Entrevista a Leopoldo Pomés

Leopoldo Pomés, por Juliet Pomés

Tengo 79 años y no dejo de mirar y gozar al rodearme de cosas bellas, que no quiere decir caras. Nací en Barcelona: me sorprende y la descubro. Estoy divorciado, no separado, de Karin, y tengo pareja. Ni partido ni religión: sólo creo en el ser humano cuando sonríe un poquito.

Elija un anuncio.
Pues me voy a remontar al blanco y negro…

A veces, menos dice más.
No sé si usted es demasiado joven, pero recordará a aquella rubia con una
larguísima melena sobre un blanco corcel…

¡Nuestra Lady Godiva! Sólo vestida por su largo cabello, cabalgando junto al mar.
…Tiene usted más imaginación que memoria: la rubia de Terry no cabalgaba desnuda. ¡Era el año 65! La gran libertad para la época era que iba descalza. Y montaba a pelo.

Ya era algo.
Y sí, era bellísima. Una húngara inteligente y despierta, Margit Kocsis, que no creía en su belleza. Eso la hacía irresistible.

Cabalgó en los calendarios de todas las cabinas de camión de España.
Era un anuncio de licor alternativo a la estética macho imperante, porque sabíamos que el brandy lo compraban las esposas. Además, el espíritu de la época pedía libertad y se colaba hasta en los anuncios.

¿Cómo?
La rubia de Terry triunfó muchísimo y volamos: libertad, libertad. Nos fuimos a rodar una continuación del spot a Venecia.

Hoy no sé si le pagarían esos lujos.
Entonces la tele única hacía a la publicidad omnipotente. Nos llevamos aquel soberbio alazán desde Jerez por carretera hasta Venecia, pero al ver cómo se movía el barco, el mayoral dijo: “Aquí el caballo no sube”.

¡Se llevaron hasta al mayoral!
Y no subió.

¿Qué hizo usted?
Desesperarme, porque teníamos un permiso –carísimo– para rodar a Margit cabalgando en solitario por la plaza de San Marcos, pero sólo de una hora en la madrugada.

Hoy lo simularían por ordenador.
Yo sufrí mi primer cólico nefrítico antes de contratar una grúa contra reloj y colocar en un barco, también alquilado ad hoc, al dichoso bicho… Pero ya había transeúntes en San Marcos y, peor todavía, también los puestecitos
de los vendedores de souvenirs.

Y usted preparó el billetero…
¡Tuve que comprar enteros algunos puestos para que se largaran! Y aun así perdimos un metraje precioso, porque una vieja se coló en una toma haciendo un corte de mangas.

Fue usted hábil negociador.
Con dinero, cualquiera. Y recuerdo el anuncio: buena cámara. Para algo tenía que servir. Yo era un desastre en el colegio y lo suspendía todo, porque no me interesaba nada. Hasta yo mismo llegué a pensar que era un gandul…

Hoy está claro que no lo era.
… Hasta que me encontré con la fotografía. Y gracias a la complicidad de mi padre pude convertirla no sólo en mi profesión, sino en mi modo de ver el mundo, mi vida.

Halló su elemento.
Por eso nunca he entendido la mentalidad funcionarial. Como la de aquellos cámaras de TVE que se negaron a rodar la comida que Dalí daba a los pobres en Nueva York… ¡porque era domingo!

Ellos se lo perdieron.
También me dan miedo los que te dicen: “No se preocupe, que yo soy un profesional”. Si te limitas a ser un profesional, caes en la rutina. ¡Tienes que ser un artista!

Por ejemplo.
Cruyff me contó –y lo vi– que seguían temblándole las piernas cuando salía al campo. A los buenos, les tiemblan siempre las piernas. Josep Pla disimulaba su timidez con una aguda ironía. A veces hiriente: “¿Es usted de izquierdas, joven?”, me soltó señalando con una sonrisa mi melena progre.

Pla tenía un retrato.
Retratar es un arte difícil. Pero tengo un respeto aún mayor por el reportaje fotográfico.

¿Por qué?
Porque en fotografía es más fácil el encargo que la creación libre.

No sólo en fotografía.
Carlos Barral me encargó un libro sobre “Barcelona” … ¡Qué difícil, pero cómo disfruté! La cámara se me disparaba sola. Al final, el libro no llegó a  publicarse, pero eso carece de importancia. Las fotos están ahí.

¿No va a hablarme de la ‘gauche divine’?
Yo estaba demasiado ocupado trabajando para ir cada noche al Bocaccio. Hice montones de anuncios. Las burbujitas de Freixenet, por ejemplo, ya las rodábamos en el 67.

¿Le quedaba tiempo para la fotografía?
Lo intentaba, y lo que le dediqué me lo ha devuelto con creces. Gran amiga, porque la artrosis te alcanza, pero la mirada no para.

Me alegro.
La mantengo joven y fresca y sigue dándome placer. Me rodeo de cosas  bellas –que no necesariamente caras– y las disfruto.

Por ejemplo.
La mirada de una mujer. Sublime. A veces con ver su mirada tocas a Dios.

A veces.
Ya no me interesa la anécdota en una foto o en otra obra de arte, sino la intensidad que se hace duración al verla. Eso que logra que el arte se termine pero no se acabe.

No sé si me atrevo a pedirle nombres.
Ahora mismo… No sé. Busque en Buñuel, por ejemplo… Estoy acordándome de Catherine Deneuve. Y la misma Margit Kocsis, de la que le hablaba, o de mi mujer, Karin. ¡He podido gozar y gozo de tanta belleza! La Deneuve
en Belle de Jour… ¡Ah! ¡Qué perversa y dulce!

¿Alguna vez se excitó fotografiando?
Pues claro, soy humano; pero si me excito, la foto no queda bien.

¿I abans d’un mes / seré millor que en Pomés? Pomés me explica que el homenaje que le hizo Joan Manuel Serrat en Conillet de vellut le pilló del todo desprevenido. Esta semana otro músico le ha dado una nueva alegría inesperada: Mick Jagger se acercó a ver la obra que Leopoldo Pomés exhibe hasta el 22 de enero en la Michael Hoppen Gallery de Londres, una antología de fotografías de Barcelona de 1947 a 1969. El eterno rolling stone disfrutó del ritmo y la contenida ironía del trabajo del barcelonés y le compró una de las fotos expuestas. Se trata de un retrato del tercer músico de este cuento: Tete Montoliu, concentrado como si buscara una nota perdida, en el descanso de una grabación.

Entrevista de Lluís Amiguet en La Contra de La Vanguardia, publicada el 15/12/2010.

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