Jacques Trudeau, titiritero

Jacques Trudeau por Mané Espinosa

Interesante entrevista al titiritero canadiense Jacques Trudeau con motivo del TOT Festival de Titelles i Teatre d’Objectes de Barcelona que se celebró la semana pasada, publicada en La Contra de La Vanguardia.

Tengo 62 años. Nací y vivo en Montreal (Canadá), pero mi oficina está en Francia, en Charleville- Mézières, la ciudad del títere, desde que soy secretario general de la Unima. ¿Política? Respetar todas las culturas. Creo en la energía global, que está en cada humano, animal y objeto.

Este hombre tímido, secretario general de la Unión Internacional de la Marioneta (Unima), se ha pasado 20 años con una capucha siendo Bilbo, el hobbit de El señor de los anillos, y estremeciendo al público con su adaptación de los cuentos eróticos de los indios de Canadá, recuperando sus fantásticas máscaras y sus leyendas. Actuaron ante ellos y el gran elogio fue: “¡Ahora entiendo lo que decía mi abuela!”. La obra recibió infinidad de ofertas de todo el mundo. “Fue increíble ver como a través de una cultura que se estaba muriendo surgieron valores profundos que todos entendemos”. Pero para Jacques hay algo fundamental: “No tomarse demasiado en serio, porque eso nos crea conflictos”.

Títeres con alma?

Seguro, cada personaje tiene su alma; y es más: el títere ayuda al titiritero a encontrar su propia alma.

Cuénteme.

… Porque aunque nosotros lo manipulemos, él nos empuja, nos da la fuerza cuando estamos realmente involucrados en el personaje; así que ¿quién manipula a quién?

¿?

Yo me he sorprendido muchas veces, el títere me ha hecho hacer cosas que ni siquiera se me habían ocurrido.

¿Y le ha ocurrido muy a menudo?

He trabajado durante 40 años en la compañía Théâtre sans Fil, manipulando títeres de uno a cuatro metros de altura. La familia Tolkien nos cedió los derechos para adaptar la gran obra de El señor de los anillos antes de que se llevara al cine.

¿Cuál era su personaje?

El hobbit. Lo manipulé 1.200 veces por todo el mundo y jamás hubo dos funciones iguales. El mago Gandalf escoge a Bilbo, un hobbit muy convencional, para devolver el anillo de poder al fuego y que se acaben las guerras, pero…

… No me cuente el libro, Jacques.

¡Es que he pasado 20 años haciendo ese personaje y me fascina!, y he acabado pareciéndome a él. Me dio la humanidad de saber escuchar, de estar muy presente.

Fue usted quien le dio la personalidad.

No se engañe, un títere es la encarnación de un carácter y tiene su personalidad más allá del que mueve los hilos, por eso no es baladí esa pregunta de quién manipula a quién. Y en la vida ocurre lo mismo.

¿A qué se refiere?

¿Qué parte de mí está manipulando en estos momentos mis palabras, mi sentir, mi vida?… Muy pocas veces tenemos consciencia de ello. Déjeme que le cuente un espectáculo holandés que me fascinó.

Adelante.

El títere se da cuenta de que muy por encima de su cabeza hay un manipulador moviendo los hilos de su vida, así que trepa por los hilos y trata de matarlo porque quiere ser libre. A menudo nuestra vida es así: todos queremos ser libres y sabemos que hay hilos que nos mueven. Si somos conscientes podemos romperlos.

Pero siempre aparecen nuevas manos invisibles dispuestas a tejer nuevos hilos. Ya ve.

El títere es símbolo del ser humano.

Sí, somos seres frágiles como él en un mundo que no siempre controlamos. Pero nos esforzamos por controlar nuestra propia vida, de la misma manera que el titiritero trata de controlar su títere.

Entiendo.

He pasado cuarenta años de mi vida con la cabeza cubierta por una capucha negra, nadie me conocía, la estrella era el personaje. Al actor la gente lo reconoce, al titiritero nadie lo reconoce.

Usted ha formado parte de los dos mundos.

Abandonar al actor fue una liberación. En la personalidad del actor hay algo extremadamente frágil porque está siempre representando: incluso cuando no actúa es su propio personaje. Pero fíjese en el bunraku.

Milenario arte japonés.

Un títere de un metro con gran expresividad: se le mueven los ojos, la boca. El maestro invierte 15 años en realizarlo y lo mueve anónimamente; sólo cuando ya es un gran maestro descubre su rostro. En 1660 era el arte más reconocido en Japón y, de hecho, el kabuki (teatro japonés) imita a esos títeres.

¿Muere el teatro de títeres?

Hay un renacer. Ahora con la crisis los jóvenes están desarrollando nuevas formas, está naciendo un teatro de títeres con objetos.

Muy representativo.

Sí, todos los objetos que están en su mundo cotidiano aparecen en el del títere, objetos que toman vida y que se adaptan a pequeños espectáculos muy imaginativos. Y es curioso porque hacen títeres sin cuerpo, cabezas con manos, pies… el cuerpo está dividido como nuestra cabeza.

Da que pensar.

El arte es siempre un espejo. Y es muy interesante construirse uno mismo un títere porque siempre el primero es la proyección de ti mismo.

¿La crisis favorece el arte?

Creo que sí, aunque decir esto es duro. Compañías importantes que habían sido durante años subvencionadas tienen que volver a empezar hoy de cero: si te lo tomas bien… Hay que escuchar los signos de la vida, porque de repente los vientos cambian y a veces viene un huracán. Hay que estar preparado y la mejor manera es viviendo en el presente.

Luchando pero sin lamentarse.

A mí me emociona cómo reacciona un niño frente a un títere: se llena de alegría como si reconociera a un semejante. Y eso es lo que un títere, capaz de emocionar, le da a un adulto: le devuelve sensaciones de la infancia, recupera lo que tiene de sagrado la infancia.

¿Y qué es?

La apertura al mundo. Permítame que le cuente mi historia favorita.

La de un hombre que tiene un niño dentro y que no quiere que se muera. Para mantenerlo con vida, cada noche le cuenta una historia. Porque son las historias las que nos hacen crecer.

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