Entrevista a Jaume Vallcorba, editor

Si ser exquisito significa ser exigente, asume el adjetivo. Tres décadas hace ya que Jaume Vallcorba fundó Quaderns Crema y en el camino (1979-2009) ha atesorado secretos y detalles de sus autores. Lo que se presentaba como “treinta años de edición independiente” ha cristalizado en una exposición. En la biblioteca Jaume Fuster de Barcelona pueden verse, para delicia de coleccionistas y hasta el 23 de junio, pequeñas joyas comisariadas por Julià Guillamon. Vallcorba, alma de Quaderns Crema (y Acantilado, en castellano), reconoce que ese puede ser un buen paisaje para quienes quieran conocer más interiormente a los autores “de la casa”.

Así que el estilo Quaderns Crema es el del “espíritu de jovialidad cistercense”…
Que no severidad luterana, ¿eh?

¿Es la exposición que quería?
Es una exposición portátil, pequeñita. No sé, con el paso de los años me ocurre lo mismo con la música: cada vez me gusta más la de cámara y menos la sinfónica.

¿Se han perdido cosas?
Soy muy desordenado, es una lástima. La correspondencia y las fotos las guardo, pero todo muy caótico. No tengo nada catalogado.

Aparte de la botella de angostura de Moliner, el dibujo de Monzó y la nota manuscrita de Kertész, ¿satisfecho?
Me gusta que hayan cuidado la limpieza, la transparencia. El juego entre la tradición tipográfica europea y las innovaciones.

¿Detalles de un oficio artesanal que se está acabando?
Se está acabando… Pero el libro electrónico no será ninguna competencia. Resultará muy útil para unas cosas –aplicaciones científicas o leer el periódico desde el extranjero– y profundamente inútil en otras. Enormemente peligroso educativamente porque puede castrar la imaginación de los chavales. Eso es lesivo.

¿Es bueno que un autor se convierta en objeto de culto?
Sí, porque da visibilidad. Hay que fidelizar al público.

¿Es mitómano Vallcorba?
¡Nadaaaa! Ni con los libros. No los compro por bonitos sino por el texto. De joven me gasté un montón de dinero buscando una edición especial. Cuando la tuve delante no pude contenerme, quise abrir las páginas selladas. “¿Quée haceee? ¡Un ejemplar intonso vale más!”, me interrumpió el librero. Pero es que a mí sólo me interesaba el contenido, buscaba un párrafo…

¿Por qué siempre exige papel con PH neutro?
Porque quiero que mis libros perduren 500 o 600 años. Ahora que hablan del fin del papel…

En Egos revueltos Juan Cruz muestra un catálogo de vanidades y mantiene que no existe autor sin un pequeño ego.
¡Ni algún editor sin un enooorme ego! Le estoy hablando de él.

¿Por qué lo dice?
Por el libro que me quitó Juan Cruz cuando estaba en Alfaguara, de Imre Kertész. Por dinero, ¿eh? Me enteré por la prensa que el día en que ganó el Nobel él fue a ofertar el libro, que no estaba ni acabado. Ese fue uno de los disgustos más fuertes de mi carrera.

Un gremio sangriento, veo.
En efecto, ha habido momentos de una enorme agresividad pero imagino que no más que en otros terrenos. Económicos, digo.

Mejor hábleme de momentos gratificantes.
Cada vez que llega un libro.

No sé si creerle.
¡De verdad! Esa sensación de descubrimiento no desaparece con los años. Al contrario, crece: lo miro, lo huelo, lo toco… y entonces ocurre esa cosa horrible (que otros editores me confirman) y es que, en ese momento, precisamente en ese momento mágico, ves una errata. ¡¡La errata!!

¿A quién hubiera querido tener entre los suyos?
Italo Calvino, soy un calvinista. O Borges. Pero centro mis esfuerzos en lo que tengo y la jovialidad cistercense pasa por no pensar en “lo que hubiera podido ser…”

¿Un editor se jubila?
No me veo. Se jubila quien trabaja, pero ¿y quien juega? Yo juego.

Estuvo años en la docencia.
Empecé en Burdeos, ahora estaría en Francia como profesor. Pero hoy un estudiante de Humanidades ya puede hacer la carrera sin leer un libro (al de ciencias le toca leer). En los estudios primero eliminaron el griego, luego el latín… ¡y aún le llaman filología!

A los 60 años, ¿se concluye algo del mundo editorial que no se haya descubierto a los 40?
Al empezar sólo piensas en lo intelectual. Luego, sin renunciar a ello –esencial–, eres más consciente del peso económico.

¿Acepta bien el azar?
Mi vida está llena de él. Nuestra obligación es darle algo de forma al azar para que la existencia resulte mínimamente digna. Dejé mi trabajo en la universidad –ya estaba en la edición– y debo ser de los primeros funcionarios que renunciaron. Cobraba un sueldo ridículo, tenía que añadir dinero para la gasolina para dar clases…

Dijo que era ingenuo que los autores quieran vivir de la literatura. ¿Deshace el entuerto?
Me alegro, porque se entendió muy mal. Si un autor no tiene prácticamente medios en su lengua donde publicar regularmente, si los autores catalanes han sido expulsados del sistema escolar (ahora recuperan algo), si cada día es más difícil promocionar un autor nuevo (si no se da alguna singularidad extravagante), ya me dirá. Si uno piensa “podré vivir de esto”, pues lo tiene difícil.

Algunos no lo pretenden.
Eso es histórico. Kafka, uno de los más grandes, no se lo planteó.

¿Se siente en contradicción por haber empezado en catalán y vender más en castellano?
¿Causa contradicción si en lugar de tener un hijo tienes dos?

Reconozca que Acantilado…
Sí, le puse ese nombre porque sabía que era un riesgo, en 1999 me decían que una editorial así era un peligro. No esperaba ese éxito tan rápido en castellano, cierto.

¿Defiende el elitismo?
Las grandes obras del espíritu no se han hecho desde lo común sino desde la singularidad. Y ésta, por definición, es elitista.

por Núria Escur, La Vanguardia 22/05/2010

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