kabul y nos robaron pistola en mano -diez segundos eternos- me lo pregunté.

¿Y…?
Hay fotógrafos de guerra que le dirán que están allí pero que no creen en la política y que sólo les importan esos niños mutilados. Y otros que viven una fantasía de glamur y riesgo a lo Robert Capa, que empieza al amanecer entre bombas y acaba en la noche en un casino con Grace Kelly a su lado…

¿Y usted?
El fotógrafo sin convicciones políticas acaba siendo un cínico, y el del casino ya lo es. Yo creo que podemos decidir la historia y que la política, o la hacemos o nos la hacen. Hay guerras que merecen la pena, y Afganistán no es una de ellas. Ahora nos preparan para aceptar que hemos vuelto a perderla.

¿Qué es usted?
Ni un pacifista ni una oenegé. Creo que la avaricia humana crea sistemas de dominación económica de unos pocos sobre la mayoría. Y la guerra es el principio violento de ese expolio. Para que el uno por ciento acumule billones, muchos niños son mutilados por las minas cuando van a la escuela.

Afganistán atacó a Occidente el 11-S.
Fue Al Qaeda, refugiada en Afganistán, no los afganos. Para acabar la guerra entregaron a Bin Laden, pero EE.UU. prefiere seguir el plan que dé más votos. Para denunciar cosas como esa hago fotos.

Con alto valor estético: hoy se exponen en museos de arte contemporáneo.
Esa estética es sólo el envoltorio con el que intento difundir mejor mis ideas.

¿Por qué trabaja con placas?
Porque cada clic me cuesta 18 euros y eso me obliga a pensar mucho antes de disparar. No soy el fotógrafo que llega con la digital a la guerra y dispara y dispara… doscientas, trescientas fotos. Y luego se va al hotel y ante el ordenador busca la buena.

Creí que era lo habitual.
Yo busco la buena antes de disparar. Y esa búsqueda empieza en bibliotecas y museos años antes. Así descubrí fotógrafos del imperio que ya siguieron al ejército británico en Afganistán en 1878, como John Burke.

¿Y eso da para vivir?
Coleccionistas como la señora Morgan (de Morgan Stanley) o la señora Sachs (de Goldman & Sachs) compran mi obra.

Caray.
Para donarla a museos. Piense que así obtienen deducciones fiscales hasta veinte años antes de hacer efectiva la donación.

¿Eso es coherente con su militancia?
Eso también permite a los afganos ver mi obra gratis en internet, aunque tal vez la señora Sachs cuelgue mi foto en el salón porque hace juego con sus cortinas.

¿Le molesta combinar con las cortinas?
El autor sabe que en cuanto acaba una obra pierde el control sobre su significado. Y con el dinero de Sachs hago fotos que dirán a nuestros nietos que no todos estábamos de acuerdo con invadir Afganistán y que algunos hicimos algo para explicarlo.

También su ego estará en el museo.
Muchas fotos de esas invasiones son igual de buenas con o sin firma.

¿Está en lo suyo para la posteridad?
La primera vez que fotografié un genocidio fue en Ruanda: una fosa con dos mil cadáveres. Y a un ruandés destrozado explicándome cómo habían violado y descuartizado a machetazos ante él a su mujer y sus hijos.


¿Para qué me daba aquel material? ¿Para que ganara algún premio y que mi editor me diera unas palmaditas en la espalda? ¿Para correr a contarlo al pub?


Cuando fotografías aquel horror firmas un contrato moral con las víctimas que te compromete a convertir su sufrimiento en un testimonio. Para que no vuelva a pasar. Si no lo cumples, sólo eres un explotador más de su desgracia.

La desproporción jocosa de Botero

 

Suscribo las palabras que el galerista libanés Gary Nader expresó en una ocasión: “Las esculturas de Botero te poseen porque son casi como edificios. Pero además de su presencia imponente y de su valor estético, le dan alegría al espectador porque son jocosas”. Veamos mi pequeña selección de las muchas que se han expuesto o están repartidas por el mundo.

“Mujer fumando”, ejemplar único en mármol blanco, 58,4 x 141 x 56 cm (1986). Foto: http://www.invertirenarte.es.

“Caballo”, Chatsworth House de Derbyshire, Inglaterra (2008). Foto: EFE.

“Cabeza” Tokyo, Japón (2005). Foto: Rmleon (Wikipedia).

“Bailarines”, Chatsworth House de Derbyshire, Inglaterra (2008). Foto: mike t-d (Flickr).

