Un adiós a Merce Cunningham

A raíz del fallecimiento del famoso coreógrafo y bailarín estadounidense Merce Cunningham el pasado 27 de julio, se han publicado numerosos artículos que, haciéndose eco de la noticia, resumen una trayectoria artística incomparable. A continuación, traduzco (inglés a castellano) el escrito de Alistair Spalding, director artístico y director ejecutivo del Sadler’s Wells, el principal teatro dedicado a la danza en Londres, para The Observer .

La calidad de Merce

Merce Cunningham actuando frente a Martha Graham in 1948. Fotografía: Philippe Halsman/ Magnum.

Merce Cunningham actuando frente a Martha Graham in 1948. Fotografía: Philippe Halsman/ Magnum.

Merce Cunningham 1919-2009

Una de los primeros espectáculos de danza que vi en mi vida fue de Merce Cunningham. Y qué manera de empezar. Fue a finales de los años 70 en el Sadler’s Wells, yo todavía estaba estudiando y mi novia me convenció para que la acompañara. Merce estaba bailando y creo recordar que toda la actuación se desarrolló tras una tela de gasa mientras en el foso de la orquesta John Cage tocaba unas caracolas al azar; era como si los bailarines estuvieran interpretando algún tipo de ballet submarino. Después no supe demasiado bien qué pensar, pero me dejó una profunda huella que pienso que me llevó finalmente a involucrarme en el mundo de la coreografía y, efectivamente, a dirigir esa misma sede.

Con Martha Graham y Pina Bausch, Cunningham ha sido una de esas figuras que ha revolucionado el vocabulario de la danza y, al mismo tiempo, ha influido en una generación de artistas de todas las disciplinas. Él demostró que la verdadera colaboración no requiere estar en la misma habitación que tu colega mientras esteis en el mismo espacio intelectualmente.

Él continuó la tradición de Diaghilev, reuniendo a los artistas más grandes de su tiempo, en su caso sumergiéndose él mismo en la escena del centro de Nueva York donde se encontraban Jasper Johns, Andy Warhol y su otro colaborador de largo plazo, Robert Rauschenberg. Pienso que su acercamiento a la colaboración será su legado. Es una cosa que he intentado seguir en el Sadler’s Wells, donde el trabajo es enriquecido como resultado del rigor necesario cuando se reunen artistas de distintas disciplinas.

Amaba el papel que la casualidad jugaba en nuestras vidas, cosa perfectamente ejemplificada en la obra del Tate Modern que Dance Umbrella encargó en el 2003. No tenía ni idea de qué escenografía proporcionaría la obra de Olafur Eliasson y no tuvieron ninguna conversación al respecto -pero la anaranjada luz de sodio y el techo de espejo fueron el ambiente perfecto para su trabajo; fue uno de los mejores ejemplos de site-specific dance que he visto.

Cunningham además proporcionó el mapa perfecto sobre cómo envejecer con elegancia manteniendo un espíritu de aventura y una curiosidad intelectual constantes. Si yo fuera coreógrafo, estaría muy contento de estar creando bailes para Radiohead o Sigur Rós a los 80 años! Dejó claro cómo debería tratarse su trabajo cuando hubiera muerto, de manera que durara mientras pudiera ser correctamente representado y no más.

Cunningham y su socio, John Cage, siempre se aseguraron de que hubiera sitio para el espacio y el silencio en su trabajo y, de algún modo, él ahora nos ha dejado con el más largo de todos los silencios.

Alistair Spalding, The Observer, domingo 2 de agosto 2009

Puede leerse el artículo original en inglés aquí.

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