Usman Haque, arquitecto de interioridades

38 años. Nací en Washington DC y vivo en Londres. Estoy casado. Licenciado en Arquitectura. Todas mis ideas son políticas, me mueve intentar entender las estructuras de participación. Tengo creencias espirituales, pero creo que nosotros no sabemos y no podemos saber.
¿A qué se dedica usted?
A la parte blanda de la arquitectura.
Se me escapa este concepto.
Tradicionalmente, la arquitectura es la parte dura del espacio: suelos, techos, paredes…; pero para mí es mucho más interesante lo que ocurre dentro: la luz, el espacio, el sonido, los olores, las relaciones, es decir, cómo nos vivimos unos a otros y cómo vivimos el espacio que nos rodea.
¿Y cómo se traduce en la construcción?
Diseñé edificios en el pasado, pero ahora me dedico a obras efímeras. Lo esencial para mí es la experiencia y la participación.
¿Cómo cruzó esa frontera entre la arquitectura y la performance?
Durante las vacaciones de verano de mi segundo año de Arquitectura, en casa de mi tía, en Pakistán -mi padre es pakistaní-. Allí es común que la gente de clase media tenga sirvientes. Ellos estaban en su zona y nosotros estábamos hablando en la nuestra, en el salón. Y empecé a imaginar qué pasaría si hubiera un micrófono y altavoces que conectaran el salón con la sala de los sirvientes.
¿?
Ese cambio tan pequeñito modificaría nuestras conversaciones y las relaciones con las personas de la otra sala, cambiaría nuestra percepción del espacio radicalmente.
¿Lo aplicó?
Empecé a trabajar con ordenadores para diseñar un sistema que te responda igual que tú le respondes a él, porque mi objetivo final es establecer conversaciones entre el ser humano y el espacio, y viceversa.
Y creó su suelo de champiñones que cambia su estado de ánimo.
Fue mi proyecto de final de carrera. Un sistema que se instalaba en el suelo y emitía olor, luz y sonido. Tenía sensores y sabía cuándo se acercaba o se alejaba alguien. Yo quería que el suelo se reprogramara solo, así que cuando la gente caminaba sobre él, este cambiaba de comportamiento.
¿Aleatoriamente?
Era como un bebé, emitía sonidos y observaba la respuesta, y respondía en función de cómo respondían las personas.
Su oreja en el cielo le lanzó al estrellato.
De nuevo intentaba analizar la parte blanda del espacio, pero esta vez a través de los campos electromagnéticos.
El espacio hertziano.
Sí, ese espacio por el que navegan las ondas de radio, televisión, teléfonos móviles. En esa época vivía en Japón como artista residente.
En la zona de trabajo de mi estudio mi móvil no tenía cobertura, debía ir al otro extremo de la habitación para hablar. Así tome conciencia del espacio electromagnético invisible: un pasillo hertziano.
Y eso derivó en una estructura de globos del tamaño de un edificio.
Hice una red de sensores de 30 metros de diámetros: 1.000 sensores y 6.000 leds. La estructura que se eleva en el aire va cambiando de color, mostrando las distintas texturas de ese espacio ocupado por las hondas de los teléfonos móviles.
Entiendo, más o menos.
Pero como a mí lo que me interesa no es la experiencia objetiva, sino la ubjetiva, en esa trama de sensores coloqué varias decenas de teléfonos móviles, de manera que la gente podía llamar y escuchar los sonidos electromagnéticos, a la vez que esas llamadas cambiaban el campo electromagnético.
¿A qué suena el campo electromagnético?
Es un fenómeno que se llama esféricos y silbatos. Cuando hay tormenta, si pones una radio en determinadas frecuencias se oyen sonidos preciosos, como la música de las ballenas. Son radiofrecuencias que vuelan por la atmósfera constantemente.
Fue todo un éxito.
Para mí fue un fracaso: apartaron a la gente de la zona y se quedó en espectáculo visual, llamadas aparte, y a mí lo que me interesa es la experiencia humana.
¿Volvió a repetir el proyecto?
Cuando me dieron la oportunidad de replantearlo y conseguí que la gente participara en la construcción y en hacerla volar. ¿Conoce el cuento de las judías mágicas?
¿El del niño que planta una judía que crece y crece y él sube con ella al cielo?
Sí. A mí me interesaba que en el espacio público, el espacio de todos, la gente participara en construir algo que se convertía en un espectáculo impresionante, aunque sólo dure una noche. Eso es lo que llamé el murmullo abierto. Lo que sucedió en Barcelona el pasado sábado todavía fue más allá.
El control murmullo remoto.
La gente controló los colores de los globos a través de sus mandos a distancia caseros, que se convirtieron en una especie de varita mágica. El espectáculo fue el resultado de la intervención del público.
¿Qué ha aprendido de su trabajo?
Que todo el mundo puede diseñar, que todos tenemos imaginación y que, por tanto, todos somos creativos. Y pienso que a la gente le gustaría ser altruista, pero hay aspectos de nuestra sociedad que hacen que sea más sencillo ser egoísta.
Usted nos invita a cooperar.
Esa es mi intención, y que las personas sean más conscientes de su papel en la sociedad y cuestionen su propia ciudad, que no permitan que las visiones de los grandes arquitectos se impongan haciendo de los edificios algo ajeno al ciudadano.
Muy especial
El sábado pasado una nube formada por mil globos de helio que cambiaban de color mediante cientos de mandos a distancia caseros que accionaban los espectadores iluminó la noche de Barcelona (una producción de Arts Santa Mònica). A su hacedor se le iluminan los ojos cuando habla de espacio público y participación. A sus 38 años ya ha asombrado a medio mundo. En el 2007 creó un sistema que percibía las voces de la gente, su carencia, su ritmo, y las convertía en criaturas de colores que trepaban hacia el cielo y llenaban la fachada de la catedral de York. Hizo lo mismo con una gran nube de vapor sobre la playa de Santa Mónica. Ahora investiga en un sistema de comunicación planetaria.

por Ima Sanchís para La Contra (La Vanguardia, 06/03/2010)

En el website de Haque pueden verse todos sus proyectos, con infinitud de detalles y los nombres de sus colaboradores habituales.

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  1. 31/03/10
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