“Mujer sentada”, Milano, Italia (2007). Foto: AMLobos (PBase).

“La mano”, Madrid, España (1994). Foto: Pablo Arias (Flickr).

Igor Eškinja y el oxímoron visual

El verano pasado Igor Eškinja presento “Nowheristan” en ADN Galeria de Barcelona. Es uno de los jóvenes artistas croatas contemporáneos con mayor proyección internacional.

En ocasión de su segunda exposición individual en ADN Galería, Igor Eškinja regresa con una serie de fotografías y dos instalaciones realizadas en el espacio de la galería. Con Nowheristan, el artista croata permanece fiel a su línea, caracterizada por un cuestionamiento sobre la producción y la recepción de la imagen en el espacio expositivo. Eškinja pone en evidencia el carácter construido de la mirada y los regímenes de visibilidad que condicionan a la vez nuestra percepción de la realidad y su representación. El artista ha concebido un neologismo para titular la exposición, en el que se asocia la idea de no-lugar (nowhere, en ninguna parte) y la definición de un territorio especifico, sugerida por el sufijo –stan, palabra árabe que significa tierra, territorio. Se trata de un oxímoron que designa a la vez un lugar físico, circunscrito geografícamente, y un espacio inmaterial, fruto de la imaginación. Este estado intermedio constituye precisamente un aspecto clave de la obra de Eškinja: mantener permanéntemente un equilibrio paradójico entre el mundo material y una esfera conceptual. (…)

ADN Galeria

Enlaces relacionados:

ADN Galeria y Nowheristan

– resumen de la trayectoria de Igor Eškinja

La rebeldía de Ángela De La Cruz

La obra de Ángela De La Cruz se caracteriza por la deconstrucción de sus pinturas que acaban presentadas cual esculturas tras haber sido rotas, rasgadas o manipuladas de distintas maneras.

Deflated (2009), de Ángela De La Cruz

Ashamed (1995), de Ángela De La Cruz

Loose fit (blue) (2002), de Ángela De La Cruz

Untitled (1999), de Ángela De La Cruz

Para conocer más a fondo su obra y biografía, ver el reportaje que publicó El País el año pasado.

Vicente Todolí dejará la dirección de la Tate Modern

Vicente Todolí anunció el martes pasado su decisión de abandonar el cargo de director de la Tate Modern londinense tras siete años al frente de la misma, que celebrará el próximo mes de mayo el décimo aniversario de su apertura.

Tras trabajar siete años en el Instituto Valenciano de Arte Moderno, otros siete años en la Fundación Serralves de Oporto y siete más en la Tate Modern, Todolí necesita una pausa profesional que la capital británica ha recibido con sorpresa, dado que el museo se encuentra en muy buen momento, habiendo consolidado sus cinco millones de visitas anuales y su posición como uno de los centros de arte contemporáneo más importantes del mundo.

Vicente Todolí, hasta ahora director de la Tate Modern Gallery, en una fotografía de archivo de 2007 en Londres.- por Carmen Valiño

“Mi ciclo vital, por mi naturaleza, va de siete en siete, y ahora toca dejar esto, me tomaré 12 o 18 meses de paréntesis para visitar museos, estar conmigo mismo y estudiar ofertas, que no tienen que ser necesariamente la dirección de un museo. Yo me conozco, y sé que trabajo de forma intensa, no corro maratones, sino que salto 3.000 obstáculos, y ahora es el momento de hacer un alto en el camino”, explicó desde su despacho de una antigua central eléctrica junto al río Támesis.

En su legado deja gestas como haber introducido exposiciones de fotografía (Robert Frank fue el primero) y de arte latinoamericano (Frida Kahlo) o el haber colgado la colección de arte con criterios de unidad (cubismo o abstracto junto a sus opositores o derivados), en lugar de seguir la estructura tradicional cronológica.

“La nueva presentación de la colección fue lo primero que hice, ha sido bien aceptado por el ámbito profesional, pero ahora con la crisis no lo hemos podido cambiar todo”, reconoce. Todolí rechaza medir el éxito de una exposición por el número de visitantes porque, según él, “un museo no es hacer tele y estar pendientes de la audiencia, aunque también tenemos nuestras limitaciones porque tenemos un 40% de subvención del Estado y debemos generar el 60% de los gastos”. De la necesidad de financiar ese 60% surge la gran cantidad de restaurantes y tiendas con marca Tate.

