Comer y filosofar

Reproducción de la entrevista que le realizaron al profesor y escritor catalán Josep Muñoz Redón con motivo de la publicación de su último libro, La cocina del pensamiento: una invitación a compartir fogones y mesa con filósofos, hace tres años. Ha publicado con éxito varios libros, todos ellos con títulos sugerentes y estimulantes, como Desconócete a ti mismo, El espíritu del éxtasis: la religión de la vida o Good bye Platón: filosofía a martillazos.

Por Víctor-M. Amela, La Contra (20/06/2005, La Vanguardia).

Tengo 47 años, nací en Sant Sadurní d’Anoia y vivo en Barcelona. Soy profesor de filosofía y escritor. Estoy casado y tengo un hijo, Miquel (2 años). ¿Política? La que combata la injusticia. Soy ateo. Las ideas crudas no se digieren: la filosofía cocina ideas para obtener preguntas, como la gastronomía condimenta alimentos para producir felicidad.

– ¿Qué es primero, comer o filosofar?
– “Sin comer no se puede pensar”, dice Descartes, porque sólo piensas en comer…
– Solventada la supervivencia, ¿qué vincula la cocina con la filosofía?
-Dime cómo cocinas y te diré cómo piensas: tanto pensar como cocinar son, al fin, cuestión de aplicar un método. El filósofo cocina ideas como el cocinero alimentos…
– Una sabrosa metáfora, pero no hay más.
– Sí hay más: he detectado interesantes correlaciones entre la forma de pensar de varios filósofos y su forma de comer…
– Un ejemplo.
– Rousseau: tomaba mucha lechuga y mucha leche, alimentos con altas dosis de triptófano, que tiene efectos narcotizantes.
– ¿Y?
– Le ayudó a desarrollar su técnica de pensamiento: confesó que sus ideas le llegaban durante el duermevela, en ese estado de ensoñamiento entre el sueño y la vigilia…
– ¿Y así ideó su tesis del “buen salvaje”?
– Sí. Y por eso Rousseau fue partidario de los alimentos crudos, no cocinados: afirmaba que eran los más próximos al estado natural del hombre. Fue, claro, vegetariano.
– ¿Fue el primer filósofo vegetariano?
– El primero fue Pitágoras (siglo V a.C.), porque creía que en cada animal había un alma en espera de reencarnarse en persona.
– Lo que demuestra que también lo que pensamos influye en lo que comemos…
– Así es, y se ve muy claro en las religiones: ayunos, prohibición del alcohol, del cerdo…
– ¿Y algún filósofo ha muerto por no comer?
– Diógenes (siglo III a.C.) decía que para morirte, te bastaba con cerrar la boca… Pero él murió de una indigestión de pulpo.
– ¿Qué filósofo es el que peor ha comido?
– Kierkegaard (s. XIX) casi no comía. Un poco de sopa y basta. Su aversión a la comida y al sexo delatan su rechazo al cuerpo…
– ¿Y qué filósofo ha comido mejor?
– Podría citarle a La Mettrie, en la Ilustración (siglo XVIII): “Bebe, come, duerme, ronca, sueña y, si alguna vez piensas, que sea entre vino y vino”, decía. Acudía a banquetes en los que se servían docenas de platos. Murió de una indigestión de paté de faisán.
– Qué opulencia… Y, hablando de banquetes, ¿qué se comió en El banquete de Platón?
– ¡En El banquete no se cita ningún alimento! Curioso, ¿no? Platón no explica qué comía con Sócrates y los demás. Es coherente, ¿no?: eran idealistas, y se habla sólo de ideas.
– ¿Y qué es lo más probable que comiesen?
– Platón estaba obsesionado por las olivas: ¡le chiflaban! En la Grecia del siglo V a.C. no tenían buena carne, pero sí buen pan, habas, pescado, crustáceos, vino y miel. Y en los postres jugaban a quitarse prendas de ropa…
– Vaya con los idealistas…
– A Sócrates, por cierto, le condenaron a muerte por no creer en los dioses de la ciudad y por corromper a los jóvenes… Se metió en la bañera y, delante de los suyos, se bebió tranquilamente su infusión de cicuta…
– Macabra infusión…
– Sócrates demostraba así su dominio incluso sobre su muerte. Antes de expirar, le dijo a su amigo Critón: “Ofrece un gallo a Asclepio”. ¡Eso solía hacerse para celebrar una erección!: la muerte con cicuta la provoca…
– ¡Pues un brindis por Sócrates!
– Mi predilecto es Kant: postuló la síntesis -entre racionalismo y empirismo- como técnica filosófica y, a la vez, en lo gastronómico ¡también fue muy sintético y equilibrado!