Vicente acuñó la frase “morir de éxito” en el museo que en diez años se ha convertido en una de las principales atracciones de Londres. Necesita los dedos de las dos manos para contar el número de comités de asesoramiento de fundaciones y museos a los que pertenece, un trabajo compatible con el alto en el camino.

No será miembro del comité de selección que escogerá a su sucesor porque “me parecería muy feo que yo tuviese opinión ahí”. Su predecesor, Lars Nittve, dejó el cargo al cabo de un año por diferencias con Nicholas Serota, director de la red de museos Tate, quien, dicen manda mucho. Vicente no ha tenido ningún desacuerdo con él y no descarta la posibilidad de seguir colaborando con la Tate Modern en futuros proyectos.

Fuentes: los periódicos Público, El País y la revista digital Masdearte.com

El mejor disparo de Sally Mann

A principios de Septiembre, en My best shoot apareció Sally Mann. My best shoot es una sección del apartado de Cultura del periódico inglés The Guardian, donde se presenta periódicamente a un fotógrafo/a de sólida trayectoria profesional, que expone la que considera su mejor fotografía, explicando las circunstancias que rodearon la toma. En esta ocasión, tratándose de la fascinante y reputada Sally Mann, bien merecía la pena traducir sus palabras.

Éste fue un proyecto del que mi marido Larry y yo hablamos durante seis años, quizá ocho. Cuanto más me metía en él, más emocionante se volvía. Cada nueva fotografía habría la puerta a otra, cosa que no sucede a menudo. Sabía que terminaría cuando hubiera explorado cada centímetro del cuerpo de Larry: pies, brazos, manos, piernas, nalgas, espalda, cabeza.

Larry tiene un trabajo fijo, y tenemos una granja de 450 acres de  la que ocuparnos, con 15 edificios que mantener, así que pocas veces podía retenerlo. Tengo una pequeña estufa para calentar mi estudio, muy rudimentaria. Entrábamos, echábamos leña al fuego, después decidíamos si trabajar acostados, sentados o de pie. Si había estado sentado todo el día, estaba de pie. Si había estado trabajando en los campos, se tumbaba. Sencillo.

Larry estuvo entusiasmado con el trabajo desde el principio. Hemos estado casados casi 40 años, y tiene distrofia muscular. Estaba bastante pronunciada ya, pero las imágenes no lo muestran demasiado; no es algo que yo quisiera enfatizar. Es un hombre grande, fuerte, pero su bícep ahora tenía el tamaño de su antebrazo, o menor. Había avanzado tanto que no quise mostrarlo, en consideración hacia él. Es extraño: nunca le dije “Va a ser obvio que estás perdiendo masa muscular.” Pero él me conoce; sabe que yo no me acobardo, y sabía cuál era el trato cuando se comprometió con las fotografías.

Me serví de un proceso decimonónico de “placa húmeda” llamado colodión. Es muy sensible y delicado. Si te entra una pequeña partícula de polvo allí, o una ligera brisa en el cuarto oscuro, te quedan rayas o marcas. Aunque me esfuerzo, no soy muy buena revelando: la manera en que salen las imágenes, todas las imperfecciones, es completamente accidental. No obstante, rezo para conseguir esos efectos fortuitos. Con la foto “Hephaestus”, no tengo ni idea de qué causó el agrietamiento; casi la tiro, pero había algo en ella. Le puse el nombre en honor al Dios griego -una elección fácil, ya que Larry fue herrero también, y además está lisiado. Se ve muy divino, pero metálico y reluciente.

Nadie ha hecho algo así antes -y creo que solamente una mujer podía haberlo hecho. Las fotografías de mujeres tomadas por hombres tienden a poseer un elemento sexual; en éstas, hay ternura. A los hombres les gusta aparecer fuertes y poderosos, especialmente si van sin ropa; y la mayoría de fotografías homoeróticas muestran a los hombres como objetos sexuales, pareciendo muy potentes. No pienso que Larry parezca impotente, pero definitivamente se ve vulnerable.

No es exagerado comparar estas fotografías con las más conocidas de mis hijos. Adoro a los sujetos. Pero éstas eran mucho menos deliberadas. Trabajé casi a tientas, mientras que fotografiar a los niños pequeños fue como “arrear gatos”. Con los niños tenía el tiempo limitado; con Larry, las imágenes eran com una caricia dilatada.

La fotografía es Was ever love (2009) de Sally Mann, cortesía de la Gagosian Gallery y publicada en The Guardian.

Enlaces relacionados:

Proud flesh de Sally Mann