– ¿Por qué?
– Fíjese: en la primera parte de su vida bebió vino tinto; en la segunda, blanco. Sus dos platos favoritos eran uno de carne (rosbif) y otro de pescado (bacalao).
– Las tesis de un filósofo ¿se comprenden mejor si nos fijamos en su estómago?
– ¡Nietzsche acuñó su tesis del eterno retorno en un periodo de vómitos continuados!
– Ag… ¿Y qué filósofo tuvo la peor dieta?
-Sartre. Para huir de la angustia del vacío, llenaba la panza desordenadamente, y nada era natural (¡hasta en eso fue ávido de cultura!): charcutería, chocolate, pasteles, vino…
– Siempre aparece el vino, veo…
– En el caso de Sartre hay que sumar licores, para llenar el otro vacío, el del espíritu: ¡que la mente se llene de imágenes! Por eso sumó anfetaminas, barbitúricos, tabaco, alcohol y corydrane, un tóxico hoy prohibido.
– Moriría con muy mala salud, ¿no?
– Sus últimos años fueron amargos, sí: Sartre es un filósofo amargo, como Sócrates (por la amarga cicuta) o Voltaire (por el café).
– ¿Fue Voltaire un cafeinómano?
– Sí, y a tanto café le debe seguramente parte de su fecundidad literaria y su mordacidad. También fue un hábil negociante, pues nació pobre y se hizo rico: ¡durante años desayunó cada mañana ostras con champán!
– Qué exquisito.
– Como Sade, que buscó el placer a toda costa. Y por eso detestó el pan, emblema del trabajo y la virtud. Él prefirió el chocolate.
– ¡Que es negro, al revés que el pan!
– Y que evoca la mierda, antítesis del pan: en su obra Sade la adora, describe personajes coprófagos y detalla incluso lo que comen -mucha pechuga de pollo- para producir un excremento de exquisita pastosidad y sabor.
– Disculpe, lector… Y Bacon ¿comía bacon?
– Tenía desórdenes digestivos y estaba condenado a sopitas… Era un filósofo práctico, e intentó resolver un desafío gastronómico…
– ¿Qué desafío?
– Un invierno, desde su coche de caballos, vio una gallina suelta por la nieve. De pronto, se le ocurrió que si rellenaba de nieve una gallina quizá podría conservarla congelada… Y bajó a por ella. Y se resfrió… y murió.
Paella
Dalí decía que las mandíbulas son la herramienta filosófica por excelencia, pues trituran directamente la realidad para sacarle el jugo y meterla en ti. Su sueño supremo de amor era empequeñecer a Gala como una oliva para poder tragársela… He pensado en estos delirios del filósofo caníbal que era Dalí al leer La cocina del pensamiento (RBA), obra en la que Redón vincula felizmente la vida y obra de cada filósofo con sus apetitos y hábitos culinarios. Resulta una investigación muy suculenta… Así es como he sabido que una noche Descartes soñó con un melón que debía abrir para probar su dulzura y que fue ese sueño el que inspiró su Discurso del método, pieza fundacional del racionalismo… ¿Y el plato favorito de Redón? “Una paella compartida con buenos amigos junto al mar”.

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    • luis martinez
    • 19/04/11

    Los alimentos son nuestra manera de comportarnos, una lechuga hace que amemos lo verde en nosotros, es buena para los espíritus del Este. Un boniato nos enraiza más al humus al provocar la sonrisa telúrica, estamos más próximos a la dicha del instante… Es interesantísimo este tema de los filósofos y los alimentos. Estoy por esta senda desde hace más de una década. Ver ahora esta gastrofía es las más preciada lectura en el ya nutricio día de hoy.

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    • luis martinez
    • 19/04/11

    Por cierto me ha salido espontáneamente esta palabra “gastrofía”. ¿Es neológica o ya existía desde hace siglos?
    ¡Vaya ocurrencia! Después de esta lectura parece que le pertenece.

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    • luis martinez
    • 19/04/11

    Grastrosofía.

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      • milestimulos
      • 20/04/11

      Por lo visto es “Gastrosofía” (más información aquí), pero la RAE no la contempla. Gracias por la palabra.

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